“Somos sombras profundas”.

Giordano Bruno.

El hombre es un ser imaginante. El modo en que el mundo se le presenta a él es mediante imágenes. A cada instante de nuestra existencia somos afectados por una infinidad de sensaciones y, por consiguiente, por una infinidad de imágenes de aquel mundo que se nos muestra como exterior. La misma existencia humana no es más que un cúmulo de imágenes sucesivas.

     El hombre tiene en común con todos los seres vivos la capacidad de sentir, pero comparte sólo con algunos la capacidad de imaginar. Más aún, es creencia casi indudable a lo largo de la historia que el hombre es el único ser capaz de pensar. Así lo creyó Hegel –a quien dedicaremos las siguientes líneas- cuando dice: “es necesario advertir también hoy en día que el pensamiento es lo más propio del ser humano y aquello que lo distingue de las bestias, mientras el sentir lo tiene en común con ellas.”[i] Por esto para Hegel la forma esencial y propia del hombre para dar sentido a la realidad es conceptualizándola. Pero también es cierto que antes que pensar el hombre imagina: antes que el hombre trabaje mediante conceptos requiere de imágenes. La realidad es imaginada antes de ser conceptualizada –pensada. La imaginación, como la facultad del alma encargada de producir imágenes, es condición del pensamiento y de allí que haya sido objeto de estudio entre varios filósofos, y Hegel no fue la excepción[ii].

     Ubiquemos en qué parte de su sistema se dedica Hegel a estudiar concretamente a la imaginación (Einbildungskraft) para esclarecer nuestra explicación. Diremos primero que el estudio de la imaginación pertenece a la primera parte de su Filosofía del Espíritu[iii], es decir, al espíritu subjetivo. El estudio del espíritu subjetivo se divide a su vez en tres partes: la antropología (cuyo objeto es el alma), la fenomenología (cuyo objeto es la conciencia) y la psicología (cuyo objeto es el espíritu en cuanto tal). Pongamos especial atención en esta última parte, la psicología, la cual se divide en otras tres secciones: espíritu teorético, espíritu práctico y espíritu libre. La psicología es la encargada de estudiar a la imaginación como parte del espíritu teorético. Más concretamente, considerando que el espíritu teorético está divido en intuición, representación y pensamiento, la imaginación es estudiada como una forma de representación[iv]. Puesto así, la imaginación está entre la facultad común con el resto de los seres vivos (el sentir) y la facultad propia del ser humano (el pensar).

     La imaginación constituye para Hegel un peldaño entre otros para lograr el objetivo del espíritu: su libertad y autoconocimiento. Y dentro del espíritu subjetivo, el modo de lograr tal libertad es mediante el pensamiento. Por tanto, el trabajo de la imaginación queda subsumido al acto de pensar: su trabajo tiene que ser superado -mediante Aufhebung[v]– por la obra del pensamiento. Sin embargo, ¿no cabría concebir el trabajo de la imaginación más allá de su mera subsunción por el trabajo del pensamiento? ¿No podemos pensar, por ejemplo, en el trabajo de la imaginación con miras hacia algo menos conceptual y más intuitivo como sería el caso de una imaginación poética? Más aún, ¿es posible hallar en la misma obra de Hegel esta otra forma de concebir a la imaginación? Dejemos por ahora de lado el análisis de la imaginación en tanto su fin es el pensamiento –un tema de suyo interesante- e indaguemos en aquella otra posibilidad: la de una imaginación creadora de intuición, una imaginación poética. Para esto tendremos que ver más de cerca cuál es la forma en que la imaginación opera según Hegel y ver qué papel juegan las imágenes –productos de la imaginación- en esta otra manera de dotar de sentido a nuestro mundo.

     Más allá del lugar que ocupa en el sistema, ¿qué es la imaginación para Hegel? La imaginación es una de las facultades del espíritu (entre las que están el intuir, el recordar, el desear, etc.), es decir, es uno de los modos universales en que el espíritu actúa. De forma más precisa y recordando lo dicho, la imaginación es una facultad representativa del espíritu teorético. Ahora bien, una facultad es una fuerza (Kraft) que determina ciertos contenidos fijados. El espíritu es, al igual que la naturaleza, un conjunto de fuerzas (Kräfte): “Ahí reside la sinrazón […] como un conjunto de fuerzas en él, tal como se hace también en la naturaleza.”[vi] La imaginación es, pues, una fuerza espiritual de determinación de algún contenido; el contenido que determina es el proporcionado por la intuición –o facultad de intuir- y de este contenido determinado se obtiene la imagen como producto suyo. En la facultad intuitiva el espíritu se muestra como “espíritu sentiente”. La forma más inmediata en la que un sujeto -el espíritu concretizado, corporeizado- se relaciona con un contenido dado exterior a él es el sentimiento. La inteligencia (Intelligenz) –forma en la se denomina al espíritu en el ámbito teórico para diferenciarlo en su ámbito práctico como voluntad (Wille)- trabaja partiendo de este contenido dado –su objeto: “La inteligencia determina así el contenido de la sensación como un ente fuera de ella, lo arroja fuera en el espacio y en el tiempo que son las formas en las cuales la inteligencia es intuitiva.”[vii]

     Ahora bien, una representación (Vorstellung) es una intuición recordada –interiorizada-, es decir, aquel contenido inmediato de la sensibilidad es tomado y llevado al interior de la inteligencia. Así, el contenido del sentimiento se vuelve, por medio del recuerdo, en una imagen; aquel contenido ha dejado de ser inmediato y se ha vuelto mediatamente en imagen, la cual es guardada en la inteligencia. De esta manera, la imagen existe en la inteligencia y ella es su propio espacio y su propio tiempo: “recordada en ella, la imagen que ya no está existiendo, está conservada inconscientemente.”[viii] Como se ve, Hegel no identifica inteligencia –o espíritu teórico- con conciencia: el espíritu no se reduce a la mera conciencia, sino que es más abarcante, y más aún, hay un lado inconsciente del espíritu, del cual, como veremos, se constituirá el sujeto –o el ‘yo’.

     Para Hegel, entonces, la inteligencia es “este pozo oscuro [nocturno] en el que se guarda un mundo infinito de numerosas imágenes y representaciones, sin que estén en la conciencia.”[ix] Infinidad de imágenes caen en el pozo nocturno de la inteligencia y se acumulan entre las tinieblas del inconsciente. La inteligencia toma posesión de las imágenes, las vuelve suyas guardándolas “en su tesoro, en su noche; la imagen es inconsciente.”[x] La inteligencia se vuelve entonces el poder sobre las imágenes, esto en dos sentidos: 1) como el poder de universalización de las imágenes, esto es, sintetizando múltiples intuiciones y subsumiéndolas en una sola imagen (por ejemplo: múltiples intuiciones de flores de una misma especie serán sintetizadas en la imagen de la flor); y 2) como el poder de hacer surgir una imagen desde su propia interioridad u olvidarla y dejarla perder en la propia obscuridad nocturna de su inconsciente. Por estas dos actividades la inteligencia es imaginación reproductora.

     Cada hombre es, por esto mismo, una caja secreta y obscura de recuerdos pasados, de imágenes olvidadas en su interior y aún de aquellas imágenes por venir: el ser humano está hecho de imágenes de su propia vida, de luz y de tinieblas. Por todo lo anterior, Hegel define al hombre de la siguiente manera:

El hombre es esta noche, esta vacía nada, que en su simplicidad lo encierra todo, una riqueza de representaciones sin cuento, de imágenes que no se le ocurren actualmente o que no tiene presentes. Lo que aquí existe es la noche, el interior de la naturaleza, el puro uno mismo, cerrada noche de fantasmagorías: aquí surge de repente una cabeza ensangrentada, allí otra figura blanca, y se esfuman de nuevo. Esta noche es lo percibido cuando se mira al hombre a los ojos, una noche que se hace terrible: a uno le cuelga delante la noche del mundo.[xi]

     El hombre, en tanto “interior de la naturaleza”, es la interiorización de ella misma en imágenes. La inteligencia tiene en su poder múltiples imágenes, y con tal poder tiene ahora el libre albedrío de extraerlas de su interior y traerlas a la conciencia. En este proceso la inteligencia se da cuenta de que la imagen no le es ajena ya, sino que es suya; al extraer de su pozo nocturno una imagen, la inteligencia no sólo recuerda esa imagen –y con la imagen, la intuición pasada-, sino que se recuerda ella misma en la imagen: la inteligencia se reconoce a sí misma en sus imágenes interiorizadas y recuperadas. La conciencia ya no sólo es conciencia de la imagen recordada, sino conciencia de sí misma: ‘yo’. El ‘yo’, al recuperar una imagen de su pozo nocturno –de su inconsciente-, se recupera a sí mismo:

El recuerdo añade el momento del ser-para-sí: ya lo he visto u oído una vez, lo recuerdo; no sólo veo, oigo el objeto, sino que a la vez entro en mí, re-cuerdo, me saco de la mera imagen y me siento en mí […]

Este ser-para-mí que añado al objeto es esa noche, ese uno mismo en que hundí el objeto, ahora surgido, que es objeto para mí mismo; y lo que tengo delante es la síntesis de ambos, contenido y yo.[xii]

     El ‘yo’ es, pues, un movimiento que se va constituyendo a sí mismo desde el interior de sí, desde su propia noche y desde sus propias imágenes olvidadas en el pozo de su inconsciente y, asimismo, va constituyendo a su mundo, va dotándole de sentido: el ‘yo’ “es la luz que se manifiesta a sí misma y manifiesta además a lo otro.”[xiii] Así puesto, el hombre, antes de determinarse conceptualmente a sí mismo –esto es, como un ‘yo’-, es imagen de sí, es su propio recuerdo y es su propio olvido; de igual forma, su realidad externa, antes de ser conceptualizada es configurada imaginativamente.

     Hallándose en libertad y siendo consciente de sí, la inteligencia toma el poder sobre sus propias imágenes enlazándolas o separándolas y creando, así, nuevas imágenes en un acto de “enlace libre”: aquí la imaginación, en tanto se halla libre, deviene imaginación productiva –o creadora. Ahora, la inteligencia como imaginación productiva, más allá de recordar un mundo pasado por medio de una imagen recuperada, crea nuevos mundos haciendo sus propios enlaces con tales imágenes: una cabeza ensangrentada por aquí y una figura blanca por allá. Un nuevo escenario, una nueva imagen, un nuevo mundo: una fantasía. “La inteligencia, habiéndose recordado así en sí misma determinadamente en aquel cúmulo y haciéndolo imagen como contenido propio, es fantasía o imaginación simbolizadora, alegorizadora o fabuladora [poetizante].”[xiv]

     La inteligencia ahora como fantasía –Aufhebung de la imaginación reproductora y de la imaginación productiva- lleva a cabo un proceso de exteriorización; la fantasía crea una nueva intuición, no ya la intuición subjetiva de la imagen interior, sino una intuición exteriorizada: el signo[xv], que expresará exteriormente su propia interioridad. El signo, en tanto “cierta intuición inmediata que representa un contenido enteramente otro”[xvi], es manifestación sensible del espíritu que expresa una significación interior. En este sentido, los nombres son signos cuya significación hacen referencia ya no tanto a las cosas exteriores, sino al interior de la inteligencia misma. En otras palabras, el lenguaje será ese medio de exteriorización del ‘yo’, el medio para que haya entendimiento entre los hombres y el medio para disolver subjetividades. El trabajo de la fantasía es nombrar a las cosas, y nombrar a las cosas es darles un significado –un sentido: la fantasía es significadora.

     La exteriorización de la inteligencia por medio de signos –exteriorización lingüística- es un nombrar a las cosas y tal acto es ya un acto de re-creación de la Naturaleza a partir del Espíritu[xvii]: el nombramiento de las cosas es la poetización del mundo. Para Hegel, la naturaleza no es más que un escape de realidad: todas las cosas naturales son finitas y perecen. La naturaleza por sí misma es un mero devenir que tiende al olvido de sí. La luz natural que ilumina a todas las cosas naturales en su aparecer es una luz que pronto se apaga; pero el hombre, mediante la imaginación y la memoria, retiene y fija imágenes de aquella naturaleza iluminadas por la luz de su conciencia. Dice Derrida: “La luz, el brillo del aparecer que se deja ver, es la fuente común de la fantasía y del phainesthai.”[xviii] Pero la luz del phainesthai es una luz finita, mientras que la luz del ‘yo’ es una luz infinita que da iluminación eterna a la imagen una vez que la ha exteriorizado mediante un signo, mediante un nombre. Por esto mismo “el lenguaje da a las sensaciones, intuiciones y representaciones una segunda existencia superior a su existencia inmediata.”[xix]

     Entre las tinieblas nocturnas del inconsciente espiritual y la luz de la conciencia surge una imagen, un mundo, un poema. La poesía no es más que el renacer de la naturaleza como naturaleza espiritualizada -eternizada. La poesía –y el arte en general- no es, por lo mismo, una mera imitación de la naturaleza: la poesía refleja lo interior del espíritu, el renacer de la naturaleza desde el espíritu y el surgir del ‘yo’ como acontecimiento espiritual. “El poetizar no es un imitar de la naturaleza. La poesía es, en un sentido superior, más verdadera que la realidad ordinaria.”[xx] El mundo interior, en tanto espiritual, es más verdadero que el exterior entregado al devenir y al perecer. El poeta no imita a la naturaleza, sino que la nombra en cada uno de sus entes otorgándole existencia espiritual. Más aún, esta naturaleza espiritualizada se vuelve la mensajera del poeta, el cual desea manifestar un mundo infinito interior: “el poeta es un vidente. –El poeta unifica el esplendor de la naturaleza en un todo, como atributo de algo superior: el azul del éter es su ropaje, las flores sus mensajeras, etc.”[xxi] Así, el poeta, más que recordar imágenes pasadas, juega con ellas creando nuevos mundos y nuevos sentidos. Escuchemos, pues, al poeta, a sus recuerdos y a los nuevos mundos que construye mediante ellos:

Vosotros, hermosos bosques

En la verde cuesta pintados,

por donde camino a veces

recompensado con dulce paz

por cada espina en mi corazón,

cuando sombrío es para el sentido,

pues arte y sentido fueron

dolor, desde el comienzo.

Dulces imágenes del valle,

por ejemplo, jardines y árbol,

y también el sendero, estrecho,

el arroyo apenas visible,

¡qué bella luce para alguien,

en la clara lejanía,

la gran imagen del paisaje,

que visito, en los días propicios!

La divinidad amistosa,

nos escolta primeramente

con azul; después con nubes

dispuestas, abovedadas y grises,

con destellos ardientes

y el pesado ruido del trueno,

con el encanto del paisaje,

con la belleza, derramada y surgida

de la fuente muy antigua,

de la imagen primitiva.[xxii]

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Notas y bibliografía

* Agradezco a Marcelo Pérez Silva la confianza en mi labor filosófica y la consecuente invitación a colaborar en esta revista digital. De igual modo agradezco al resto del equipo de aión.mx por la publicación del presente escrito, el cual espero que sea del gusto del lector.

[i] G. W. F. Hegel, “Filosofía del espíritu”, en Enciclopedia de las ciencias filosóficas, [trad. de Ramón Valls Plana], Madrid, Alianza, 1997, § 400.

[ii] Existe una larga tradición filosófica que ha estudiado la facultad imaginativa del alma y que se remonta hasta Aristóteles en su obra De Anima. El mismo Hegel alaba esta obra aristotélica como la más “excelente” en las cuestiones del alma y anuncia que su filosofía del espíritu subjetivo no es más que una continuación del “sentido de aquellos libros”. Vid. Hegel, Ibidem, § 378.

[iii] El sistema hegeliano se compone de tres partes en su totalidad: la Lógica, la Filosofía de la Naturaleza y la Filosofía del Espíritu.

[iv] Las otras formas de representación (Vorstellung) son: el recuerdo (Gedächtnis) –antecediendo a la imaginación- y la memoria (Erinnerung) –como sucesora de la imaginación.

[v] Cabe apuntar y recordar que el término en alemán Aufhebung significa superar y conservar, lo cual tiene implicaciones en el pensamiento hegeliano.

[vi] Ibidem, § 445. La cursiva es mía. Como se ve en esta cita, para Hegel la razón será conformada por medio del trabajo de la sinrazón, es decir, de las facultades espirituales, las cuales son fuerzas (Kräfte) como las de la naturaleza.

[vii] Ibidem, § 448. Nótese la clara influencia kantiana en la concepción del tiempo y el espacio como formas puras de la sensibilidad o la intuición.

[viii] Ibidem, § 453. La cursiva es mía.

[ix] Idem. Las cursivas son mías.

[x] Hegel, “Filosofía del Espíritu”, en Filosofía real, [trad. de José María Ripalda], México, FCE, 2008, p. 154.

[xi] Idem.

[xii] Ibidem, p. 155.

[xiii] Hegel, Enciclopedia…, § 413. La cursiva es mía.

[xiv] Ibidem, § 456.

[xv] Para un análisis interesante acerca de la teoría del signo –o semiología- en Hegel, véase: Jacques Derrida, “El pozo y la pirámide”, en Márgenes de la filosofía, [trad. de Carmen González Marín], Madrid, Cátedra, 1989.

[xvi] Hegel, Enciclopedia…, § 458.

[xvii] Vid. Hegel, Filosofía real, p. 156. Este poder de nombrar las cosas es un poder que, según el mito bíblico de la creación, Dios otorga al primer hombre: Adán.

[xviii] J. Derrida, Op. Cit., p. 115. El phainesthai es la cosa tal como aparece naturalmente en su propio esplendor, en su propio brillo o luz.

[xix] Hegel, Enciclopedia…, § 459.

[xx] Hegel, “Ciencia del espíritu”, en Enciclopedia filosófica para el curso superior, [trad. de Max Maureira y Klaus Wrehde], Buenos Aires, Biblos, 2009, § 154.

[xxi] Idem.

[xxii] Hölderlin, “El Paseo”, en Poesía completa (edición bilingüe), [trad. de Federico Gorbea], 8ª ed., Barcelona, 2005, p. 451.

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