Resulta en cierto modo trillado hablar de la relación cine y literatura, sobre todo porque un guión cinematográfico puede considerarse al mismo nivel que los de la literatura dramática y del teatro: guión-interpretación. Ahí se encuentra el puente entre cine y literatura, aunque se diferencian en que el cine entrega imágenes visuales que sitúan en la pantalla la imaginación y la interpretación de un texto que un equipo (director, camarógrafos, editores, etc.) realiza.

 

Sin embargo, en el mundo del cine existe una relación entre cine y literatura que no se ciñe a las características del guión-interpretación. Esta relación tiene el mercado como trasfondo, que toma en cuenta las necesidades (creadas o no) del público consumidor. Los guiones adaptados de novelas o comics son la veta de las historias proyectadas en las películas actuales, sobre todo las comerciales.

 

Los asistentes a una sala de exhibición de películas buscan ver o bien algo que ya conocen (de ahí el gran éxito de los remakes) o bien una historia que por falta de tiempo o por pereza no se atreven a descubrir en un libro. Ejemplos hay muchos como Los miserables de Victor Hugo, que tiene muchas versiones cinematográficas y la mayoría de las personas que conocen esta historia no tuvieron contacto con el texto impreso.

 

Si revisamos la cartelera de cualquier cine comercial y leemos las reseñas de las películas, encontramos que más del 60 por ciento de ellas tiene un guión adaptado de alguna novela. Las historias exitosas con guión original tienen al menos dos destinos: duran máximo dos semanas en la cartelera o se vuelven éxitos y tienen segundas y hasta terceras partes (pon tú el ejemplo).

 

¿Por qué habiendo tantos buenos guionistas en el mundo del cine hay pocos guiones originales? ¿Será que el trabajo de guionista se está transformando en “adaptador de historias”? Son preguntas que surgen ante este fenómeno.

 

¿Qué pasa en la cabeza del espectador cuando elige ver esta u otra película? Sea lo que piense, lo que es cierto es que, con sus debidas limitaciones, cada espectador tiene capacidad de decidir qué boleto compra, en qué complejo o casa de arte lo hace, o qué DVD o Blu-ray adquiere. Podría decirse que el hecho de que en el mundo del cine se adapten novelas depende mucho de los consumidores, como ocurre en todas las artes clásicas o contemporáneas: a fin de cuentas, todo es cuestión de dinero y el consumidor elige qué consume. ¿Bueno o malo? Cada quien decide, el hecho está ahí.

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