Cruzada por personajes como Thomas Mann, Bertrolt Brecht y Carl Jung (quien habría de psicoanalizarle durante la 1ra Guerra mundial), la vida de Hermann Hesse parece fugarse entre las páginas abiertas de su obra: entre el caos bélico de la primera mitad del siglo XX, el eclipse del romanticismo alemán, y una serie de afecciones psíquicas señaladas como ‘cuadros de psicosis depresiva’.

Esta figura que se ofrece al crecimiento en todas direcciones, halla sentido pleno sólo al aproximarse a la oscuridad del delirio y la muerte. Las máscaras de Hesse, indistinto a su arte, llevan consigo un gesto de locura que se mezcla siempre con exabruptos emocionales provocados por un deseo trágico de sentido, que pulsa vida y expele tramas de viaje, la mayoría de las veces encontrando su vértice significativo más álgido en el borde del suicidio.

El juego simbólico [1] que Hermann Hesse entabla a lo largo de su obra –a través de las figuraciones que se hace del lado oscuro de la mente, la vida, la familia y el Estado– se presenta siempre en un desplante de metáforas ganadas por el movimiento de un personaje en transformación, habiendo emprendido un viaje en busca de sentido. El viaje es un motivo para desplegar determinadas pistas, con las cuales este creador intenta sorprender, señalar o acaso coquetear con una contraparte del mismo, expresa en el símbolo de la muerte, presente siempre que uno de sus caracteres padece, cambia y se desarrolla.

La vida como sentido aparecerá al acercar sus formas a los límites o las fronteras de sí, generando tal acercamiento mediante las experiencias de un camino temporal subjetivo: un entramado metafórico ya no exterior, como fuera para la tradición romántica de la que Hesse nutre su literatura, sino al interior del propio hombre que atraviesa el día tratando de imaginar qué puede decir de sí, a dónde debe dirigirse, en qué momento debe terminarlo todo, por qué ha comenzado siquiera; siendo el recorrido, entonces, no más que él mismo afanado en andarse, a donde quiera que vaya.

Las estructuras narrativas de Hesse describen siempre viajes como líneas que se acercan y se alejan del derrumbamiento de la estabilidad de un yo que de súbito se descubre vacilante, para hacernos entender, ya sea a través de Emil Sinclair, Max Demian, Harry Haller, Siddartha, Klingsor o el joven Hans: la futilidad de las condiciones psíquicas del ser humano, el estado existencial de la persona que se resuelve y cambia a cada momento en el camino, en el transcurso de sus tiempos crónicos, a veces sutil, a veces radicalmente.

En las obras de Herman Hesse está puesta en juego la existencia, a la cual se accede mediante alegorías de búsqueda, como el viaje con sus múltiples inicios y finales; la ruta que comienza en el hogar para terminar en una patria extraña, el compromiso con las instituciones nacionales y el desarraigo, la sobriedad y los estados alterados de conciencia, el deseo carnal y la inapetencia, la plenitud y el vacío, el sano juicio y la demencia… y en cada coyuntura, hacia una vía u otra, la presencia de la muerte, como la potencia determinante de una mente atormentada y un límite, de cara a un abismo oscuro.

Este cruce entre fuerzas de vida y de muerte en el seno de los hombres, hace posible una búsqueda de respuestas que otorguen certeza, que permitan dirigir la andanza por el camino “correcto”; pero saber cuál sea este último es casi imposible, y siempre se anda, con los personajes de Hesse, en una serie de sitios simbólicos: prados de la infancia, bosques de la vejez, ríos de luz, claustros de censura, metrópolis de ignominia, guerras por la patria, selvas artísticas, lagos sensuales, teatros mágicos…

Errante entre sí mismo, por las calles, cada personaje de este autor encuentra a la muerte, la espera o la busca, exaltando a la vez figuras de vida en un proceso que, sin embargo, no ha de alcanzar a sostenerle más allá de su fin, al punto que la pregunta por el sentido de la existencia se extiende más allá de la luz, de la vida, y entonces aparece la idea del suicidio para responder por medio de una voz que no dice más nada, que simplemente guarda silencio. Tal coqueteo con el suicidio y la muerte (aunque no sea tratado de manera central o directa) ha de ser un tipo de cambio en las reflexiones que el camino conlleva, cuando en éste acontece un traslado o giro. El punto final, junto con la última palabra –en la obra artística de Hermann Hesse–, es arrojado de un peñasco de la mente, a la insondable depresión oscura de la muerte que no guarda respuestas para la pregunta del sentido, pero cuyo silencio, sin embargo, emite siempre otra máscara.

[…] quisiera partir, como el sol en el ocaso. [2]

Notas

[1]Cfr. Jung, Carl. El hombre y sus símbolos. Trad. Luis Escobar Bareño, Paidós, Barcelona, 1997. pp. 21-73

[2] Fragmento de correspondencia, escrito por Hermann Hesse en 1892, a los catorce años, dos meses antes de ser ingresado en el manicomio Stetten im Remstal, por un intento de suicidio.

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