Una anécdota, acompañada de unas reflexiones, sobre el espiritismo.

Ocurrió un día, después de una abundantísima comida. Una amiga filósofa, conocedora del ocultismo, la astrología y los contactos espirituales, me había invitado a comer en una de esas cantinas tradicionales de Mixcoac, a la que asisten sólo habituales a sentarse frente a sus sólidas mesas de dominó. La atmósfera del lugar era propicia. Conservaba, entre derruida y viva, aquella sensación de estar entrando en una dimensión distinta en la que el tiempo pasa con mucho menos prisa, y donde se preserva lo que en otros lados hace mucho se ha ido.

La elección la hizo ella, y no creo que haya sido fortuita. Me tenía preparadas diversas revelaciones y aquel era, sin duda, el mejor lugar para hacerlas. A fin de cuentas, algunas ideas, como algunas verdades, necesitan de un cierto entorno para ganar fuerza. Pero como la filosofía ha prestado, siempre, poca atención a los decorados, casi no se habla de ellos.

Comimos y charlamos de la vida como viejos amigos, durante largo rato. Ella era fácil para las confidencias, como ocurre con todos los que tienen contacto con lo oculto, y poseía una virtuosa magia para las anécdotas en las que combinaba, con destreza inaudita, el chisme académico con los azares de la vida personal. Al final, con el café y los postres, me dijo muy sería que había hecho mi horóscopo. No era la primera vez que me ocurría algo así. Los que nos ocupamos de estudiar cosas como la magia renacentista nos encontramos, de vez en vez, con quienes aún la cultivan en el presente. Además, en lo personal, tomo la lectura espontánea del horóscopo como un regalo inestimable. Así que, sintiéndome premiado, guardé silencio y escuché lo que tenía que decirme.

A diferencia de otras interpretaciones que han hecho de mi carta astral, ella no se limitó sólo a describir mi personalidad, las cualidades que definían mi carácter y cuáles podrían ser mis mayores debilidades o virtudes. Tomó el papel de adivina, describió hechos de mi presente y de mi pasado. Habló de problemas y ventajas con los que me rodeaban. Anticipó algunas cosas futuras. Confieso que llegó a intimidarme un poco. Me sentí, sin saber muy bien por qué, completamente expuesto. Pero lo que más recuerdo de esa larga conversación, es que de pronto me dijo: “tu tienes un espíritu protector, no alcanzo a ver quién es, pero es alguien que ya ha muerto, es viejo y sabio.” No acabó de decirlo cuando ya pensaba en mi abuelo. Si alguien era mi espíritu protector, ese tendría que ser mi abuelo Vicente.

Regresé a casa con el desasosiego característico de esos días: con cosas que pensar sobre mí. Pero además de éste, volví con una suerte de mareo espiritual, producto de pensar, con cierta profundidad, en la cuestión del espíritu protector. Nunca había prestado especial atención al espiritismo. Fuera de algunas aventuras infantiles con la qüija  y la convicción adolescente de haber visto aparecer el fantasma de mi abuelo en el corredor del departamento donde vivíamos, no tuve ningún otro contacto sobre el tema, hasta esa tarde. El descubrir que mi amiga, una profesional de la reflexión y la discusión intelectual, me podía hablar, sin dudar un momento, de la existencia de otros planos espirituales y de seres que nos protegen y nos guían, me colocó en la posición de querer entender algo. A fin de cuentas, más que revelar cosas sobre mí, mi amiga me había hecho, en aquella intimidad cantinera, una confidencia sobre ella que me confrontó, de una manera ineludible, con cómo iba a juzgarla, pues ¿cómo se juzga a aquellos que dicen tener contacto con lo oculto? Pero ante todo y sobre todo, ¿por qué creer –como escribe Emilio Carrere– que quienes afirman sus relaciones con lo invisible son unos embaucadores o unos dementes?

Yo no sé que tan fácil es darse cuenta de la importancia, no sólo moral sino epistemológica, de estas preguntas. La forma en que juzgamos a quienes se vinculan con lo oculto, no sólo tiene que ver la consideración que le demos a una persona cercana, sino también con la forma como podemos acceder y conocer prácticas, movimientos y edades históricas enteras, por ejemplo, la astrología, la magia renacentista, el espiritismo, la teosofía, y un largo etcétera.

El primer paso, antes incluso de tratar de formarnos un juicio sobre los practicantes de esoterismo, es notar que nuestra mirada –la mirada del occidente contemporáneo– sobre aquellos que apelan a la existencia de fuerzas y seres invisibles, está dominada por el prejuicio racionalista de que toda práctica humana ha de estar sustentada únicamente en una verdad empírica y llevarse a cabo de acuerdo con un principio de racionalidad.

La fórmula atribuye una superioridad a las creencias sobre las prácticas –subordinadas siempre a las primeras–, y exige evidencias de lo que se cree, antes de lo que se hace.  De esta forma, la experiencia del medium, por ejemplo, queda descalificada sin importar que haya tenido lugar como una experiencia subjetiva y comunitaria.

Este prejuicio es el que no nos permite comprender (más bien excluye y descalifica) el caso de los espiritistas como mi amiga (a la que sería difícil considerar embaucadora o demente), o el de todos aquellos que en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, mantenían contacto y conversaciones con los muertos, y de hecho, una muy intensa relación con ellos, conocidos o desconocidos. Hablamos de un hecho cotidiano y práctico que dirigía parte de sus actividades diarias y que influía de manera profunda en sus formas de organización y de conducta, al igual que en la de sus críticos más acérrimos, que ordenaban su vida y sus acciones, precisamente en la dimensión contraria a la de sus rivales. De verdad, ¿hemos de creer que todos ellos estaban locos o que eran víctimas de un enorme engaño?

La respuesta es que no, si nos atenemos a la realidad de sus prácticas, antes que a la veracidad de sus creencias. En la  medida en que aceptamos esto, el hecho mismo de la práctica espiritista, su ocurrencia sistemática y regular, sin prejuzgar sobre la validez de sus creencias, tenemos la posibilidad de comprender mejor la forma en que a su interior se ha ido construyendo un entramado en el cual, prácticas y creencias, son verdaderas. Pero no en el sentido de tener que ser necesariamente compartidas, sino comprendidas precisamente como resultado del cultivo de una actividad. La conversación con los difuntos es, a un tiempo, un hecho y una verdad, para quien en la práctica espiritista lo alcanza. Y este debe ser nuestro punto de partida, aún cuando no podamos entender plenamente cómo es vivir una vida en constante contacto con los espíritus.

Si asumimos, pues, que ese dialogo existe, podemos entonces preguntar cuál es su naturaleza, de qué se habla cuando se habla con los muertos, que cosas nos cuentan y nos dicen, cuál es el sentido último de esa comunicación.

Si uno se guía por las comunicaciones espiritistas –y falta mucho por leer y estudiar a cerca de ellas– el diálogo con los espíritus permite recibir noticias de quienes han muerto y conocer algo sobre el estado del alma después de la muerte. Pero su objetivo principal es otro: la orientación moral. Los vivos buscan a los muertos, para que los enseñen a vivir. Ese era el sentido de casi todas las comunicaciones que el espíritu de Raúl tenía con a su hermano Francisco I. Madero, que antes de ser revolucionario y presidente de México, era médium. Y ese es, en general, el tipo de información que los que se han ido, dan a los que se quedan. Porque si hay algo curioso en el espiritismo es la centralidad de la vida y la relevancia de los muertos para los vivos, como guías de un camino que siempre permanece desconocido, aunque lo pensemos previsible. En la medida en que prestemos menos atención a quien emite esos mensajes, podremos comprender mejor el discurso moral del espiritismo y su impacto en la formación de la conciencia contemporánea.

Agreguemos solamente que, como actividad colectiva, pues los espíritus se convocan únicamente frente a un grupo, el espiritismo toma rasgos de una práctica de sí. Lejos de ser una serie de enunciados sobre la existencia después de la muerte, la naturaleza de las fuerzas eléctricas y magnéticas, la formación de distintos planos de realidad, etcétera, es una  medio de formación personal, un indudable ejercicio de sí.

Algo de estas prácticas trata de preservar mi amiga. Y no sólo ella. Pero el lugar que hoy ocupan esas prácticas es diferente al que ocupaban antes, y eso obliga a entenderlas de distinto modo, con los matices que trae consigo la historia. En tanto, el estudio de la práctica espiritista, apenas comienza.

Sobre El Autor

Filósofo, profesor, humanista, editor digital y divulgador mexicano. Actualmente secretario académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, vicepresidente de la Red de Humanistas Digitales y fundador del Club Wikipedia en dicha facultad. Autor de los libros: De espíritus y fantasmas, El libro del placer y Magia y Hermetismo.

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