Lo más profundo que hay en el hombre es la piel.

Paul Valéry

Köninsgberg significa “el monte del rey”, sí, como nuestro Monterrey en México. Sabemos perfectamente que Emmanuel Kant nació, vivió y murió sin salir de ese lugar. Actualmente ese nombre prusiano ya no existe, ahora se transformó en Kaliningrado y ese territorio pertenece a Rusia.

Seguramente no será de gran interés saber el nombre de la ciudad donde nació un pensador que hizo dar un “giro copernicano” a la epistemología, pero que a la dejó intacto a un dios que se manifiesta, según la razón práctica, en los actos. Es cierto que Emmanuel (dios con él) expulsó a la divinidad del templo de la razón, pero  la enclaustró en los actos, lo cual lo hace dejar su “giro copernicano” únicamente en el ámbito epistemológico, sin efectos aparentes en el cuerpo actuante.

Deber hacer, autonomía, razón práctica, todos conceptos kantianos que buscan encarnar en los actos a la divinidad. Pero, si se actúa no conforme al deber, sino al placer y al propio interés, ¿qué pasa? Si los actos y la razón práctica se difuminan y se llega a la locura, ¿qué pasa con la racionalidad y el buen hacer?

Estatua de Emanuel Kant en Köningsberg

Estatua de Emanuel Kant en Köningsberg

Aquí llegamos al siguiente Königsberg. Heywood Allen Stewart Königsberg, mejor conocido como Woody Allen. El cineasta lleva algo de kantiano en su nombre, sólo ahí al parecer. Muchos de los personajes de sus películas como el guitarrista Emmet Ray en Sweet and lowdown quien enloquece ante su ídolo o Jasmine en su más reciente trabajo, esta última pierde el sentido del buen hacer y de la moral.

Allen y Kant se contraponen, el primero da rienda suelta al cuerpo, el segundo, a la razón. El cineasta es un habitante de las profundidades pasionales del cuerpo, Kant, en cambio, mora en los cielos, en la cabeza, en la racionalidad. Sin embargo, no todo Kant es incorpóreo, ni todo Allen es corporal. El filósofo alemán encuentra la superficie, la piel, en la sinapsis neuronal, pues sin ellas no hay razón de ningún tipo, ni pura ni práctica, por tanto, el cuerpo es necesario y es condición de posibilidad de cualquier intuición pura, es decir, sin cuerpo no hay espacio-tiempo.

Por su parte, Woody Allen necesita de las intuiciones de la razón pura y de un imperativo categórico de autonomía para crear un guión, y necesita de las categorías y las intuiciones espacio-tiempo para poder configurar en la pantalla imágenes móviles con la corporalidad de la luz en una pantalla. Sin un buen hacer y sin intuiciones, no hay cine, por tanto, quien habla del cuerpo con imágenes necesita de la razón para hacerlo.

Aquí vemos los polos que en apariencia son opuestos pero se complementan, Apolo/Dionisos, las fuerzas activas/reactivas que se manifiestan en la piel, en el punto más sensible del cuerpo, en el receptáculo de las sensaciones. Ni Allen ni Kant excluyen la piel; ambos son caras de una misma moneda.

Entonces, Köninsgberg pasó de ser el nombre de una ciudad a ser sinónimo de piel.

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