Hay varios desdoblamientos en el platonismo, recordemos tres importantes: locura, retórica, amor. Pareciera que hubo un esfuerzo por rescatar ciertas prácticas, otorgarles un motivo digno de consideración, quitarles la maldad que traían consigo, encontrar el doblez correcto. El platonismo pretendió, por medio de la dialéctica, crear uniones y divisiones, a fin de identificar y apartar de una buena práctica un mal saber, un mal decir, un mal amar; encontramos una locura divina conveniente para explicar el arte de los poetas y adivinos, una buena retórica al servicio de la semejanza con lo verdadero, un amor con fines intelectuales sin que cayera sólo en la mera práctica sexual.

Pero en todo desdoblamiento siempre hay reticencias y elusiones, una omisión por conveniencia e intereses. Hubieron elementos que en el platonismo se excluyeron y que fueron retomados a lo largo de la historia de la filosofía, por ejemplo, lo que ya se sabe, el desprecio de la poesía y la retórica al no consistir en un verdadero arte (τέχνη), además por el poder político masivo que ambas tenían. El amor, tema que ahora nos incumbe, pareciera no consistir en lo antedicho con la poesía y la retórica, pero lo que es verdad es que en cierta medida hay utilización y abuso, finalmente encontramos el carácter político. No interesa el amor si no pretende el conocimiento, es decir, no interesa el amado si se pretende la idea de Belleza y no la singularidad del amado. Por supuesto, en el platonismo, erotismo y política se rozan erótica y políticamente, sobre todo por intereses epistemológicos.

Para Platón, el amor incorrecto y deleznable se encuentra relacionado con la mera opinión al no consistir en una tendencia hacia lo mejor, sino por dirigirse al placer banal y al desenfreno, causado por la desmesura (ὕβρις) y la insensatez. Por el contrario, el recto amor, es decir, el verdadero amor, es deseo de belleza que consiste en ascender gradualmente al conocimiento de la belleza en sí, siendo la manera correcta y justa de conducirse con amor a las cosas bellas. Se pretende ascender por medio de los cuerpos bellos, sirviéndose de ellos, tal peldaños se tratasen, al conocimiento de las bellas normas de conducta, luego a los bellos conocimientos y, finalmente, al conocimiento de la belleza absoluta. En efecto, el amor es intermediario, no es ni bello ni feo, ni bueno ni malo, es un dáimôn que media entre los hombres y los dioses. Quizás es por tal mediación que el amor pasa a un segundo término con respecto al conocimiento en general, siendo una utilidad y no un fin en sí mismo independiente de todo proceso cognitivo. Por tanto, la pregunta siempre estará dirigida a saber si en verdad existe el amor a lo singular, a sabiendas de que no se pretende la singularidad de lo amado sino la generalidad de la belleza; el deseo de belleza no consiste en concentrarse en un solo cuerpo bello, no se trata de amar a una sola persona, sino, por el contrario, es preciso rechazarle y considerarle insignificante.

El platonismo considera que el amor no puede pensarse sin representación, en el sentido de que el amado o los amados serán representaciones de la belleza absoluta: no se ama a la singularidad, sino que por medio de la particularidad (que es desde siempre la parte de una totalidad) se pretende amar al modelo o a la generalidad. Pero, la representación no constituye una identidad radical con aquello que pretende representar, por eso se necesita una representación con semejanza al modelo o, mejor dicho, una imagen fidedigna. De aquí la urgencia platónica, por lo demás política, de diferenciar la copia (imagen con semejanza, buena copia) del simulacro (imagen sin semejanza, copia falsa, fantasma), que podemos ver en diversos pasajes de la obra platónica. Así pues, encontrar el doblez correcto sería diferenciar dialécticamente el simulacro de la buena copia o, como diría Gilles Deleuze, distinguir quiénes son buenos y malos «pretendientes» del modelo.

¿No será justo llamar figura [eikón, es decir, copia] al primer tipo de imitación, pues se parece al modelo? […] ¿Y qué? Lo que aparece como semejante de lo bello sólo porque no se lo ve bien, pero que si alguien pudiera contemplarlo adecuadamente en toda su magnitud no diría que se le parece, ¿cómo se llamará? Si sólo aparenta parecerse, sin parecerse realmente, ¿no será una apariencia [phántasma, es decir, fantasma o simulacro]?[1]

Por supuesto, invertir no es pervertir. No interesa invertir el platonismo rechazando la copia o el simulacro, en la búsqueda ingenua de que el amado sea genuinamente el original. Hacer que el amado sea la belleza en sí misma (identidad imposible, platónicamente hablando, claro está) significaría disolver la relación entre erotismo y política. Sería difícil asegurar que el amante sea un sujeto pasivo, es decir, que no pueda tener incidencia en el amado, sin prejuicios, sin determinación, sin representación, sin sometimiento a la imagen propia del amante. Por eso, se vuelve necesario pervertir el platonismo, asumiendo la relación entre erotismo y política, elaborando un movimiento diferente: afirmando el amado como simulacro y sometiéndolo a la relación del modelo y la copia, secretamente rescatando y liberando, no la particularidad, sino la singularidad que siempre trae consigo la mala copia. En efecto, afirmar o pervertir el platonismo es también afirmar la copia o la imagen, a sabiendas de su imposible pureza y fidelidad al modelo.

No se trata de que tú seas esa persona ideal a quien siempre he deseado, porque nunca podrías serlo, tampoco es que te esfuerces por conseguirlo, porque sólo yo podría permitirlo. No es que me aburra con tu cuerpo y que tenga que conseguir otros tantos, es que tu cuerpo es diferente en cada momento: en él consigo esos otros cuerpos, esos fantasmas que me invaden; poseo de ti una terrible y mala copia de la belleza que todos creen desear uniformemente, copia que me hace amarte y, a la vez, dudar de la persona a quien presuntamente deseo. Te amo y no te amo, te amo y me amo.

 

[1] Platón. “Sofista” en Diálogos. 9 vols. Editorial Gredos, España, 1986. Vol. V. 236a-237a.

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