Las diferentes sensaciones de placer o displacer no obedecen tanto a la condición de las cosas externas que las suscitan sino a la sensibilidad propia de cada ser humano para ser agradable o desagradablemente impresionado por ellas.

Immanuel Kant.

A partir del S. XVIII el placer y el gusto ocuparán un lugar importante dentro de la estética, que, alejada de la moral y la metafísica, se concentra en el placer sensual. De este modo la estética se presenta como la reflexión sobre la sensibilidad del ser humano, es decir, se refiere a las formas que determinan nuestro sentir. Tomando en cuenta a Kant, todas las representaciones que tenemos de los objetos externos, todas nuestras apreciaciones del mundo y de nuestros estados internos, provienen de dos intuiciones puras, que él expresa mediante los conceptos de espacio y tiempo. Gracias a estas intuiciones somos capaces de ordenar el mundo, de otorgarle belleza y disfrutar de él.

Además de Kant, muchos otros filósofos han abordado a la belleza y al placer sensual, desde diferentes perspectivas. Platón, por ejemplo, alejando a la belleza del cuerpo la equipara con el Bien trascendental; el inglés F. Hutcheson afirma que lo bello corresponde a la “armonía, orden y proporción”; mientras que Nietzsche hace del arte una forma de vida vigorosa, desbordante y plena. Sin embargo, considerando en cierta medida a los grandes pensadores, y no considerándolos a la vez, continuaré a exponer algunas ideas sobre la sensación y la experiencia estética.

Al parecer es en la superficie de la piel donde se extiende el mundo sensible, en el cual la razón encuentra caminos que se convierten en rutas para entendidos, conglomeradas autopistas, o laberintos. El contenido empírico de la experiencia es informado por el pensamiento pero, obtenido de los sentidos. Las categorías que la razón provee a la sensibilidad, así como las técnicas que desarrolla para estimularla, actualmente suelen ser tratadas por la “estética”. De tal manera, el arte se presenta como un objeto recurrente en este tipo de estudios, pues ofrece “fenómenos” que parecen desplazarse más que otros, desde y para los sentidos.

El significado del arte, sin embargo, ha cambiado históricamente, una y otra vez, mostrando en este movimiento un devenir conceptual vertiginoso; el propio arte va realizándose en sus cambios y, en tal sentido resulta amorfo; afirma una naturaleza que le impele al desplazamiento, a la movilidad, pues al apelar a nuestro sentido del gusto, una misma obra de arte nos ofrece su despedazamiento, en incontables ojos, manos, lenguas, narices, oídos… en diferentes momentos y, más aún, nuestra capacidad estética no se limita a la obra de arte propiamente dicha, sino que nos atraviesa de maneras tan múltiples, que de algún modo escapa de las manos de la crítica y se vuelve hacia otros órdenes discursivos, pues, finalmente, ¿qué problema conocido no presenta una condición sensible en su origen? Aún la ciencia trabaja con intuiciones, de modo que no podría tener una causa distinta a la de lo artístico (el sentir, inaprensible) ni efectos diferentes a los que el arte concibe (impresionantes ficciones).

Por supuesto, una invasión del arte a todos los conflictos y soluciones, a todos los discursos, como la primera y última condición del pensamiento, que permite acercarnos a la producción de maneras creativas, corporales y emocionales, es un ideal tan poco practicado, como una ciencia, religión o filosofía, sin elementos artísticos. Los sentidos son los puertos de acceso al cuerpo del hombre, en el cual comercian incontables personajes, que narran tantas historias.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.