Tengo la vaga esperanza de que tal vez, por esas razones extrañas del destino, exista algún lector que aparte algo de su tiempo existencial para leer estas reflexiones filosóficas. ¡Cielos…! Sin querer he escrito una palabra referida a la Filosofía… ¡Dios! ¡Qué grave error! Estoy en un universo de conciencias que al escuchar, leer, mirar a lo lejos la palabra “Filosofía”, simplemente se apagan, dejan de funcionar. La Náusea es el pensamiento. La Náusea es una masa informe, una especie de remolino oscuro y viscoso que lo contagia todo. “Terror al pensamiento”. Se acepta cualquier reto, menos el esfuerzo de pensar. Se puede trabajar todo el día con las manos, el corazón, los sentimientos, siempre y cuando no sea necesario pensar. El hombre actual que piensa y escribe reflexiones filosóficas está demás, sobra como los libros polvorientos y llenos de viejas polillas, como esas biblias negras que envejecen sobre cualquier armario sin que nadie las tome en cuenta ¡Qué muera el pensamiento!

La Filosofía carece de realidad ontológica, el pensamiento no existe, la reflexión ya no existe…, las escrituras van desapareciendo en la maldición del pasado, como se esfuman las leves luces de la tarde moribunda. ¿Qué nos queda? La Nada. La existencia no es más que la espera de la muerte. Se cultiva el cuerpo; si no se puede alcanzar la perfección de un Adonis moderno… entonces, se engorda acostado en el más cómodo colchón frente a la televisión, comiendo golosinas hasta que el aire no pueda entrar en los pulmones. En los cerebros del hombre actual sólo hay imágenes virtuales de sexo, dinero, poder, placer, comer, soñar, dormiiir, dormiiir. El pensamiento se identifica con la Nada. La Nada y el pensamiento ahora son una misma realidad. Si alguna vez hubo pensamiento, ya no es, se ahoga en intimidades subjetivas, tímidas y carentes de vida, yacen bajo las sombras de huesos y gusanos de viejos filósofos enterrados en gloriosas tumbas. El pensamiento se va con la tarde gris, en las alas del último rayo de sol.

La Historia de la humanidad carece de motivos, de causas y consecuencias. Las calles son anónimas, ningún rostro indica signos de vida. Los pasos de la gente se dirigen hacia ninguna parte. Sin embargo, todos miran el reloj, se apuran, tropiezan, se empujan, se maltratan…, ya no existen razones con validez universal, nadie piensa en el sentido racional y lógico del vivir, se vive y punto, se hace el amor y punto, se conocen y punto, se tocan, se mienten, se disculpan, se dicen “te amo”, y punto; al final, todos quieren descansar, de eso se trata, vivir para el descanso suave y tibio. Lo más importante es la hora del reposo, llegar al hogar, una ducha fresca, espumosa, liviana; sentir las caricias de la noche, mirar un poco la televisión, recostarse sobre la almohada, sentir el peso del cuerpo, ir cerrando los párpados muy lentamente y… dormiiir, dormiiir… hasta que se desvanezca el mundo real. La ventana es el infierno, el vecino se debe reducir al silencio, a la tranquilidad, cero problemas, nada de fastidio, de bulla, de saludos indeseados, los vecinos estorban. La razón profunda de la existencia se manifiesta en el discurso político e hipócrita de los grandes líderes y de cualquiera de nosotros en función de la propia comodidad existencial. ¡Eso es la felicidad, vivir tranquilos como las aves que anidan en el lago del cisne azul! ¡Los pobres! Esos asustan, son feos, hediondos, la negación de la razón de existir, la muerte de toda esperanza, el rostro desagradable de la sociedad.

La vida actual se ha convertido en supervivencia cómoda del individuo que se esconde en la inmensa selva social, en donde la debilidad y la muerte del Otro es la fortaleza de los nuevos revolucionarios del siglo XXI. La miseria de la mayoría es la posibilidad de vida cómoda y confortable de los elegidos. La pobreza es el festín múltiple y de variados motivos sociales y antropológicos para escribir sobre la dignidad de los marginados y la liberación de los empobrecidos latinoamericanos, razón de inspiración para los intelectuales que se acarician el ombligo, mientras viven de ilusiones virtuales y eróticas. ¡Por favor, no tocar la puerta! La soledad erótica es el sueño de la mayoría de los intelectuales y escritores del nuevo milenio, ya sean de izquierda o de derecha, del centro, del este o del oeste, nada de eso importa en la intimidad de la habitación. ¡No toquen la puerta! ¡No molestar! ¡Viva el sexo virtual! La vida es un viaje placentero al inconsciente personal que se hace bajo la inspiración de la milagrosa Internet. ¡Sexo! ¡Emociones! ¡Dinero! ¡Poder!, todo lo que el hombre ha soñado a lo largo de tantos siglos se hace realidad con tan sólo un “enter”. El Otro, el vecino estorba, si es pobre y feo que se muera de una vez. Lo virtual es el cielo.

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Los libros, esos objetos raros, silenciosos, tienen hojas de papel, miles y miles de letras negras como las aves malditas. El viejo acaricia suavemente un libro, aparenta entender, hasta llega al punto de fruncir las cejas, sonríe, mira con nostalgia varonil el horizonte eterno y matutino, realmente huye de los Otros, busca desesperadamente la comodidad, la quietud espiritual o la nueva esencia secreta de la raza humana. No quiere conocer a nadie, solamente que lo vean y sientan angustia existencial cuando descubran en sus ojos que la vida humana se extingue silenciosamente, sin luz, para siempre, sin retorno ni esperanzas fantasmales. Ahora es simplemente un fantoche más de la vida, capaz de sostener un libro entre sus largos dedos, sin saber nada del contenido de los textos, hace años entendía y enseñaba a los más ignorantes, ya nada es igual, la subjetividad epistémica y afectiva se nutre del alcoholismo demente. El viejo está enfermo, no se siente un hombre, ni mira del mismo modo a las “muchachas de la plaza”.

El viejo juzga a esas mujeres, a los jóvenes de cabellera larga, a los curas afligidos de la catedral, a la porquería verduzca que dejan los pájaros sobre los bancos de la plaza. El viejo juzga: “son malos”, “son malos”, “nada sirve”. El Ser en sí es el reflejo de su vejez enferma, podrida. Así es la vejez, “nada sirve”, dolor en la sangre y en la mente. La perfecta imagen del alma en penumbras que se desvanece al ritmo de la tuberculosis, del hambre y la soledad de los condenados al basurero social. La vejez y la pobreza son la negación absoluta del valor de la existencia en este amanecer del nuevo milenio. Al llegar el otoño infinito, todo es gris, casi sin iluminación, como si el universo se apagara. Todo es compacto, sin movimiento, unidad total, eternidad. El ser es materia que penetra la conciencia hasta convertirla en piedra imbécil, sin subjetividad, ilusiones, sueños, poesías, novelas, princesas, unicornios, demonios, vampiros, viajes, diversiones… todo se extingue. El viejo se hace fósil, polvo cósmico, sin valor, un rastro que nunca existió. El viejo es el hombre sin dioses, el verdadero rostro de una humanidad que anuncia falsos discursos religiosos y filosóficos al gusto de los clientes. Ahí, moribundo, sentado en ese banco frío y húmedo se apaga la filosofía antropológica. El viejo se muere como la luz en el horizonte, sin amigos, sin ayer, sin sueños, solitario, pobre, con hambre, sin amigos, eternamente vacío, sin alma. Ni siquiera hay un pintor aficionado que dibuje el rostro de un viejo sin dientes, cara arrugada y mirada triste.

Las personas aparecen y desaparecen como si fuesen los minutos anónimos, sin importancia del tiempo perdido. A veces, el viejo deja de fingir que está leyendo, su mente navega sin rumbo en los supuestos existenciales, en lo que pudo haber hecho y no hizo, en los dioses del ayer lejano. La frustración le carcome las pocas horas que le faltan para dejar sus huesos en cualquier rincón oscuro. El tiempo es un huracán acelerado, la mente del viejo es demasiado lenta y vive del pasado, ya no hay espacio para el presente, ni futuro imaginable. El viejo no tiene suficiente noción de su vida, por eso no llora, nunca se comprometió en lucha alguna, su vida fue respirar de día y de noche bajo la influencia del alcohol barato. ¡Los seres espirituales le abandonaron hace siglos!

Ahora, el viejo juzga a toda la sociedad: “nada vale la pena”, comer, beber, orinar, defecar, emborracharse, perder toda la noción, sucumbir en el océano de imágenes del inconsciente, esperar la muerte, dejar caer los brazos como símbolo del fracaso de la razón y del espíritu, como la negación de la negación que niega la negación hasta que Hegel vuelva del sepulcro para corregir la esencia de ese fantasma al que llamó Conciencia Absoluta. En el fondo, la mente suele utilizarse muy poco, sólo el cerebro para sobrevivir. El viejo vivió como pudo. La plaza queda a pocas cuadras del cementerio. Él mira con desgano algunas cruces muy conocidas, ahí ya duermen los amigos sombríos, los que no están sentados en la plaza, consumiéndose como velas adormecidas. La vejez no deja espacio para la vida, el Ser no tiene sentido. La vejez es el hogar predilecto de la muerte, de la Nada absoluta, con todo el dolor existencial, sin ideas, sin conceptos, sin racionalizaciones. La vejez es el rostro humano del infierno.

Sobre El Autor

Profesor del Departamento de Filosofía, de la Facultad de Ciencias de la Educación, de la Universidad de Carabobo. Licenciado en Educación mención Filosofía (UCAB), Especialista en Educación Superior (UC), Magíster en Desarrollo Curricular (UC), Cursa el doctorado en Ciencias Sociales mención Cultura (UC). Obras publicadas: “Ética, locura y muerte”, “Ética, locura y muerte (segunda parte)”, “Reflexiones elementales en torno a la ética”, “En torno al conocimiento” , “trascendencia”

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