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Podemos aventurarnos a decir que casi todo aquel que ha sido dotado con los misterios de la genialidad, ha coqueteado de cerca con la extravagancia, con la locura y con la muerte. Pocos son los personajes virtuosos que han logrado prevalecer por décadas en la memoria colectiva debido a su genialidad, y seguramente parte de este peculiar fenómeno reside, precisamente, en que son seres que menguan entre la fantasía y la realidad, entre la luz y las sobras, tal como ocurrió con Vincent Van Gogh.

Los primero años
Vincent Van Gogh es sin duda uno de los artistas más famosos de todos los tiempos. Nacido el 30 de marzo de 1853, recibió el mismo nombre que su hermano fallecido exactamente un año antes, lo que desde muy pequeño le causó gran conflicto. Tras abandonar sus estudios a los 15 años y después de un año en el colegio Zundert, Van Gogh empezó a trabajar en 1869, a la edad de 16 años, como aprendiz en Goupil & Co., una importante compañía internacional de comercio de arte de La Haya de la que su tío era socio. A partir de ahí se iría adentrando cada vez más en el mundo del arte. Cuatro años después fue trasladado a Londres para suministrar obras de arte a los comercios del lugar, y fue ahí donde tuvo un primer contacto con Úrsula, su primer amor, la hija de la patrona de la pensión donde se hospedó y que nunca le hizo caso, ya que estaba comprometida. En 1874, un año después de su estancia en Londres, pasó las vacaciones con familia en Helvoirt y confesó su malestar por Úrsula. Vivió aislado, leyendo libros religiosos y perdiendo el interés por su trabajo. Ésta fue su primera decepción.

De la vida al lienzo
Para el año de 1877 se trasladó a Amsterdam con la idea de hacerse teólogo, tratando de refugiarse en la religión tras su infortunada experiencia. Sin embargo, tuvo que desistir y también abandonar sus deseos de entrar en una escuela metodista, ya que fue rechazado. Un dirigente se compadeció de él por su profundo fervor y lo mandó en 1878 como misionero a la región de Mons a las minas de Borinage, pero lo único que conseguía con su fanatismo era que le llegaran a temer. Es así que lo envían a Cuesmes, permaneciendo un año completo en una absoluta pobreza y en contacto con los mineros, por los que sentía una gran simpatía. Poco después se le suprimió del pequeño sueldo que recibía y fue entonces que siguió el consejo de su hermano, Theo, ­del que recibiría ayuda económica a partir de entonces­, de dar un cambio a su vida y dedicarse a la pintura.

Establecido en 1880 en Bruselas, hizo amistad con el pintor neerlandés Anthon van Rappard. Se inscribió en la Academia de Bellas Artes, donde estudió dibujo y perspectiva. En esta época realizó esbozos y dibujos basados en las pinturas de Jean-François Millet, representando personajes de campesinos y mineros. Para entonces sus pinturas todavía eran muy realistas y con tonalidades oscuras. El 12 de abril de 1881 Vincent llegó a Etten a visitar a su hermano y vuelve a enamorarse, esta vez de una de sus primas: Cornelia Adriana Vos-Stricke. Casi inmediatamente le propuso matrimonio, pero ella lo rechazó rotundamente tras insistir una y otra vez. Su desilusión fue tal que decide mudarse a la Haya, en donde se refugia en los brazos de una prostituta, Sien Hoornik, una alcohólica embarazada con la que vivió durante un año. Mientras tanto, no dejaba de pintar y su técnica mejoró notablemente, pero evidentemente la relación no funcionó.

En el otoño de 1884 surgió un nuevo enamoramiento, ahora con la hija de un vecino, Margot Begemann, diez años mayor que Vincent, que le acompañaba en sus salidas pictóricas por el campo. Pensaron en contraer matrimonio, pero se encontraron con la firme oposición por parte de la familia de Margot, la cual llegó a intentar suicidarse. Poco después, el 26 de marzo de 1885, muere repentinamente el padre de Vincent y deciden separarse. Durante la primavera de 1885 pintó la que se considera una de sus grandes obras: Los comedores de patatas.

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De la luz a la sombra
Con la pretensión de crear el grupo de los “impresionistas del sur”, Van Gogh alquiló una casa donde invitó a los artistas con quienes compartía intereses y en la que Gauguin pasaría dos meses. Para ese entonces comenzó a sufrir ataques nerviosos. Con el paso de las semanas, la convivencia de los dos artistas fue empeorando debido a sus diferencias personales. La tarde del 23 de diciembre de 1888, Van Gogh y Gauguin tuvieron un altercado que dio origen a una de las explicaciones que se han dado acerca de la pérdida de la oreja izquierda del pintor. Gauguin, en sus memorias, señala que Van Gogh le amenazó y persiguió con una navaja, y que por la noche el holandés se automutiló el lóbulo de la oreja izquierda, para después envolverlo en un paño y enviarlo a una una prostituta llamada Rachel. De ahí en adelante su salud mental se deterioraría notablemente. Es en este año que pinta el famoso cuadro Los girasoles.

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En abril del año siguiente, ante el temor a perder su capacidad para trabajar, pidió ser ingresado en el hospital psiquiátrico de Saint Rémy de Provence, donde permaneció doce meses. Sin conseguir superar el estado de melancolía y soledad en que se encontraba, en mayo de 1890 se trasladó a París para visitar a su hermano Theo. Su estilo evolucionó hacia una pintura más expresiva y lírica, de formas imprecisas y colores más brillantes; estos fueron los último trazos del pintor. Al parecer todo marchaba mejor, pero a pesar de que el doctor que lo trataba consideró que se encontraba plenamente curado, Vincent Van Gogh se disparó en el pecho el 27 de julio de 1890.

Van Gogh es, sin duda, un claro ejemplo de que la genialidad no siempre es una virtud para todos. Como el mismo lo mencionó alguna vez, “Mi juventud fue triste, fría y estéril”; y sí, toda su vida lo fue, pero su talento es y será siempre irrefutable.

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