Resumen: Las ideas que tenemos sobre el tiempo, la eternidad y el origen del mundo influyen en gran medida en la posibilidad y desarrollo de la libertad.

 

Jacques Reattu, El triunfo de la civilización.

Jacques Reattu, El triunfo de la civilización.

Durante muchos años los mitos fueron suficientes para saciar la necesidad del hombre por comprender la realidad. Los griegos se convencieron –a través de sus relatos– de que el mundo había surgido del caos, una masa informe, existente desde siempre, que al haber sido ordenada por procesos divinos dio paso al cosmos, un universo estructurado en el que el hombre fue “puesto” por los dioses. Este mundo se encontraba regido por procesos cósmicos cíclicos, que permitían un constante flujo y renovación del mismo. “Ya desde Homero se advierte el carácter cíclico de la naturaleza (pasa el año, y las estaciones vuelven), lo que permite mantener en ella una vida perenne”[1]. Contrastando con el tiempo de la naturaleza, capaz de regenerarse una y otra vez, se encuentra el tiempo finito del hombre.

Situado en un mundo predeterminado y definido completamente por la divinidad, el hombre no tenía poder sobre sus actos, ya que todo estaba decidido por los movimientos cósmicos eternos.[2] Esta situación resultaba fatal para los hombres pues, hicieran lo que hicieran, no podían librarse de la corrupción, la vejez y la terrible muerte. La libertad –tal como se le conoce hoy en día– no era parte del mundo griego; los hombres actuaban por instinto, por necesidad, por inspiración, o simplemente porque así ya estaba designado.

Cada hombre tenía un destino trazado del que no podía escapar. Esa incapacidad de separarse de su trágica fortuna hizo del hombre un ser ligero e inocente, excento de de todo deber. Los hombres de la antigüedad no conocian la culpa, ya que el peso de las responsabilidades era cargado por los dioses y no por ellos. Vivían excentos de todo rencor, pero carecían del poder para cambiar el rumbo de su suerte. Su libertad estaba coartada por los ciclos interminables y el alcance final de la muerte. “[…] la noción de un destino o fatum que todo lo domina, alcanza a todo lo que existe, incluido el hombre y su libertad, de modo que a éste sólo le queda vivir su propio tiempo, que no es más que un momento en el funcionamiento de la gran máquina […].”[3]

Enternidad y temporalidad no eran conceptos separados, pues según la concepción griega, el tiempo circular se renovaba perpetuamente. Sin embargo, Platón divide los terminos al señalar –en su doctrina dualista– que existe un tiempo verdadero o eternidad, perteneciente a un mundo trascendental, imperecedero e inmutable, mientras que el tiempo que transcurre y desgasta, o sea, la temporalidad, es propia de las cosas corpóreas y corruptibles del mundo terrenal, imitación de aquel otro mundo superior, obra de un demiurgo.[4]

El mundo trascendental es habitado por seres con cualidades semejantes a las suyas: inmortales, imperecederos e inmutables. El hombre, al ser un compuesto de alma y cuerpo –según Platón y después el propio cristianismo– puede tener acceso al mundo ultraterreno. El alma, parte incorporal e incorruptible, de hecho habitaba en el mundo superior y gozaba en la contemplación de las Ideas verdaderas, pero al contaminarse por deseos bajos e impuros, desendió hacia el mundo terrenal, por eso busca continuamente[5] ascender a los trasmundos, sin por ello estar excenta de volver a caer una y otra vez. La doctrina platónica, basándose en estas premisas permite al hombre liberarse, al menos en parte, de la fatal muerte al otorgarles la esperanza de retornar a lo trascendental, lo que implica –a diferencia de los primeros tiempos– una conciencia sobre los actos, puesto que sólo a través de la virtud los hombres son capaces de emprender la subida hacia lo eterno.

Raffaelo Sanzio, Disputa del sacramento.

Raffaelo Sanzio, Disputa del sacramento.

La llegada del cristianismo marca una nueva cosmovisión. Los mitos ya no albergan las verdades sobre el origen del mundo y de los hombres, tampoco el conocimiento adquirido por medio de la razón –como había planteado Platón–. La verdad de la creación se encuentra, para este mundo religioso, en La palabra de Dios, es decir, en las Sagradas Escrituras. En ellas se encuentra plasmada una realidad diametralmente opuesta a visión mitíca de Grecia. Antes de la creación no había ningua existencia, todo era obra de un único Dios, que había creado ya no a partir de una masa primigenia, informe y caótica, sino de la nada. A diferencia de los griegos, los católicos conciben a Dios como el único ser eterno, todo lo demás había tenido su comienzo con la creación divina, incluso el tiempo. San Agustín afirmó al respecto: “Tú [Dios] hiciste todos los tiempos, y tú eres antes de todos ellos; ni hubo tiempo en que no hubiese tiempo. […] ningún tiempo te puede ser coeterno, porque tú eres permanente, y éste, si permaneciese, no sería tiempo”[6].

Todo lo mudable fue hecho, Dios lo creó, no obstante, toda la creación se realizó fuera del tiempo, pues éste también vino a ser por obra celestial. De hecho, es el tiempo lo que permite la movilidad de las cosas ya que solamente lo mutable es en él, mas no es el tiempo mismo, pues a pesar de que algunos cuerpos inertes estén en aparente reposo, éste sigue transcurriendo y desgastándolos.[7] Esta revolución al respecto de los orígenes permanece, de acuerdo a la visión platónica, separando tiempo y eternidad; sin embargo, el cristianismo desaparece de la temporalidad la circularidad de la renovación estacional; su tiempo es una larga linea que comienza con la creación y terminará en un gran juicio final, en el que Dios valorará las obras de sus “hijos” y las sancionará.

Esta forma de temporalidad dota de libertad a los hombres, al mismo tiempo que los hace responsables de sus actos, y por lo tanto, seres pesados.“Cristo es al mismo tiempo salvador y juez. Pues bien si no existe la gracia[8], ¿cómo salva al mundo? Y si no existe el libre albedrío, ¿cómo juzga al mundo?”[9]

Al contrario de los griegos, los cristianos tienen la esperanza de llegar a ser premiados con la inmortalidad, si son capaces de dominarse y alcanzar la pureza del alma. La humanidad aquiere libertad sobre sus actos, pues los acontecimientos ya no dependen de procesos divinos, sino de su propia voluntad que puede conducirlos a la gloria eterna o caer, presa del vicio y la maldad, en un castigo interminable.

Según lo expuesto por San Agustín, Dios nos ha otorgado libertad porque él es amor y bondad y desea que sus “hijos” lo amen, y alcancen la plenitud y la felicidad. Pero nadie puede amar por imposición, así que nos ha permitido elegir su amor y su camino o alejarnos de él y de sus enseñanzas[10], pues el gozo de la vida eterna esta restringido para aquellos que hallan vivido en el sometimiento libre de su voluntad a los mandamientos impuestos por el Creador. Dios nos ha dado la capacidad de decidir el camino que queremos tomar en la vida, con la condición de cargar encima el peso de nuestros actos y culpas; su libertad es reducida, ya que los hombres pueden elegir únicamente entre dos alternativas: el bien y el mal.

[…] la esencia de la libertad no consiste propiamente en poder elegir entre el bien y el mal: consiste en el poder de obrar bien.[11]

Dios todo poderoso e infinito en sabiduría y bondad, al ser el creador absoluto de toda la existencia sabe todo lo que pasará, conoce desde siempre la elección y deseos de cada hombre. Este conocimiento –de acuerdo a lo mencionado por el teologo de Hipona– no cancela de modo alguno la libertad humana, pues en el saber no va implícita la imposición. “[…] envejecemos necesariamente, que moriremos necesariamente, sin embargo sería ridículo decir que queremos necesariamente. Pues aunque Dios ya sepa lo que haremos nosotros, no se sigue de ahí que lo dejaremos de hacer libremente”[12].

Este nuevo tiempo lineal es finito y el mismo tanto para los hombres como para la naturaleza, pues todo fue creado y todo terminará en el final de los tiempos, momento en que los buenos serán premiados con la vida eterna y los malos serán arrojados a los abismos.[13] Tras el juicio final llegará un nuevo período en el que ya no habrá tiempo, y por lo tanto tampoco libertad, el hombre ya no elegirá más, porque ya no tendrá necesidad de hacerlo, pues el mal habrá sido destruido y no quedará más opción que el “bien”. Sin la facultad de la movilidad en el tiempo, se terminan también las posibilidades de elección y discernimiento, porque la eternidad inmutable no admite ninguna transformación[14] y el querer implica cambios.

“[…] no podía haber antes del mundo algún tiempo pasado, porque no había ninguna criatura con cuyos mudables movimientos fuera sucediendo. Hízose el mundo con el tiempo, pues en su creación se hizo el movimiento mudable […]”.[15]

El tiempo no puede llegar a percibirse más que como desgaste y corrupción. A pesar de que tiempo y movimiento no son lo mismo se relacionan, pues si no hay criaturas mutables, no puede percibirse ningún tiempo y sin tiempo las criaturas no podrían cambiar. La existencia de la temporalidad nos permite advertir las fluctuaciones de nuestra voluntad, el desgaste del instante, el deterioro de los cuerpos en movimiento…

Notas:

[1] apud. Conrado Eggers Lan. Las nociones de tiempo y eternidad de Homero a Platón, México, UNAM, 1984  pp.188-189

[2] Tal es lo expuesto por Anaximandro y algunos otros filósofos presocráticos como Pitágoras seguidor del orfismo, que decía que tras un periodo de tiempo lo ya ocurrido vuelve a ocurrir. V. De Tales a Demócrito. Fragmentos presocráticos.

[3] “Dos visiones del tiempo y la eternidad” de Verónica Benavides Gónzalez.

[4] V. Platón, Timeo en diálogos VI.

[5] Se advierte de nuevo un carácter cíclico del alma en su ascenso y descenso del mundo trascendental al corpóreo. Cfr. Platón. Fedro.

[6] Canals Vidal F. “El tiempo” en San Agustín. Textos de los grandes filósofos. Edad Media.

[7] V. San agustín. Las confesiones. LXI.

[8] La gracia es la conección entre Dios y el hombre, es el medio por el que somos ayudados por el Creador a encontrar el camino de la salvación, es una invitación a la bondad, puesto que la gracia se limita a mostrarnos un mejor camino, pero no a imponerlo. V. San Agustin. De la gracia y del libre albedrío. Obras de San Agustín [TomoVI]

[9] “Carta apostólica Augustinum hipponensem de Juan Pablo II

[10] La vida eterna es elegida por nosotros mismos, si amamos a Dios y seguimos su camino  (el de la creación) al final de los tiempos nos será otorgada; pero si preferimos el camino del mal (de la destrucción o del no ser) entonces moriremos definitivamente. Passim pass. La Biblia

[11] San Agustín. Ideario.

[12] Ibid. San Agustín. Ideario. Selección de Agustín Martínez. España, Espasa- Calpe, 1957 p.126

[13] Cfr. Ibid.

[14] Hay que aclarar que según las escrituras y los textos de San Agustín los hombres son los que han elegido la vida eterna o la han despreciado. Dios no puede hacer el mal porque el mal no es, tan sólo ha dado a cada quien lo que ha merecido según sus elecciones.

[15] San Agustín. La ciudad de Dios, XII.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.