No hay filosofía sin actor. Sabemos que para Friedrich Nietzsche, la filosofía es la confesión de su autor: la filosofía es una autobiografía. [1] Pero, siendo estrictos, el autor no es un actor, porque aquél trasciende la obra y, por tanto, determina su sentido; en cambio, en la puesta en escena, el actor ejecuta los movimientos dentro de la obra, en ésta se mezcla, se funde, se pierde. En efecto, no le interesa a Nietzsche convertirse en el autor de su obra filosófica, sino en el actor de las experiencias que sus escritos evocan; quizás sea cierto que el autor es a la trascendencia, lo que el actor es a la inmanencia. Así, es necesario el cambio en el estilo de escribir filosofía, apostar por los remolinos y las piruetas, incluso es necesario intentar hablar en primera persona del singular para resaltar las relaciones entre conocimiento y vida. No interesa hacer un sistema filosófico, sino hacer una autobiografía, aunque, dicho sea de paso, más allá de la autobiografía, se trata de convertir «una anécdota de la vida en un aforismo del pensamiento». [2] No cabe duda que «no hay ningún filósofo –dice Rüdiger Safranski– que use con tanta frecuencia como él [Nietzsche] la palabra “yo”». [3] Por eso no dejará de ser curioso que el mayor crítico de la subjetividad, insista en hablar en primera persona del singular. Sin embargo, lo anterior no nos bastará para poder denunciar falta de rigor filosófico o alguna flaqueza del pensar nietzscheano, sino que nos exhibe el cambio de estilo y un cambio en el modo de hacer filosofía que, sin lugar a dudas, también evoca la crítica a la modernidad.

Para Nietzsche, hablar en primera persona del singular no significa restituir los derechos de un yo trascendente, ni tampoco quiere decir resaltar la autoría de lo que se escribe. No le interesa, como contradictoriamente dice Safranski, poseer los derechos de autor de su obra, [4] sino mostrar que no hay autor en la medida en que sólo «se sentía como un ejemplar». [5] Cabe decir que aquí ejemplar no quiere decir modelo, porque no se trata de pensar la vida como modelo, sino la vida como singularidades. Ni tampocoejemplar sugiere pensar en la vida la participación de algún otro, en el intercambio y el reemplazo, porque ella no puede condicionarse según conceptos, es decir, según particulares y generales: entre particulares todos pueden reemplazarse mediante su pertenencia a generalidades, pero la vida al consistir en singularidades, no puede intercambiarse por alguna otra. En efecto, el pensamiento nietzscheano quiere mostrarnos que la experimentación y el ensayismo es una forma de vida, [6] es decir, que ser poetas de nuestra propia vida significa, como diría el recurrente Antonio Machado, hacer nuestro propio camino al momento de andar, puesto que no hay modelo a seguir o, mejor dicho, un yo trascendente que determine nuestras vidas. Es por ello la insistencia en que el lector sea el protagonista de lo que se dice en el libro, es decir, que la lectura sea personal, protagonizada y vivida en nombre propio: «el lector se sorprende no de las paradojas que a menudo están en el libro, sino en la cabeza del que lee». [7]

Por todo lo anterior, sabemos en un primer momento que el estilo nietzscheano de escribir filosofía resalta la diferencia entre un «yo» (Ich) trascendente y un «sí-mismo» (Selbst) inmanente. En Así habló Zaratustra, se dice que los despreciadores del cuerpo son aquellos que vanaglorian y elogian un yo vanidoso, quien da orgullosos saltos y ejecuta vuelos del pensamiento. [8] En efecto, aquellos que desprecian el cuerpo no pretenden las profundidades, ni siquiera las superficies, sino el vuelo y la ascensión, de ahí que no quieran a la filosofía como taladro: «se trata, pues, de “taladrar”, de “socavar”, de “roer” los fundamentos presuntamente sólidos». [9]

Suponemos que una mala lectura sugeriría apartarnos y hacer imposible el yo, debido a la premura de restituirle los derechos al sí-mismo; quizás se deba a una inversión torpedel platonismo, claro está, al darle más valía al cuerpo que al alma. No cabe duda que el yo posee una íntima relación con el alma y, en cambio, el sí-mismo «en tu cuerpo habita, es tu cuerpo». [10] Pero, a decir verdad, para Nietzsche no existe una dicotomía entre el sí-mismo y el yo, por no decir, entre el cuerpo y el alma, respectivamente: «”Cuerpo soy yo y alma” — así habla el niño. ¿Y por qué no hablar como los niños?»; [11] el despierto o el sapiente es íntegramente cuerpo, únicamente cuerpo, de ahí que el “alma” tan sólo sea una designación meramente lingüística, como el yo del “yo pienso”, hacia una mínima parte incorporada a nuestro cuerpo. Con orgullo y vanidad, el yo hace que no queramos creer en esa «gran razón» del cuerpo, a saber: que el sí-mismo o el cuerpo no dice yo, pero hace yo. En efecto, de lo que se dice del alma es insustraíble del cuerpo, porque es provocada por éste, debido a que es el dominador del yo. Por eso, los despreciadores del cuerpo deberán enmudecer y callar, porque sus motivaciones o, mejor dicho, su desprecio, surge a partir de la voluntad de destrucción del sí-mismo: «¡Hundirse en su ocaso quiere vuestro sí-mismo, y por ello os convertisteis vosotros en despreciadores del cuerpo!». [12] Así, es natural que el desprecio se convierta en necesario aprecio.

En efecto, en el fondo lo que se está afirmando es que el “yo”, haga lo que haga, está subordinado a las motivaciones del cuerpo, es decir, a la voluntad de poder. Sabemos entonces, por ejemplo, que la conciencia o, mejor dicho, el yo expresado según el sentido y el espíritu, quienes pretenden persuadirnos de que constituyen el fin de todas las cosas, es en realidad provocado por la voluntad de poder. [13]

Con lo anterior confirmamos que no se trata de darle más valía al cuerpo con relación al alma, es decir, más valía a un sí-mismo que a un yo racional, porque no hay ni un más ni un menos. Para este nuevo Nietzsche, el hombre está constituido por dos tipos de fuerzas que actúan en él constantemente o, mejor dicho, que coexisten: lo apolíneo (yo) y lo dionisiaco (sí-mismo). Ya no se trata de pensar, como alguna vez se hizo con elNacimiento de la tragedia, la unidad de opuestos, es decir, de considerar la dualidad apolíneo-dionisiaca que consistía en la disolución de los contrarios en una especie de síntesis hegeliana. Por tanto, la voluntad de poder se encuentra siempre presente tanto en un yo sumiso, como en el sí-mismo creador.

Esto es sólo un ejemplo de superficie.

Notas y bibliografía

[1] Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Editorial Alianza, España, 1997, p. 27.
[2] Deleuze, Gilles. Nietzsche. Editorial Arena Libros, Madrid, 2006, p. 20.
[3] Safranski, Rüdiger. Nietzsche. Editorial Tusquets, Barcelona, 2001, p. 28.
[4] Ibid., p. 26.
[5] Ibid., p. 28.
[6] Ibid., p. 26.
[7] Nietzsche, Friedrich. Humano, demasiado humano. Editorial Andrómeda, Argentina, 2005, §185, p. 150.
[8] Idem. “De los despreciadores del cuerpo” en Así habló Zaratustra, p. 65.
[9] Idem. Aurora. 04/06/2011, I, http://www.nietzscheana.com.ar/textos/de_aurora.htm.
[10] Idem. Así habló Zaratustra, p. 65.
[11] Ibid., p. 64.
[12] Idem.
[13] Idem. Así habló Zaratustra, p. 65.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.