Si convertimos a cada hombre en la medida del gusto estético y de la moral,

parecería que no pudiera haber, en sentido estricto, ni “buen gusto” ni moralidad.

Risieri Frondizi

 

Con frecuencia se suele decir que lo bello es un tema complicado puesto que implica el gusto particular de un individuo frente a otro. Sin embargo, las más de las veces separamos el buen gusto del mal gusto, es decir, solemos decir que x es de buen gusto o mal gusto. No pretendo dilucidar las condiciones mínimas y suficientes del buen gusto a la luz de alguna teoría estética en particular, sino que por medio de ideas generales deseo exponer, de manera breve, la relación entre el juicio estético y el juicio moral. Ahora bien, la pregunta “¿podemos separar nuestros juicios estéticos de nuestras consideraciones morales?” servirá de eje para poner en marcha una reflexión de carácter más o memos ético-ontológica. Esto significa que a partir de una serie de ejemplos sobre el buen y mal gusto buscaré evidenciar que dichas nociones no están separadas de nuestra forma moral de ser y estar en el mundo.

Ahora bien, las apreciaciones entre los diferentes tipos de música, vestimenta, estilos de hablar, etcétera, resultan con frecuencia motivos de discordancia para quienes intentan fijar lineamientos canónicos efectivos ante lo que suele llamarse buen gusto. A pesar de las pretensiones académicas la realidad sobre el juicio estético se dirime en terrenos populares. Expresiones cotidianas como “la moda” muestran el juicio de valor y las apreciaciones sobre las concepciones de lo bello y lo grotesco. En consecuencia, las múltiples variantes de las modas urbanas (chakas, hipsters, metaleros etc.) todas ellas envuelven un modo de ser y estar en donde existen valoraciones estéticas opuestas o similares. Una persona que escucha, viste y se comporta bajo cierto gravamen producido en las valoraciones estéticas de una expresión cultural determinada, intuye que dicho modo de ser bajo una forma estética es mejor o peor que otro. En los últimos años es evidente el rechazo a los llamados reguetoneros, chakas, wapichurros, fresas, etcétera. La mayoría de las críticas comienzan por denostar el mal gusto de un reguetonero, por ejemplo, en aspectos musicales, de vestido o de comportamiento, y terminan por explicar o apelar a una situación contextual en donde el entorno cultural determina al sujeto en cuestión.

Por otro lado, no podemos olvidar que la cultura popular (sea cualquier cosa que eso signifique) está en constante mutación. No obstante, olvidamos con frecuencia que al ser una expresión dinámica las leyes del buen gusto (si es que tal cosa puede existir de manera absoluta) se tornan obsoletas y con el tiempo también se transforman. De tal modo que tenemos valoraciones artísticas que engloban la estética popular de maneras diversas, el arte Pop o Kitsch son un buen ejemplo de lo anterior. La revaloración, recuperación o simplemente el re-descubrimiento de lo popular como artístico impregnan incluso al cine. Actualmente algunas películas de hace algunas décadas que eran consideradas como basura actualmente ocupan un lugar en las muestras de “cine de arte”.

Parece entonces que los modos de ser y estar bajo una estética popular implican ya de sí la constante transmutación, y la potencial adaptación o adopción hasta de los críticos más acérrimos. Lo anterior puede deberse a la íntima relación que existe entre el juicio estético y el juicio moral. Por lo regular se juzga aquello estéticamente aceptable bajo un halo de conformidad moral, es decir, el buen gusto contiene el carácter de “bueno”, cualidad esencialmente moral. Si pensamos en la aceptación o rechazo de expresiones populares como los reguetoneros, chakas o incluso de las más famosas contraculturas como los rude boys, hippies, skinheads, etcétera (que para efectos prácticos no establezco más que una comparación en la transgresión estética que causó cada cual en su contexto) todos tienen en común un modo de ser y estar atravesado por valoraciones de lo bello y lo grotesco. Por lo tanto, es posible sostener que las expresiones populares como los regetoneros, chakas o wapichurros, etcétera, cuentan con una dimensión estética propia, ya que por muy efímera o carente de solidez que nos parezca, los juicios sobre lo bello y lo grotesco permanecen para dichas expresiones populares.

Como ya he mencionado, nos es difícil separar un juicio moral de un juicio estético. La más de las veces encontramos en una valoración estética alguna connotación moral sobre cómo debe ser x. Considero que el problema se encuentra en nuestra incapacidad moral para reconocer y respetar la diversidad de ser, puesto que solemos pensar en lo bello como un referente del deber ser. Más que pensar en lo bello o lo grotesco como cualidades deseables o indeseables en x, la pregunta clave quizá es: “¿cómo me relaciono con el otro?”.

Para finalizar, la siguiente idea puede brindarnos un poco de luz sobre el problema ínsito pero también oculto respecto del juicio de buen gusto:

“La función de la belleza, tanto si proviene de la admiración de la naturaleza como de la creación artística (en especial esta última), es puramente emancipadora: sirve para revelar al hombre lo abierto y aun lo terrible de su libertad”.

 

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