En la literatura todo es posible: fantasmas y duendes traviesos, grandes casonas coloniales, historias de vida y de muerte; el arte de escribir nos lleva lejos, a través de los misterios alquímicos de la imaginación. Pero el escritor no sólo se limita a crear seres fantásticos e historias inusitadas, su tarea es también la de dar testimonio, mostrar mediante imágenes literarias, metáforas e ironía, un reflejo de la realidad, así sea la de un mundo violento en el que los valores aparentemente se han perdido.

Rosa Beltrán es licenciada en Literatura Hispánica por la UNAM y doctora en Literatura Comparada por la Universidad de California en Los Ángeles. Autora de diversos libros como La corte de los ilusos (Premio Planeta 1995), El paraíso que fuimos, (2002) y Alta infidelidad (2006), así como de los volúmenes de cuentosOptimistas (2006), Amores que matan (1996) y La espera (1986), en esta ocasión la escritora nos regaló unos minutos de su tiempo para presentarnos su más reciente novela, Efectos Secundarios, además de permitirnos adentrarnos en su mundo, en su vida y en su quehacer literario, a través de una amena y placentera charla.

El tema de la literatura es muy amplio y resulta un tanto polémico que actualmente, en una época como la que vivimos, tenga un papel secundario. ¿Cuál es su postura en cuanto al papel que juega la literatura a nivel nacional?

La situación de la literatura en nuestro país es lamentable, pero esto no es nuevo, tiene ya un buen número de sexenios de ser considerada una cuestión de interés secundario, ornamental, no es una de las prioridades de nuestros gobiernos y tampoco de los individuos. Hay un lastre en términos de la educación que nos ha impedido ver que sin el humanismo –y dentro de él englobo no sólo a la literatura, sino la filosofía, la historia, las artes en general, el pensamiento psicoanalítico– no puede haber una vida vivible, una vida de calidad. Esto nos ha llevado a cometer errores terribles. Para mí, el más grande, que está en el centro de la polémica de la novela Efectos Secundarios, es la pérdida de los valores. No sabemos dónde está lo que importa, las generaciones crecen pensando en que a través de satisfactores de tipo práctico y material podrán conseguir una vida completa, una vida con una calidad suficiente, y descubren que no es así. La falta de oportunidades para desarrollarse en términos intelectuales, como personas completas, complejas, nos lleva a contradicciones enormes. Me parece que muchas enfermedades endémicas de nuestra época llamada postmoderna tienen como base este común, desde el hecho de que la depresión sea considerada ya una pandemia en el mundo, hasta otro tipo de desórdenes de la personalidad, desórdenes mentales, alimenticios, la ansiedad, la drogadicción; todo esto habla de un mundo que ha perdido la brújula. El origen de todo, para mí, consiste en habernos alejado de ese sitio donde se encuentran las preguntas que por milenios se ha hecho la humanidad y a las que ha tratado cada generación de dar respuesta, las que importan, las que deberían importarnos.

Siendo su más reciente novela Efectos Secundarios, una novela que aborda una temática en donde el protagonista se dedica a la presentación de libros, pero que detrás esconde el tema de la violencia, ¿qué es lo que la lleva a escribir la obra?, ¿en qué se inspira para realizarla?

La idea central es este debate entre humanismo y barbarie, humanismo y violencia. La novela es una suerte de metáfora respecto a esta dicotomía, ¿hemos perdido los valores humanistas?, ¿en qué momento los perdimos?, ¿son defendibles todavía?, ¿es posible que alguien como el protagonista de esta novela, un lector o lectora cualquiera, sea capaz de defender lo que cree, de vivir dentro de los libros?, ¿no hay algo allá afuera, en la sociedad, que nos esté impidiendo acceder a esta vida paralela, que es la que nos dan los libros, la vida de la imaginación? El no poder acceder a los libros no siempre depende de los grandes criterios que emanan de los gobiernos y de impedimentos de los que siempre se está hablando en los medios de comunicación. También está el hecho de que no haya programas de lectura o las familias no apoyen a sus hijos, no les enseñen a leer. En el caso de la novela se trata de un lector hecho y derecho, pero que siempre se topa con un ruido exterior, el ruido visto como un emblema de muchas de las trabas que nos impiden vivir dentro de los libros, desde los conflictos ordinarios, la supervivencia, la necesidad de sobrevivir, de ganarse el pan, hasta el hecho de vivir en un país de extrema violencia, donde es imposible, cuando él quiere hablar de libros, poder hacerlo, porque cada vez que llega a una ciudad a presentar un libro se topa con que los asistentes tienen algo qué decir; todos ellos ocultan un secreto, algo que no puede ser dicho a pesar de que esto conforme su realidad cotidiana, y que, sin embargo, debe ser oído; una suerte de silencio que habla a gritos y que tiene que ver con esta otra realidad fuera de la realidad de los libros, que es la que está escribiendo al personaje, la que nos escribe.

Sabemos que ha incursionado en distintos géneros literarios: cuento, novela, ensayo. ¿Con cuál de estos géneros se identifica más?

Escribir nunca es fácil. Yo no veo una diferencia entre un género y otro, al menos no una diferencia tan marcada. Mi trabajo como escritora, como periodista, como profesora de literatura, ni si quiera es un trabajo, es una forma de ver el mundo. Cuando yo estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras, escuché un día a Juan José Arreola decir que la literatura no era sólo eso que estaba en los libros, que la literatura era la capacidad de ver, en una rebanada de jitomate, los vitrales de Chartres y los misterios del fondo marino en una sopa de pescado, y al escuchar esa frase yo supe que mi vida sería literaria, que yo quería vivir esa existencia paralela, porque era la única que podía darle sentido a lo que en sí mismo es insensato. Si tú analizas lo que te propones hacer cada día, y al final de éste lo que realmente hiciste, te darás cuenta de que hay un sentido sinuoso, un azar que te lleva por otros caminos que los que te propusiste, pero que no tienen ningún sentido lógico y trascendente a menos que tú se lo des, a partir del armado de todos estos hechos inconexos que a cada uno de nosotros nos van a marcar de manera distinta; de modo que para mí, el transitar en distintos géneros en la escritura, pero también el hecho de leer, de impartir seminarios de literatura, talleres, todo ello es simplemente ampliar, extender el territorio donde me interesa vivir la literatura y la imaginación.

Ha ganado diversos premios, incluyendo el premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por la UNAM, ¿se considera una mujer exitosa?

A mí no me gusta pensar el término de la filosofía, así llamada, del éxito. Me parece que hay una versión mentirosa de la realidad en los libros de auto ayuda y superación. El hecho de pensar que hay manuales y metodologías para asegurar el éxito y que si no cambias tu actitud entonces cambiará el mundo, no sólo es engañoso y tramposo, me parece que encierra también un peligro, y creo, como dijo alguna vez Bertrand Russell, que la felicidad sólo puede alcanzarse a partir del esfuerzo personal. Como lo dijo él, y lo han dicho de diversas maneras filósofos y escritores como Sartre, que hoy día no goza de tanto prestigio, yo sí creo que la felicidad está en lo que hacemos y que el darle un sentido trascendente, una importancia más allá de nuestro propio bienestar al trabajo, encierra ya una dosis de felicidad, y si lo quieres ver así, de éxito. Auque yo no creo tampoco que pensarnos como gente exitosa sea saludable. Esto también divide a la humanidad entre los exitosos y los fracasados, ¿y cómo podemos saber que alguien es exitoso, sino es a través de los tabuladores establecidos y de la ceguera de la época que estamos viviendo? Yo no puedo creer en esos tabuladores cuando estoy pasando por uno de los momentos –igual que tú, igual que todos nuestros contemporáneos– más críticos de la humanidad. Hablamos de crisis en distintos sentidos, no sólo la gran crisis económica, el fracaso de las utopías en cualquiera de los regímenes, sino que nos impide volver a creer, como se pensó en algún momento hacia los años 30 del siglo XX, en que era posible superar las diferencias sociales, alcanzar un nivel económico semejante, un nivel de vida que fuese parejo en los distintos pueblos, llegar a verdaderos sistemas democráticos; como no es lo que estamos viviendo, esa formula de éxito, para mí, no funciona.

Algunos escritores se mantienen al margen del mundo político, sobre todo porque, como figura intelectual, es complejo sostener una postura, pero por otro lado existen algunos escritores que no tienen problema en afirmarla, ¿en cuál de los dos lados se encuentra?

En nuestras sociedades latinoamericanas e hispanohablantes, en el mundo de la política –no es así en el mundo anglosajón–, me parece que tanto las universidades norteamericanas y europeas de lengua inglesa, incluso en los países de lengua alemana o del norte de Europa, se pueden mantener más al margen, lo podemos ver en la prensa escrita. Los escritores de los que hablo se limitan a hablar solamente de literatura, pero no así en nuestras sociedades. Hay una larga tradición desde el siglo XIX –e incluso anterior en nuestro caso del México novohispano– de la participación de los escritores y de los intelectuales en la vida pública. El hecho de que los artistas tengan una vida pública tan visible, creo que involucra o trae consigo un compromiso; el abstenerte de hablar de política es ya tomar una posición. Es muy difícil en países donde la desigualdad, la falta de oportunidades, la falta de corrupción, donde la traición a los ideales, sexenio con sexenio ha sido lo común, donde muchos empresarios –no digo que todos– se mantienen al margen del pensamiento crítico y del apoyo a actividades creativas que podrían enriquecernos a todos. Es difícil no mantener una postura política, y en un país como el nuestro, en donde los encabezados de los diarios todos los días hablan de cabezas, decapitados, violencia extrema, de una suerte de ruleta rusa que es donde estamos inmersos, aunque al mismo tiempo se nos diga que es una guerra que no puede ser tratada como una guerra; todo esto me parece muy penoso, que impele a hablar al escritor o escritora. Así esté hablando de una novela histórica, es imposible no hablar de lo que te ocurre, porque al escribir lo que haces es tener la piel menos dura, ser una suerte de antena y estar siendo afectado, dejarte afectar por todo aquello, para después transformarlo en historias. Eso es el trabajo del escritor.

Además de escribir, ¿qué otra cosa disfruta de la vida?

El placer que más disfruto es el de leer, más que el de escribir. Escribir no siempre es una tarea placentera, pero no puedo dejar de hacerlo. Sin embargo, además de leer y de comentar apasionadamente los libros que me interesan con otros amigos escritores –no sólo libros literarios, pero es que lo literario está tan intrínsecamente ligado al pensamiento, a cualquier actividad humana, que hablar de literatura es hablar de eso a lo que antes se le llamaba alma humana, a la que podemos decir que es la condición, aquello de lo que estamos hechos–, por supuesto que disfruto muchísimo el cine, la pintura, la naturaleza, salir al campo, salir del ruido; escapar del ruido es de las cosas que no sólo disfruto, me son necesarias. Soy muy neurótica y estoy sometida igual que tú, igual que todos en esta ciudad, a ruido electrónico constante. Por una parte las nuevas tecnologías nos aligeran la carga, pero por otra también nos hacen pagar una factura. El hecho de que todo mundo porte un celular y estemos inmersos en conversaciones que no nos corresponden, y que sea difícil encontrar un restaurante, una cafetería, a veces incluso un espacio público donde no haya ruido electrónico, me parece a mí que nos deteriora y no nos damos cuenta de a qué nivel, por eso es importante para mí salir al campo, ir a lugares donde hay silencio, es uno de mis grandes placeres. Pero no sólo disfruto de la vida en sociedad, no quiere decir que soy una misántropa de closet, la verdad es que disfruto muchísimo de la compañía de mis amigos, me encanta. No soy una persona que disfrute de las grandes fiestas, disfruto más la conversación en los pequeños grupos.

¿Cuál es el estilo de Rosa Beltrán?

Yo creo que el estilo es algo que uno busca. Cuando se es joven y uno empieza a escribir, afanadamente se ocupa de encontrar y definir su estilo, pero un buen día, muchos años después de todo lo que has escrito, te das cuenta de que el estilo fue quien te encontró a ti, que el estilo es algo que se da y que te habita, y solamente a través de la escritura, de la lectura que hacen otros de tus obras, puedes descubrir cuál era ese estilo, y es muy difícil ya –y no tiene sentido– remar contra él, ir a contra corriente. Mi estilo tiene que ver con un humor punzante, irónico, con un lenguaje en apariencia transparente –aunque el lenguaje nunca es transparente–, en el que a pesar de que la lectura puede ser muy gozosa, detrás de lo que se está narrando hay una tragedia. Quizá me lo explico hora porque ese estilo es una forma de salvavidas, una suerte de paracaídas que he encontrado para soportar, para remontar, para poder con los problemas con los que me enfrento, con los momentos desagradables de la existencia. No lo hago de manera consciente, porque no es algo que yo me proponga, pero me doy cuenta que en el trato con mis amigos y familia hay mucho de este humor negro, quizá siempre lo hubo, y creo que no está mal tenerlo, finalmente la vida no es tan fácil.

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