Resumen: A través de una entrevista al músico e investigador oaxaqueño Juan Nelson Enríquez Rosado, se incursiona en consideraciones en torno a la música como componente reflexivo de los pueblos y su historia.

Apenas me doy cuenta que este viaje inicia al interior de un camión urbano del Istmo de Tehuantepec, cuando una señora sube con un gran canasto que huele a semillas y a tierra. Mi intento por tomar notas veloces y hacer grabaciones de pronto me parece demasiado limpio de la suciedad del tiempo, del reflejo que me devuelve la opacidad de los cristales.

Seguramente el cielo se transformará en una vertiginosa masa de plomo ingrávido toda la tarde, hasta que llegue la noche. Por ahora, sin embargo, el ventarrón matutino aún nos atraviesa los costados, como si adelantara un efecto para apuntar que nos encontramos ya lejos del calor de la canícula.

Me bajo en la esquina de la Casa de la Cultura. Adentro me espera Juan Nelson Enríquez Rosado: músico regional egresado de la Escuela Superior de Música del INBA, maestro de la orquesta ‘Nelson y su grupo chévere’, regidor de Educación y Cultura en Ciudad Ixtepec.

1. Estando en una entidad tan particular como Oaxaca, que antes fuera un punto importante para la cultura mesoamericana, ¿qué me puedes decir de la transición experimentada por la música en esta región, entre los tiempos antes de la conquista (en que la única lengua hablada era el zapoteco), y el tiempo poscolonial del castellano?

De los instrumentos musicales prehispánicos, aún se usan el caparazón de tortuga y la flauta de carrizo.

Las flautas de carrizo, muní o pitu nisiaaba, según vestigios arqueológicos, antes tenían la disposición de los agujeros o perforaciones en forma totalmente diferente a las flautas que trajeron los europeos que invadieron Mesoamérica. Sin embargo, con el paso del tiempo la flauta se ha ido “afinando” por los músicos-artesanos que las construyen. Todavía hace algunas décadas la nota ‘fa’ sonaba a ‘fa sostenido’; ahora la flauta de carrizo de la región istmeña obedece a la escala diatónica de la música occidental, y la nota ‘fa’ ya suena a ‘fa natural’.

La música, con flautas e instrumentos de percusión como el caparazón de tortuga (además de piedras, tecomates, troncos huecos, etc.), entonces tenía una función central en los ceremoniales religiosos de los pueblos, en la reproducción de los sonidos de las aves y seguramente de otros más de la naturaleza.

La llegada de los instrumentos musicales europeos, con una diversa gama de timbres y mayor amplitud de tesituras, hizo que los pobladores abandonaran los instrumentos musicales rudimentarios y adoptaran los otros nuevos. Asimismo, abandonaron la música de los ceremoniales a sus dioses, la imitación del canto de las aves y los murmullos de la naturaleza, para aprender los cánticos de las parroquias católicas y la interpretación de la música litúrgica, con los nuevos instrumentos.

A pesar de todo, en la música mestiza aún persiste la influencia minimalista que ponía en éxtasis a los individuos participantes de los antiguos ceremoniales.

Un hecho notable en el siglo XIX, durante el corto imperio de Maximiliano en México, fueron las presentaciones de las bandas musicales francesas y austriacas en la provincia; tengo la creencia de que, por lo menos en el sureste de México (parte de lo que fuera Mesoamérica), los indígenas y mestizos del campo se impactaron de tal manera por la sonoridad y las combinaciones de los nuevos instrumentos (trompetas, clarinetes, trombones, saxófonos, saxhornos, tubas, etc.), que las formas orquestales, a partir de entonces, pretendieron tener la misma dotación instrumental que esas bandas musicales europeas. Así se formaron las primeras bandas musicales del Istmo de Tehuantepec.

2. ¿A qué consideraciones o conceptos filosóficos te ha conducido la observación y el estudio histórico del desarrollo de la música en el Istmo de Tehuantepec?

Quiero pensar que permanecen, aún hoy, elementos epistémicos que le dieron sentido a la existencia de los pueblos originales de América, que fueron expresados en la música, en la plástica (la piedra o el barro cocido), en la observación de los astros, en la medicina o en la existencia de determinadas formas de gobierno.

Considero que esos elementos son recurrentes y persistentes; sin embargo, no componen, en el plano de las culturas de hoy, un referente filosófico sistematizado. Aun así, considerando que las culturas se mueven circularmente, éstas pueden constituirse en plataformas de lanzamiento tangencial de nuevas perspectivas que surjan de ellas mismas y, en algún momento, formar en su conjunto una visión particular del mundo.

3. ¿Qué conclusión puedes apuntar, en cuanto al panorama de la música en México hoy día? 

La música, en tanto que es arte, contiene el mismo elemento que la poesía y la filosofía: la reflexión. La música popular no deja de referirse a una realidad; es decir, independientemente de los estratos sociales, la música se constituye como una forma de reflexionar la realidad.

Damos por terminada la entrevista y me alejo pensando en lo que hará falta para reflexionar musicalmente con un guitarrón, por ejemplo. Ello me llevaría a observar en derredor, hasta elegir entre los guitarrones de la región x o de la región z. Luego podría interesarme por los cantares y pregones que acompañen a la zona en que repare –en su conjunto con los guitarrones–, para mirar si una diferencia me inclina a elegir cantar con algún ingenio por sobre algún otro. Finalmente, tañería el instrumento al punto en que viese a mis tendones, imaginación y garganta, resolverse en el flujo de un arte propio, a través del guitarrón y sus técnicas.

¿Qué habría de ser todo esto? Un yo, igual a la reflexión encarnada de una parte de la tierra y del entorno –lo mismo que de la historia de un pueblo y de muchos más a éste vinculados–, aconteciendo en la expresión del individuo. Me siento en el parque, entre el Palacio Municipal y la iglesia, y me pierdo imaginando a esas bandas que encabezan a los ritos, a los bailes, a las fiestas celebradas por los pueblos cada año, en honor al santo patrono.

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