El primer poeta fue el mono 

que moduló su aullido.

 

Muchos filósofos han tratado el tema del origen del lenguaje y, con ello, el de su ser o esencia. ¿De dónde proviene esto que usamos día tras día? Y, dado que habemos quienes ignoramos su proveniencia, ¿es posible afirmar siquiera que lo estemos “usando”?

A lo largo del tiempo ha sido dicho que el lenguaje es un medio comunicativo, una convención creada desde la conciencia con el fin de establecer los nombres de las cosas y una reglamentación para su despliegue verbal, aunque no han faltado quienes afirmen que su origen está situado en la inconsciencia, más cerca del primigenio y oscuro cerebelo.

Tal vez las palabras que hemos llegado a considerar canónicas (como los nombres designados a deidades) tuvieran por principio un miedo apabullante; un chillido ininteligible en respuesta al brutal rayo que sacudiera la tierra y prendiera fuego al bosque, ante los ojos de unos homínidos arrebatados por el terror… Tal escenario exime una razón instrumental pero admite un impulso irracional como generador del sonido que quizá después perdiera cierta rispidez para asentarse, gradualmente, entre el entendimiento de aquéllos que lo usaran para referirse a algo de la naturaleza.

Concebir el origen del lenguaje como arte, por otra parte, es una perspectiva que conjuga conciencia e impulso, cuyas consecuencias filosóficas resultan por demás interesantes. En primer instancia cabe decir que el miedo deriva en diferentes formas. Uno puede temer y arrojarse de un risco, o puede sentir miedo y crear una palabra nueva, como el poeta del inicio de los tiempos. El miedo es un sentimiento que genera creación o destrucción, como también lo hacen el sentimiento del absurdo, el amor, la alegría, el celo, la ira, etc.

Las artes humanas como la pintura, la poesía, la música y la arquitectura, contienen los efectos creativos del sentir, que no obedece a los objetos externos antes que a las pulsiones del cuerpo en relación con los estímulos que reciben sus nervios; el estímulo externo está condicionado por su vínculo con un impulso interno y, así, una caricia puede resultar enteramente erótica o insignificante; un viajero puede alucinar magníficos oasis abatido por el calor del desierto, mientras que la niña quien extraña a su padre puede percibir su perfume en la estancia de al lado, aunque aquél se encuentre aún en el trabajo. La realidad es afectada por el deseo.

El arte habrá de dar a la conciencia y al deseo una sola forma, siendo la forma aquello que ha escapado de la destrucción para volverse mundo; la conquista de formas es la principal característica del arte y ello involucra todo lo que compone el ser del hombre: movimientos, palabras, espacios, hábitos, cultura. Los seres humanos creamos un universo de sentidos que armonizan o divergen entre sí, para beneplácito nuestro. La paz y la guerra ocurren lo mismo que la enajenación, el nihilismo, la ciencia, el entusiasmo o la filosofía.

Hacemos uso del lenguaje en la medida en que éste nos utiliza para desplegarse y extenderse cual ente autónomo y monstruoso, activo por el encuentro de fuerzas latentes en el tiempo humano, en la fábula que narramos sobre el curso de nuestro presente.

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