El cine es una de tantas formas de expresión y por ende hay muchas maneras de hacerlo; Drama, Comedia, Ciencia Ficción, son tan sólo algunos de sus géneros. Pero hay otros que no son tan fáciles de digerir, y que, de hecho, se encuentran al borde de la censura. Este es el caso del polémico y extravagante cine Gore.

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¿Quién no se dejó llenar la cabeza de imágenes grotescas, burdas y excéntricas al leer alguno de los textos del Maqués de Sade? En pleno siglo XVIII, el autor de Justina, Julieta y Filosofía de tocador, tomó a la moral por los cuernos y revolucionó la literatura que imperaba en París en aquella época; por ello fue juzgado, criticado y condenado. Hoy día, a dos siglos de distancia, estoy casi seguro de que a más de uno le provoca molestia leerle, pero nadie puede negar que hay un tanto de inquietante y estimulante en sus lecturas, ya que generan una especie “shock” en el lector y por lo tanto una descarga de adrenalina. Esto mismo ocurre con el cine Gore.

Orígenes

El cine Gore está caracterizado por la implementación de escenas grotescas, violentas y un tanto burdas en la pantalla, siempre acompañadas de cantidades exorbitantes de sangre y mutilaciones. La propia palabra “Gore”, del vocablo en inglés, se puede interpretar como “sangre derramada”. A diferencia del cine de terror, que generalmente gira en torno a temáticas obscuras, místicas o sobrenaturales, el cine Gore trata de provocar un sobresalto en el espectador por medio de la acción de violentar el cuerpo humano.

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También denominado “Splatter”, el Gore es un género cuyo origen se remite hace un siglo. Aunque podemos encontrar algunos antecedentes indirectos tales como los métodos de “provocación” empleados por Baudelaire en su poesía, no es sino hasta el teatro francés Grand Guignol de 1908 que se muestra este tipo de espectáculo, en el cual se intentaban representar sangrientas escenas de matanzas. No obstante, la primera aparición del Gore en el cine, en donde se muestra la mutilación de un cuerpo humano como tal, se puede remontar a la película Intolerancia (1916) de D. W. Griffith, la cual presenta varios elementos similares a los del teatro Grand Guignol. Este filme provocó una serie de escándalos y protestas debido a que era considerado altamente obsceno, por lo que fue censurado causando una enorme pausa en el desarrollo del género.

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Fue hasta la década de los 50 que, con cintas como Psicosis de Alfred Hitchcock o algunos trabajos de Hammer Productions como La maldición de Frankenstein (1957) y Drácula (1958), se retomó dicho estilo cinematográfico. Sin embargo, la primera vez que se acuñó el término fue en referencia al filme Blood Feast de Herschell Gordon Lewis (1963). A partir de entonces le sucedieron a la cinta una serie de películas que dieron fuerza al movimiento. Películas como La Noche de los Muertos Vivientes (1698), en la cual las mutilaciones y la sangre eran mostradas de manera explícita, son un ejemplo de ello. Posteriormente vendría una película que podría entrar en la misma categoría, realizada por una gran productora: El Exorcista (1973) de Warner Brothers, la cual arrasó en taquilla y esbozó lo que podemos denominar la “faceta comercial del cine Gore”. A su vez, la década de los 70 dio pauta hacia una tendencia más excéntrica nombrada “cine Gore de autor”, la cual fue inaugurada por Andy Warhol y su colaborador Paul Morrisey con las delirantes Sangre para Drácula y Carne para Frankenstein, ambas de 1973, mientras que otros directores iban surgiendo, como Wes Craven con la Última Casa a la Izquierda (1972), Abel Ferrara con el Asesino del Taladro (1979), Brian De Palma con Carrie (1978), o el aclamado Dario Argento en la clásica Suspiria (1976).

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Más tarde, ya en los años 80, surgieron una serie de filmes de estilo totalmente comercial como El despertar del diablo (1981) –de la cual, por cierto, se acaba de estrenar un nuevo remake− y Pesadilla en la calle del infierno (1984). Estas cintas, junto con Viernes 13 y Halloween, marcan las grandes producciones del cine Gore y las interminables sagas que conocemos hoy en día.

 Actualidad

En los últimos años el cine Gore ha tomado otros matices. El ultra Gore alemán liderado por Andreas Schnaas y Christoph Schlingensief con The German Chainsaw Massacre (1990) fue una moda efímera. Otro ejemplo es Schramm (1994) de Jörg Buttgereit, que se muestra más preocupado por la belleza de lo muerto y lo obscuro del alma humana que en mostrar mutilaciones por todas partes.

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Por otro lado, el cine asiático ha tomado, en gran parte, la batuta dentro del género. Proveniente en su mayoría de Japón, Tailandia y Corea, el Gore oriental hizo un sorpresivo arribo en el panorama del cine sangriento internacional, imponiendo de manera impactante su propia concepción del terror psicológico –y no por ello menos explícito− con filmes como Ringu, Ju-on, Tokyo Gore Police, Battle Royale, Tale of two sisters, Thirst, entre otros.

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En España, Acción Mutante (1992) y El día de la bestia (1995) de Alex de la Iglesia, abrieron paso a directores independientes que suelen mezclar el humor y la sangre en partes iguales, así como Francia, que se ha destacado en últimas fechas gracias a cintas como Martyrs (Pascal Laugier, 2008) y Frontier (s) (Xavier Gens, 2007). En nuestro país, mientras tanto, también tenemos algunos ejemplos de cine Gore. Somos lo que hay (2010), es un filme de Jorge Michel Grau que trata el tema del canibalismo desde un punto de vista muy interesante; un ejemplo de de cine Gore que se ha trabajado desde un lugar menos común y visceral.

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 ¿Arte o mercado?

El Gore se ha mantenido como uno de los géneros más venidos en la actualidad, pero a la fecha aún es poco comprendido y cuestionado. Según el crítico de cine Michael Arnzen, el cine Gore “deleita tímidamente con sus efectos especiales, utilizados como elemento artístico”. Pero arte o no, la implementación de efectos visuales sobrecargados de violencia, órganos humanos y sangre expuesta, pueden ser poco tolerables para cualquiera; ¿por qué?, porque no estamos conscientes de nuestra propia fragilidad. Ver cuerpos destazados, sangre por montones y escenas violentas explícitas siempre nos causará conflicto porque rehuimos constantemente de nuestra propia naturaleza, cegados por una doble moral en la cual no es aceptable que el cuerpo, a fin de cuentas, es susceptible a cualquier tipo de transgresión.

Como el periodista y crítico Jordi Costa menciona, “al igual que en el caso del porno, el Gore se define por una exigencia de contenido poco elegante: si no hay cine porno sin eyaculación, no hay cine Gore sin mutilación. Pero hay una pequeña diferencia: si no hay cine porno sin coito real, no hay cine Gore sin crimen simulado. A diferencia del porno, pues, el Gore se dispone claramente a engañar al espectador”. ¿Será que necesitamos ser engañados para aceptar de una manera menos abrupta la realidad?, ¿o tan sólo se tratará de morbo? Sea cual sea la respuesta, todos, al menos una vez, hemos sido presas del inquietante e incomprensible sobresalto que provoca el cine Gore.

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