Todos los pueblos y todos los hombres necesitan conocer en cierta medida su pasado y su origen; sin embargo, el exceso de estos estudios se convierte en la mera contemplación de los acontecimientos, en un saber que se estudia, pero no experimenta. Al oponerse al arte, la ciencia se opone a la vida.

“La ciencia y el arte se excluyen: desde este punto de vista resulta significativo que sea Sócrates el primer gran heleno que fue feo; de igual manera que en él propiamente todo es simbólico. Él es el padre de la lógica, la cual representa con máxima nitidez el carácter de la ciencia pura: él es el aniquilador del drama musical, que había concentrado en sí los rayos de todo arte antiguo”.[1]

La ciencia afirma la existencia de un mundo causal, ordenado, comprensible, estructurado, lineal; un mundo que puede conocerse y aprehenderse. Toda la ciencia es el desarrollo lógico argumentativo de los conceptos creados con ayuda del lenguaje, a partir de los cuales nos hemos figurado un mundo, sostenido a base de la pura fe en estos conceptos e interpretaciones. Así, la ciencia no hace más que acomodar y reacomodar los conceptos en un ‘gran colmenar’ que se esfuerza por ordenar el mundo. Por este motivo, la gran estructura científica puede sostenerse introduciendo nuevas categorías o conceptos, pues todas ellas parten de un mismo principio prefijado en el que el hombre sólo descubre aquello que le es permitido descubrir, aquello que encaja con lo que él mismo ya ha descubierto y aceptado antes. Esto conduce a la ciencia a no ser más que un acuerdo entre hombres, una democracia. La ciencia mató al arte y así destruyó toda belleza, la vida se convirtió en un espectro feo y desagradablemente lógico.

Vivimos dentro de una superficialidad intelectual, en una ilusión conceptual, que como tal necesita del arte, pero que lo niega. “El artista, a diferencia de los científicos y los filósofos, actualiza las cosas en su vitalidad individual, pues no forma conceptos muertos, sino imágenes vivas”.[2]

Un verdadero artista precisa de una fuerza y un ánimo sano y vital que lo conduzcan a la superación de lo terrible, a la afirmación máxima de su poder sobre las cosas para poder transformarlas en bellas, necesita del olvido para poder crear y no copiar, no aprender como el científico, sino hacer nacer nuevas figuras. “La belleza comienza en todas las artes sólo cuando la pura lógica es superada.”[3] La creación no puede partir del conocimiento como pensaba Aristóteles[4], tampoco de la transmisión de saberes a través de formas preestablecidas como estéticamente bellas, la creación es un proceso complejo, doloroso, amoroso, que implica una donación, una pérdida del propio ser con lo creado, una ‘metamorfosis de las fuerzas’.

El artista es un hombre fisiológicamente fuerte y estimulado, vivo, semejante a un animal sensual, solapado y mentiroso, pues le resulta imposible distinguir entre las apariencias y lo verdadero.

Los artistas son una especie intermedia; al menos establecen una metáfora de lo que debe ser, son productivos en cuanto que cambian y transforman realmente; no como el hombre de conocimiento, que todo lo deja como está.[5]

Para transformar se necesita ser artista, dotar de belleza al mundo, ponerlo en movimiento. Prestamos a las cosas nuestras propias dotes, nuestra fuerza y jovialidad o nuestra carencia y cansancio. Cuando tenemos un excedente de fuerzas, una sobreplenitud, tenemos entonces la capacidad de dar forma al mundo, de crear grandes obras al otorgarnos a nosotros mismos, pues somos ya obras bellas y por ello emanamos belleza. La plenitud y la fuerza son los elementos necesarios para el desarrollo de todo arte genuino, para el embellecimiento del mundo y una santificación de la mentira como medio para el gozo; por lo tanto, la carencia y la debilidad son los móviles para el desarrollo de todo arte ‘fútil’, que pretende ocultar la realidad porque no le satisface, de aquel arte que engaña por cobardía a través de una gran ilusión, que pretende ser verdad; mientras que el arte ‘verdadero’ no oculta el horror ni salva de la náusea. Nietzsche insiste en que es preciso analizar el arte de cada época y cultura para poder descifrar el impulso de su acontecer. “«¿Es el arte una consecuencia de la insatisfacción por la realidad? ¿O una expresión del reconocimiento por la felicidad gozada?»”.[6]

La poiesis es belleza, poder, fuerza y afirmación; mientras que lo feo es lo opuesto a ella, lo débil y agonizante. La afirmación de la fuerza consigue convertir al mundo en algo bello. La belleza así surgida, es resultado de un aumento en la potencia que intensifica a la voluntad y regocija. La fealdad permanece tal cual porque carece de poder para otorgarse belleza: lo feo disminuye el poder. El hombre que se encuentra frente a lo feo se derrumba, se pone en peligro y se debilita a causa de la impotencia de transformar su mundo. Lo bello es por sí mismo un estimulante para la vida y para el cuerpo; sin embargo, lo feo también posee cierta fuerza que nos hace desear, como enfermos, la violencia contra nosotros mismos, una crueldad que daña, pues sólo en estas pulsiones se logra encontrar aún un “sentimiento de poder” sobre nosotros mismos.

Entonces podemos preguntarnos, ¿por qué la fealdad en el mundo? Probablemente la fealdad sirva como tónico para la creación. Una imagen, una figura; todo se vuelve feo con el tiempo, pierde sentido, la fealdad, en este caso, puede ser un indicador de que se precisa una renovación; de ese modo la fealdad se convierte en un estímulo para la creación. Toda fealdad perturba, enoja, molesta, por ello mismo desea producir belleza; el problema con la fealdad moderna es que es una fealdad ordenada, estructurada de acuerdo a los cánones estéticos de la armonía, pero ya no es producto de ninguna sobreabundancia, sino de una carencia. En nuestros días –escribe con frecuencia Nietzsche– se tiene una necesidad extrema de belleza, pero esto se debe sólo a que nos hemos vuelto incapaces de crearla.

La formulación de las fuerzas activas y reactivas en el terreno de lo bello y lo feo, da a su pensamiento un matiz artístico muy sugerente para las filosofías post- nietzscheanas que han reformulado las relaciones entre lo apolíneo-dionisíaco. Cuando afirma que toda belleza posee en el fondo algo horrible, caótico, abismal, no dice otra cosa que la experiencia bella es una experiencia de la cosa a través de una forma falsa que le otorga armonía. El artista debe ser fuerte para poder mirar lo terrible, poderoso para poder transformarlo y gozar incluso en el sufrimiento, por el placer que otorga la capacidad de transmutarlo en algo bello. El científico que se ha tornado en artista es el que realmente genera avances en la ciencia, es el inventor, no el descubridor, es el creador, no el transcriptor.

— Notas y citas —

[1] Nietzsche, F. Sócrates y la tragedia, en Nietzsche, El nacimiento de la tragedia, p. 238

[2] Nietzsche, Friedrich. Escritos sobre retórica, p. 41.

[3] Nietzsche, Friedrich. Estética y teoría de las artes, p. 81.

[4] Cf. Ibid., p. 133.

[5] Ibid., p. 147

[6] Ibid., p. 39.

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