Sabemos que Platón le reprocha a Homero el no saber la técnica de todas las artes que mencionaba en su poesía: “los poetas no saben lo que dicen”, porque pueden hablar de estrategas, de esculturas, pero poco comprenden de su propia realización. Los poetas son los sabios que Sócrates cuestionará hasta el cansancio, porque creen saberlo todo. Es claro el efecto: no más arte como poiesis, sino arte como tecné. Así, el filósofo ha perfilado su propio destino, mas nunca se deja llevar por la inevitabilidad de su desdicha. El castigo ya no es el efecto, sino la verdadera motivación.

Después de pasar por una serie de revoluciones tecnológicas con motivaciones muy definidas, acerca de la libertad, la humanidad, el derecho a la felicidad, pasamos a un gran punto en donde parece concluir el proyecto ilustrado moderno. Desde luego, este es el discurso tradicional acerca del librepensamiento. No lo tomamos, porque en primer lugar no hay una justificación acerca del presunto derecho de todo hombre a tener tal o cual cosa; así, pensamos que la democratización de la tecnología es el síntoma o, mejor dicho, el efecto de una motivación muy profunda. ¿Será valedero el goce del actual filósofo, en torno al alcance que la filosofía y él mismo han tenido con la técnica?

Por un lado los medios y, por el otro, los fines. Así, poseemos los medios de comunicación que nos hacen creer que democratizamos el recurso, pero al mismo tiempo nos adaptamos a formas muy definidas de comunicar. ¿Cómo pensar la democracia en la coerción y en la mediación? Encontramos una inevitable emergencia, con las interfaces de las aplicaciones web, quiero decir, con la usabilidadnavegabilidad de un sitio web; la ingenua pretensión de la web actual: accesibilidad a discapacitados. Precisamente lo anterior es su propio veneno, porque el entusiasta de la tecnología podría llegar a ser el miope, quien no mira que la técnica es un fin y no un medio. Y con “fin” me refiero a vida propia, a las disposiciones, a la inevitable emergencia de una inteligencia que se mueve más allá de lo social para persistir como algoritmo. “Yo aprendo, luego decido por ti”, podría ser la primera inferencia consciente del aparato, justo ahí donde jamás lo esperábamos.

El destino es incierto, quizás inevitable.

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