La Francia del siglo XX es uno de esos peculiares epígrafes que conforman la historia política y cultural de lo que actualmente llamamos modernidad. Tras el paso de la Revolución Industrial, y una vez que se superaron las estructuras de gobierno totalitarias, el estado francés por fin podía consolidarse como una nación progresista.

La entrada de convenios como el Tratado de París empezaban a definir el futuro de la nación occidental, sin embargo, la nueva forma de gobierno ya acarreaba con ella ciertas dificultades. En 1905, la Primera Crisis Marroquí provocó el desagrado de los ciudadanos franceses ante Alemania, como consecuencia de la postura germana a favor de la independencia de Marruecos, lo que, a mediano plazo, daría paso a los albores de la Primera Guerra Mundial.

Es justo ese año, en medio de conflictos bélicos y nuevas estructuras imperialistas, que nace uno de los filósofos y pensadores más peculiares del siglo XX. Desde una edad temprana, Jean-Paul Sartre mostró un profundo interés intelectual y político, íntimamente ligado a su entorno y a la ausencia de una figura paterna –su padre murió cuando tenía sólo meses de nacido–, lo cual configuró, tal como lo mencionara el propio autor muchos años después, su necesidad imperiosa de confrontar a la autoridad. Su madre, por el contrario, fue una mujer que dedicó su vida a proteger al que fuera su cría, a costa de cualquier contrariedad.

No es descabellado pensar que, debido a su trato en la infancia, el futuro filósofo mostrara una gran autoestima a pesar del estrabismo que el glaucoma le propició en sus primeros años. Este bienaventurado ego y las clases de gramática que su posterior padrastro le impartiría, son algunas razones posibles de su interés hacia el estudio de la filosofía.

Tal como lo constataron por mucho tiempo sus compañeros en la École Normale Supérieur, su alma mater, la fealdad de Sartre desaparecía una vez que comenzaba a hablar. La seguridad que mostraba a la par de su desperfecto físico y visual era prominente cuando se trataba de entablar conversaciones dentro y fuera de la academia, pero sobre todo en los bares bohemios, donde conoció a su futura compañera de vida, Simone de Beauvoir, la mujer que dejaría una huella imborrable en su obra.

Esta forma peculiar de ser, de mostrarse ante sus contemporáneos, es probablemente lo que delimitó su trayectoria como filósofo y escritor, si bien es mucho más reconocido por lo primero. Y es que sólo basta ajustar el telescopio, acercarse un poco a la totalidad de su pensamiento, para descubrir la riqueza que habita en sus palabras, ese cúmulo de pulsiones e ideas que lo llevaron, de alguna manera, a vivir al límite sus preceptos y a lidiar con situaciones como rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1964.

Hombre de profunda conciencia política y encarnizado existencial, Sartre está aún muy presente en el referente colectivo, así como en el pensamiento político, filosófico y estético de nuestros tiempos, de una manera casi itinerante como lo expresa François Noudelmann: “Sartre está a la vez en todos lados y en ninguna parte, continuamente en los puntos donde transita la modernidad política y estética. El que pasa y acompaña, el que crea, pero sin permanecer nunca en posiciones establecidas, estuvo contra las expectativas y los honores, insaciable traidor por moral y por libertad”.[1]

Denunciado por antihumanista, repudiado por iglesias y partidos políticos, odiado por muchos y alabado por un número equiparable de seguidores, Jean-Paul Sartre volcó el pensamiento del siglo XX hacia el plano de la existencia, ese “estar en el mundo” que se desvanece al calor del mediodía en el repentino y perenne, pero siempre necesario, ocaso del pensamiento.

Fenomenología y existencialismo

Podemos agrupar el pensamiento de Sartre en tres etapas: fenomenológica, existencialista y marxista. Estos periodos responden a distintas facetas en la vida del filósofo y aluden, ineludiblemente, a su obra.

Una vez en la École Normale Supérieur, Sartre empezó a definir el carácter de su pensamiento filosófico. Tras estudiar arduamente a filósofos como Descartes, Kant y Hegel, Jean-Paul descubrió que ninguno se adaptaba a sus necesidades. Es así que se adentró en el pensamiento de Kierkegaard, el cual le había ayudado a delimitar sus teorías filosóficas bajo el término “existencialismo”, a pesar de que el primero en acuñarlo fue Gabriel Marcel.

Kierkegaard pensaba que la base de cualquier auténtica filosofía es el “individuo existente”, de este modo, hacer filosofía no tiene relación alguna con una contemplación parcial del mundo ni con la búsqueda de la verdad, sino más bien con una experiencia fáctica del mismo, es decir, con una filosofía de la existencia.

Este pensamiento es el parteaguas de lo que más adelante se convertiría en el existencialismo de Sartre. Pero Kierkegaard aún dejaba un insustancial sabor de boca al filósofo francés. Un día de vacaciones, el brillante estudiante tuvo una plática con otro de sus compañeros del colegio, Raymond Aron, que cambiaría el curso de las cosas. Sartre manifestó una enorme insatisfacción ante la filosofía contemporánea ya que ninguna –ni si quiera la de Kierkegaard– lograba acercar el pensamiento a la realidad. Es partiendo de esta queja que Aron le habla sobre el filósofo alemán Edmund Husserl, lo que lo impulsa a realizar una fortuita estancia de estudios en Berlín.

Su prominente estudio de Husserl y su llamada fenomenología le permitió abrirse un nuevo panorama ante sus propias teorías y significó, a muy corto plazo, una profunda influencia en su pensamiento. Husserl, a diferencia de Kierkegaard, pretendía hacer de la filosofía una ciencia exacta y para ello sentó la base del pensamiento filosófico en la inmediatez de la realidad, es decir, en tal como ésta se presenta ante nuestra experiencia, realizando un análisis de la “materia prima” y sin previas suposiciones: lidiar directamente con el fenómeno básico o bruto de nuestras propias experiencias. Esta es la fenomenología de la que Sartre se preñó para estructurar su existencialismo. Pero el pensador francés llevó la teoría aún más lejos con la finalidad de desplazar la filosofía a un plano más “real”, es decir, a la vida común.

Para Sartre hay un rotundo predominio de la existencia sobre la esencia; ésta se manifiesta en lo contingente, un concepto que más adelante se volvería la piedra de toque de su teoría filosófica. El hombre no es nada más que contingencia, las cosas enmudecen en el “en sí”; no hay concepción divina ni concepción previa, se está ahí, en el mundo. La libertad es, por tanto, un hecho, no algo de lo que el hombre puede apropiarse o un medio para servirse; ésta se deriva del hecho de existir. Es por ello que el hombre escapa de todo determinismo, es un “estar ahí” que sabe que está, el símbolo más genuino del devenir como conciencia.

“El hombre es primeramente y luego es esto o lo otro”. Tal como afirma el propio Sartre, la existencia es, primordialmente, conciencia de sí. De tal modo, somos un constante “siendo” (el Dasein, en palabras de Heidegger), un para sí pero también para el otro, objeto de observación y despojo del mundo.

Con esto en mente, Sartre se aventura al sinuoso mundo del existencialismo y para ello se sirve de uno de los recursos que mejor le acomodan: la escritura. Pero la pluma no era sólo una forma de expresar el mundo, era su forma de entenderlo y eso es lo que intenta plasmar en sus obras de carácter literario. La narrativa de Sartre es la narrativa del hombre, del filósofo y del ser pensante.

El acto creador

La relación entre el pensamiento de Sartre y su narrativa es entrañable. Sin su concepción de la libertad, de la contingencia y de la conciencia sería imposible imaginar su literatura. No es aventurado decir que el gusto de Sartre por la narrativa nace en su infancia –ya desde pequeño mostró un gran interés por la novela y el cuento–, sin embargo, fue cuando entró al liceo que comenzó a escribir historias caballerescas, las cuales más adelante adoptarían la forma de relatos completos. A los catorce años, el ávido y joven escritor había iniciado una novela breve sobre el caballero alemán Götz von Berlichingen, en la cual relata la vida de un tirano que es condenado a una muerte atroz, pero al mismo tiempo muy ingeniosa: su cabeza es colocada en un reloj que funge como verdugo al pasar de las horas. Este tipo de relatos más tarde definirían el estilo literario del autor.

Como buen amante de las letras, los textos literarios del Sartre existencialista –sobre todo sus novelas de la madurez temprana– son ilustraciones a posteriori de su obra filosófica. Así como se desplazó de la fenomenología al existencialismo, en su obra acaeció una articulación precoz entre la filosofía y la literatura que logró aterrizar sus teorías principales al plano de lo cotidiano, situando a sus personajes en la Francia del siglo XX y frente a los conflictos político-sociales de la esfera burguesa y las clases bajas.

En su faceta literaria, el filósofo francés repensó una y otra vez conceptos como la libertad y la historia, y formuló un replanteamiento de la realidad humana a partir de la conciencia del mundo. A la edad de 33 años, en 1931, Sartre inició el boceto de la novela que más tarde se convertiría en su obra más solicitada.

Primero plasmada como una serie de ideas inconexas, La náusea es escrita por un Sartre ambicioso que anhelaba mostrar al mundo su más reciente hallazgo: el existencialismo. A pesar de lo que muchos hubieran pensado, la novela fue bien recibida por los lectores y la crítica de la época. A menos de 7 años de publicada, ya era considerada un clásico en Francia y con ella se dio a conocer enteramente como escritor. Aquel esbozo más tarde se convertiría en un referente de la novela filosófica, una futura influencia para los novelistas de los años 60 y un texto invaluable para la literatura contemporánea.

La náusea es el trabajo introductorio de Sartre y tal vez su novela mejor lograda. Se trató de una sacudida intelectual, una puesta en escena del hombre del siglo XX ante el mundo. La obra fue publicada en una época obscura y más que una novela alentadora, alertó a las mentes de una necesaria ebullición del pensamiento; fue una invitación a la toma de conciencia y a la responsabilidad de los sucesos de la época, tal como lo menciona Juan Bravo Castillo: “Basta recordar lo que de impactante tuvo La náusea para el lector de una época especialmente gris y amenazada, al alterarlo de la existencia injustificada; nada de fórmulas tranquilizadoras como a muchos les hubiera gustado, sino, antes bien, una invitación repetida a la responsabilidad y, sobre todo, a la lucidez”.[2]

Lo que bien podríamos denominar una novela paródica, se nos presenta como un monólogo en forma de diario en el que Antoine Roquentin, personaje principal, nos relata parte de su patético andar por el mundo. Este peculiar antihéroe que descubre de súbito la existencia, no cambia ni se desarrolla de una manera particular al paso de las páginas, lo que en verdad cambia es su percepción de la realidad, esa conciencia de “estar” de la que tanto hablaba Sartre. Es así, entonces, que la náusea se vuelve una característica intrínseca del personaje y juega un papel crucial en la obra.

La náusea de Roquentin alude a lo vago, a lo indeterminado, porque somos seres contingentes; la realidad, en este sentido, es viscosa y obscena, como ocurre en la metáfora del castaño que se menciona en la novela: la raíz de un castaño pierde su nominación ante los ojos de Roquentin, y al perderla se vuelve un objeto burdo y sin sentido, un ser abstracto moldeado en la pura existencia, como todo lo demás.

La idea de contingencia, de lo indeterminado, hace del mundo un vacío insondable, pero existente; el fantasma de lo absurdo habita en todo lo que existe y Sartre lo borda, paso a paso, con el telar de sus palabras. La náusea, en este contexto, es una novela existencial en el sentido etimológico de la palabra (lat. existere; lo que aparece).

Pero la realidad, para nuestro autor, no es tan horrible como parece, ésta simplemente existe y con La náusea pretende sencillamente develarla, alcanzar la lucidez; ello no implica precisamente una sensación de agrado, ¿a quién le gusta pensar que la vida no tiene sentido? Sartre no pretende hacer una apología del absurdo sino despojarse de los valores caducos para acceder al grado más puro de la existencia, en donde todo es posible. Así, la obra no es otra cosa que la “culminación literaria de la teoría del hombre solo”[3], como lo asevera el propio Sartre. El hombre, inevitablemente, se configura y determina a partir de su existir en el mundo, ese ser ahí, impenetrable pero necesario.

Pese a que en la novela hay tintes políticos sin delimitar y una profunda crítica a la clase burguesa, La náusea permite, a fin de cuentas, replantear los valores y repensar nuestra relación con el mundo. No es gratuito que la obra rompiera con la tradición de la vieja novela francesa; tampoco lo es que Sartre eligiera el discurso narrativo para hablar de sí mismo, un hombre sembrado en el erial de la existencia.

Un año después de publicar La náusea, Jean-Paul Sartre escribe El muro, considerada por muchos un epílogo de la misma, como consecuencia del impacto que tuvo ante la guerra. Se trata de un relato centrado en el tema de la muerte que da título a otra compilación de historias: La cámara, Eróstrato, Intimidad y La infancia de un jefe. A tan sólo diez meses de la publicación de La náusea, Sartre ya estaba preparando el terreno para su futura obra filosófica con una serie de relatos que giran también en torno a la locura, el deseo, el absurdo, la sexualidad y el antisemitismo.

En El muro, Sartre pone en cuestión la crisis política y cultural que le arropaba, tal como en su obra anterior, pero esta vez de manera mucho más asertiva. El texto muestra una fuerte referencia a la crítica y al incesante interés del autor por la historia y la política. Pero el meollo de todo gira en torno a algo mucho más crucial; mientras que en La náusea Sartre trata de develar qué es la existencia, en El muro propone que rehuir de ella es también una manera de existir. Revelarse contra la existencia implica politizar nuestros actos, confrontar al mundo tras haberlo contemplado. Éste es el eje central que conecta cada relato a lo largo del texto.

La metáfora del muro es el valor inquebrantable. Los muros que no podemos romper son siempre el de la existencia y el deseo (muro filosófico y moral); pero “la existencia es algo lleno de lo que el hombre no puede desertar”. El muro es ese concreto en que la conciencia encuentra su imposibilidad, es por esta razón que cada uno de los personajes en los cinco relatos se confronta con situaciones limitantes o aparentemente inalterables.

El muro separa la existencia de lo que realmente podría ser, representa todo aquello que alude a un obstáculo: el muro material en la historia de Pablo, el muro simbólico de la locura de Pierre, el muro de niebla de Luciano Fleurier. Cada uno de los relatos sugiere la idea de un muro impenetrable, inabarcable y, algunas veces, fortuito; un muro que “hace que la existencia sea vivida como una petrificación contra la que la conciencia lucha con falsos pretextos”.[4]

Además de consolidar el existencialismo de Sartre, El muro abre paso a su siguiente texto filosófico, El ser y la nada, y a su posterior trabajo literario, Los caminos de la libertad, donde termina de consolidarse como novelista. De igual manera que La náusea, El muro marcó una pauta hacia la nueva literatura francesa: la búsqueda de enlazar la técnica narrativa con una moral y una metafísica. Muy a pesar de estar considerada en segundo término en relación a La náusea, esta segunda obra es, sin duda, un bosquejo de existencialismo tardío con un hálito de esperanza, en medio de la tormenta social que lo cobijó desde la edad más temprana.

Ambas obras son, indudablemente, un factor determinante en la vida y obra del autor; dos vestigios de su perpetua genialidad y de su espíritu libre. Situaciones como su acercamiento a la guerra, su relación abierta con Simone de Beauvoir, su estrabismo y su impasible deseo de confrontación con el mundo, son testimonio de que ese pequeño y solitario, elocuente y desmesurado ser, vivía de acuerdo a sus preceptos filosóficos: Sartre vivió y murió como existencialista.

[1] Noudelmann, Francois. Sartre. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, p. 11

[2] Bravo Castillo, Juan. Jean-Paul Sartre. LU autores, pp. 104-105

[3] Situaciones X. Autorretrato a los setenta años

[4] Bravo Castillo, Juan. Jean-Paul Sartre. LU autores, pp. 118

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