Poesía: La más inocente de las ocupaciones, pero el más peligroso de los bienes. Es de esta manera como Hölderlin le describe a su madre en una carta del año 1799 aquel que fuera el oficio de su vida. Es bien sabido que así como este oficio condujo al poeta al más alto nivel de iluminación espiritual e intelectual, de igual forma lo condujo al más obscuro sendero de la vida. Los últimos años de su vida estuvo sumido en la penumbra, pero lo verdaderamente sorprendente es que aún con tal carga sobre sus hombros, aquella condena que también sufrieron otros como Benjamin o Nietzsche, su poesía fue implacable. Ni si quiera la penumbra fue capaz de frenar su enigmática e inagotable hambre de escribir, tal era la potencia poética que lo motivaba, tal su poesía. Pero ¿Qué es en sí esta potencia?, ¿cuáles son sus alcances?, ¿Cuál es la razón de su existir?, y lo más importante ¿Cuál es el sentido de la poesía?

Después de 36 años de encierro desde su salida de la clínica del doctor Authenrieth, una noche de junio del año 1843, en casa del carpintero Ernest Zimmer, Muere Friedrich Hölderlin, uno de los poetas más excelsos que ha conocido el mundo. Después de la muerte de Diótima, su eterno amor, Hölderlin cae en una depresión que lo va orillando a perder la pasión por vivir. Lo curioso es que tal estado obscuro en el que se encontraba el poeta en sus últimos días, dio algunos de sus mejores frutos literarios. Si bien su vida fue poética en diversos sentidos de la palabra, su muerte y su legado encierran todo aquello que acontece en lo poético mismo. Hölderlin fue un poeta de poetas, un habitante poético del mundo.

“Poéticamente habita el hombre” nos dice Hölderlin, pero ¿es posible que el hombre pueda habitar poéticamente el mundo? Pareciera que el término “habitar” es totalmente ajeno al término “poético”. En la actualidad la palabra “habitar” está enteramente relacionada con la vivienda, en el sentido espacial de la palabra. Habitar es, hoy en día, un concepto producto de la sociedad consumista, una necesidad primaria, por lo que el término pierde la posibilidad de ampliarse fácilmente a otros horizontes. Por otro lado, lo “poético” está enteramente ligado al quehacer literario, dejando a un lado la poesía como “fuga hacía lo idílico”. En este sentido, podemos decir que la palabra está condicionada por ciertos patrones que son relativos a la época, y así, la poesía se vuelve mero objeto de la historia de la literatura, por lo que es difícil percibirle de otra forma.

Es entonces que se devela no de los problemas, pues si la poesía sólo existe en el ámbito de lo literario, ¿cómo es posible que el habitar pueda estar fundado en lo poético? Generalmente el poeta está relacionado con la fantasía, con el desapego a la realidad, y para poder afirmar que el habitar del hombre es poético sería necesario enfrentarlo al margen de lo real, lo que es contradictorio. Sin embargo, tal vez cabe la posibilidad, como lo dice Heidegger, de que el habitar y lo poético sean una misma cosa, si consideramos ambos desde su propia esencia.

Para Hölderlin, el habitar es el “estar” del hombre, y  lo poético es ése habitar desde un modo esencial. La poesía no es un adorno de la existencia, poesía y existencia son uno mismo. Poetizar permite al habitar ser un “habitar” antes que otra cosa: la poesía es condición de posibilidad. Poetizar es, en sentido estricto, dejar de habitar, pues dejar de habitar implica haber construido algo para habitarlo. De esta forma, estamos ante una doble exigencia; para acceder a la esencia de ambas, habitar y poetizar, necesitamos “primero pensar lo que denominamos ‘la existencia del hombre’ desde la esencia del habitar; luego, pensar la esencia del poetizar en tanto dejar habitar como un construir, incluso como el construir por excelencia. Si buscamos la esencia de la poesía desde la perspectiva de la que acabamos de hablar, llegaremos a la esencia del habitar”.[1] Pero buscar la esencia de la poesía ¿no es buscar la esencia misma del lenguaje? Si el hombre tiene la necesidad de llegar a la esencia de las cosas es debido al lenguaje, es decir, sólo en el momento en el que presta atención a la esencia propia éste.

Desde siempre, el hombre se ha presumido creador y dueño del lenguaje, cuando es el lenguaje el que, al parecer, lo posee. El lenguaje no es una mera forma de expresión, un mero instrumento con el cual hablar; cuando se habla, quien habla en realidad es el lenguaje. De esta manera podemos decir que el hombre habla solamente cuando corresponde al lenguaje, aquello que nos lleva a la esencia de una cosa. La poesía no toma al lenguaje como algo ya existente, es la poesía, por el contrario, la que lo hace posible; “…la poesía no toma al lenguaje como una material ya existente, sino que la poesía misma hace posible el lenguaje. La poesía es el lenguaje primitivo de un pueblo histórico. Al contrario, entonces, es preciso entender la esencia del lenguaje por la esencia de la poesía”.[2]

Para Hölderlin el habitar de los mortales es poético, ello quiere decir que el habitar poético arranca a los hombres de la tierra, ya que lo poético, entendido en el sentido literario, concierne al reino de la fantasía. El habitar poético, en este sentido, sobrevuela todo lo real; pero el poetizar no sobrevuela la tierra ni se encuentra más allá de ella, coloca al hombre en ella, lo hace habitarla.

El hombre habita poéticamente el mundo, se encuentra ante la presencia de los dioses y la esencia de las cosas mismas. La existencia es poética en su fundamento. Todo lo que el hombre lleva a cabo, aquello que persigue y anhela, lo logra y merece por su propio esfuerzo, pero todo ello no toca al hombre, ni a la “esencia de su morada”. La existencia poética” es más una donación que un merito. El habitar poéticamente quiere decir estar ante la presencia de los dioses y ser tocado por la esencia de las cosas. Que la existencia sea poética significa que su fundamentación no es en sí un merito, sino una donación.

“¿Puede, cuando la vida es toda fatiga, un hombre

mirar hacia arriba y decir: así

quiero yo ser también? Sí. Mientras la amabilidad dura

aún junto al corazón, la Pura, no se mide

con mala fortuna el hombre

con la divinidad. ¿Es desconocido Dios?

¿Es manifiesto como el cielo? Esto

es lo que creo más bien. La medida del hombre es esto.

Lleno de méritos, sin embargo, poéticamente habita

el hombre en esta tierra. Pero más pura

no es la sombra de la noche con las estrellas,

si yo pudiera decir esto, como

el hombre, que se llama una imagen de la divinidad.

¿Hay en la tierra una medida? No hay

ninguna”.[3]

Es sólo en el estado de fatiga que el hombre se esfuerza por obtener meritos, y a su vez, es en ella que le está permitido mirar “hacia arriba” para mirar a los celestes desde abajo, es decir, menguar entre el cielo y la tierra, que no es otra cosa que la medida del habitar del hombre. Esta “dimensión” es la medida de su esencia; sólo midiéndose en relación a los celestes, es decir, a la divinidad, puede medir su habitar. Es así como es capaz de “ser” en la medida de su esencia. Esta medición no es otra cosa que lo poético del habitar: poetizar es medir; “En el poetizar acaece propiamente lo que todo medir es en el fondo de su esencia”.[4] Hölderlin entiende la esencia de lo poético en la “toma de medida” por medio de la cual se complementa la medición de la esencia del hombre. El hombre habita midiendo lo que está “sobre la tierra” y “bajo el cielo”; en esa dualidad reside su esencia poética. “El hombre no habita sólo en cuanto que instala su residencia en la tierra bajo el cielo, en cuanto que, como agricultor, cuida de lo que crece y al mismo tiempo levanta edificios. El hombre sólo es capaz de este construir si construye ya en el sentido de la toma-de-medida que poetiza. Propiamente, el construir acontece en cuanto que hay poetas, aquellos que toman la medida de la arquitectónica, del armazón del habitar”.[5]

¿El hombre habita poéticamente en esta tierra? Heidegger nos dice que “el poetizar es la capacidad fundamental del habitar humano”, sin embargo, el hombre sólo es capaz de poetizar en función de que su esencia se adueña de lo que por sí mismo tiene poder sobre él, y por lo mismo requiere y pone en uso su propia esencia; esta es la verdadera tarea de los poetas.

hombre

[1] Martin Heidegger. Conferencias y artículos. “Poéticamente habita el hombre”  Serbal, Barcelona, 1994

[2] Martin Heidegger. Hölderlin y la esencia de la poesía. FCE, México, 2008. p. 118

[3] Friedrich Hölderlin. Las grandes elegías. Versión de J.Talens. Hiperión, España, 1983. p. 117

[4] Martin Heidegger. Conferencias y artículos. “Poéticamente habita el hombre”  Serbal, Barcelona, 1994.

 [5] Ibíd.

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