Resumen:

Resulta muy difícil, tal vez imposible, hablar sobre la muerte si es concebida como trascendente. Pero, ¿en qué modos influye la muerte en la vida?, ¿qué actividades dedicamos al pensamiento sobre la muerte propia?, ¿qué momentos despiertan la reflexión sobre la muerte?, ¿qué cosa puede arrebatarnos la angustia por este tipo de pensamiento?, ¿cómo prepararse para morir? Si quieres profundizar al respecto, permanece en la lectura, en donde encontrarás un análisis de grandes filósofos como Platón, Schelling, Schopenhauer, Levinas y otros.

“La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad;
quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre.
Michel de Montaigne

No hay nada tan evidente ni nada que nos pueda resultar tan misterioso e incomprensible como el hecho de saber que nos dirigimos hacia la muerte, pues es la única experiencia que se nos mantiene velada. Por más que intentemos aproximarnos a ella por analogías y suposiciones, esta experiencia es un secreto que sólo le pertenece al muerto. El que ha muerto no puede ya decirnos nada al respecto. Por el contrario, el que está a punto de morir conserva la palabra justo porque el acontecimiento de la muerte aún no se ha presentado en él. A los vivos la muerte se nos entrega de otra forma: o sólo vemos las señales que ha dejado tras de sí, es decir, sus efectos, o contemplamos la inminencia de su proximidad hasta el último instante que precede al acontecimiento mortal.

El testimonio más inmediato que nos entrega el acontecimiento de la muerte es el cuerpo convertido en cadáver. Lo que antes era cuerpo, vida realizada, vida encarnada, al morir se transforma en cadáver no sólo porque el organismo ha cesado en sus funciones biológicas, sino también porque ya no puede respondernos más. “La muerte es descomposición; es la no respuesta.” [1] El cuerpo, afectado de infinitas formas, infinitamente expresivo con sólo un gesto, con una sola mirada, con un solo movimiento, al ser atravesado por la muerte, se transforma abruptamente en cadáver inexpresivo de por sí. El cadáver es la corteza de la vida desnuda de interioridad, completa exhibición de nada y ausencia perpetua de aquél que alguna vez existió.

El que contempla el cadáver sufre tanto la ausencia del que ha muerto como el anuncio inminente de su muerte próxima. Quizás por ello la contemplación del cadáver sea la experiencia más palmaria, si no la única, en donde los contempladores del efecto que la muerte ha dejado tras de sí se estremecen a tal grado que surge entre ellos el reconocimiento recíproco de lo humano junto con el vínculo más auténtico de solidaridad. Ante la presencia de la muerte los presentes se reconocen en iguales condiciones.

El enigma de la muerte no ha dejado nunca de asombrarnos. Por más aspiraciones que tengamos de procurar hacer comprensible lo incomprensible de ella, por más esfuerzos que hagamos por dotarla de sentido y darle significación, su comprensión no aminora ni libera de la angustia que cada quien siente ante el futuro ineludible de su propia muerte. Comprendemos sólo lo más evidente de la muerte y a partir de esa evidencia nos formamos un concepto general: la muerte como acontecimiento universal y necesario que acompaña al proceso de la vida sobreviene a todo ser viviente. En su concepto general, la muerte es cesación de la existenciaPero esta aproximación general a la muerte no mitiga el abatimiento que yo pueda sentir por mi propia muerte. En esa concepción tan general no obtengo aliento suficiente para la aceptación de mi propia muerte.

Sabemos que desde su nacimiento el hombre ha sido signado por la muerte. La concesión de la vida incluye esta concesión. Pero aunque ella sea condición de posibilidad de la vida misma, y de igual forma, la condición de posibilidad de la muerte sea la vida misma, el hombre no sabe morir, aprende a morir. ¡Y ese aprendizaje dura nada más y nada menos que lo que dura su propia vida! Montaigne, Cicerón y San Agustín, entre muchísimos otros, ya lo habían dicho: la vida no es más que una preparación para la muerte. La filosofía y la religión también preparan al hombre para este hecho. Pero el camino de esa preparación exige como condición de su cumplimento renunciar a una sobrevaloración del yo, e incluso al mismísimo yo. No se puede aceptar la muerte si no se cumple primero con la condición de la renuncia al yo. ¿No es desgarrador, sin embargo, que para aceptar mi muerte -la aniquilación total de mi existencia- tenga que aprender ya desde el transcurso de mi vida a renunciar a mi yo por el que afirmo y reconozco la singularidad de mi vida? ¿Por qué esta exigencia? ¿Es legítima? ¿Esa exigencia no menosprecia la vida en favor de la muerte? ¿Es esta exigencia mera fabricación del pensamiento o es una real condición que impone la muerte?

En su breve texto sobre la muerte, Schopenhauer reduce el recogimiento del individuo que se angustia por su muerte propia a un hecho insignificante. Al principio metafísico de la creación, a la Naturaleza omnipotente y despiadada, “nada le importan la vida o muerte del individuo”. [2] El individuo le es indiferente a una Naturaleza que, como Voluntad ciega que se objetiva en sus criaturas, asegura la continuidad de su objetivación en la preservación de la existencia de las especies. Es verdad que el hombre ocupa el último sitio en la evolución de la creación, pero no es menos cierto que fue creado por equivocación: un error en la creación que nunca debió de existir. Desde la perspectiva de Schopenhauer, la muerte propia no sólo es indiferente para la continuación de la existencia, sino también es la necesidad que la propia Naturaleza reclama para enmendar el error de su creación. Y por eso, continúa Schopenhauer, “la individualidad de la mayoría de los hombres es tan miserable y tan insignificante, que nada pierden con la muerte…”. [3] Pero la angustia por mi muerte no se mitiga con saber que a la Naturaleza le es indiferente este hecho, ni con saber que a mi muerte aquello que yo fui retorna al origen que sostiene la creación. A mí me es indiferente que la aniquilación de mi existencia retorne al ser o se hunda en la Nada, yo me angustio por la total aniquilación de mi existencia. Comprendo que mi muerte sólo me concierne a mí y a nada ni a nadie más que a mí, pero no puedo evitar el sentimiento de la angustia de que con mi muerte se me niega la posibilidad de seguir habitando en el mundo para

Reconocer la muerte como un acontecimiento necesario, como el corte temporal de la existencia, no basta para aceptar mi muerte. Pero esta falta de aceptación tampoco puede serme compensada con una comprensión más profunda sobre la muerte. Este rechazo que refleja mi angustia no proviene de un defecto de saber. Me angustio por mi muerte no porque en ella mi ser se hunda en la nada, sino por la limitación que la aniquilación de mi existencia como nada significa para mí.

Ninguna elucubración filosófica puede calmar la angustia por la muerte propia porque esta angustia no es por saber de la muerte, sino por ser para la muerte. En esta angustia cada hombre intuye que toda su existencia está atravesada por un conflicto esencial: el hombre tiende a la perfección absoluta de su ser afirmándose por su libertad, pero la posibilidad del cumplimiento de su perfecta realización está irremisiblemente condenada al fracaso por su condición de mortal. En su relación con la libertad, la angustia por la muerte propia no es angustia de urgencia por saber en qué consiste la muerte propia, sino en el por qué de la muerte propia, pues si la propia realización está dirigida al fracaso absoluto por la muerte, entonces la libertad del hombre parece ser sólo un ardid de aquel genio maligno que lleva a Descartes a dudar de la existencia del mundo.

La angustia de mi muerte me lleva a preguntar por mi libertad. Quizás el peso de la carga de tener que hacerme responsable de mi libertad desmienta esa posibilidad a la que aspiro de alcanzar una perfecta realización. Ser un hombre libre significa estar infinitamente abierto para. Por lo tanto, mi libertad me impide, por más que me esfuerce, delinear una completa realización de mi ser. Si no fuera por mi muerte, yo sería un ser eternamente insatisfecho. La cuestión es que, a nuestros ojos, la muerte casi siempre se equivoca: llega cuando no debe llegar, por lo que pocas veces es bien recibida. Además, no sólo es inoportuna, sino que desbarata y disuelve la obra que con tanto afán habíamos construido: nuestra vida propia.

La situación del hombre libre es igual de ambigua que la condición de la muerte. Así como el hombre es libre sólo potencialmente, del mismo modo tiene que aprender a morir. La vida del hombre está dirigida a la realización de su libertad y a la preparación para su muerte -una finalidad de la vida que raya en el absurdo-. Pero el asunto se complica aún más porque el privilegio de su libertad pone al hombre en la condición de un ser abandonado a su suerte. El hombre se realiza como ser libre por medio de sus actos libres, pero al estar abandonado no tiene orientación alguna que le indique estar transitando por la dirección correcta. De todas formas, esa constitución humana, la cual consiste en afirmar la voluntad particular, niega al hombre, por su misma condición natural, la posibilidad de realizar un fin que sea superior a su propia voluntad. Que el hombre no puede renunciar a su voluntad particular se ha hecho evidente en los dos últimos siglos de la historia de la humanidad.

Para Schelling, el hombre, incapaz de renunciar a su propia voluntad, es la criatura más peligrosa que ha surgido en la creación. “De ahí la universal necesidad del pecado y de la muerte como verdadera extinción de la particularidad por la que toda voluntad humana tiene que pasar como a través de un fuego, a fin de ser purificada.” [4]Anulada la posibilidad de un fin universal que pueda realizar el hombre, no nos queda otra salida que decir algo sobre la muerte propia renunciando a la exigencia que la filosofía ha impuesto para aprender a morir.

Nosotros no podemos saber nada de la muerte, pero aunque este acontecimiento interrumpa nuestra vida de manera abrupta, hay una etapa de la vida humana -para aquellos que tienen la fortuna de vivirla-, en que la angustia por la muerte se hace más soportable: en la vejez el hombre sufre la cercanía de la muerte. El proceso del envejecimiento nos enseña a aceptar el fracaso absoluto que es la muerte para nosotros.

El cuerpo es el órgano-obstáculo [5] de la libertad del hombre. Es el órgano por el que el hombre realiza su libertad, pero es el obstáculo que le impide llegar hasta su total realización. Por medio de su cuerpo el hombre entiende-sintiendo que aspira a la perfección de su ser, pero que sólo es lo que puede llegar a ser. Si la duración de su existencia está signada por la muerte, el hombre siente el saber de su destino en las señales que su cuerpo le ofrece. Es su cuerpo el que le notifica el pasar del tiempo y la cercanía de la muerte. Pero el hombre raras veces fija la atención en esas señales por las que se le revela la proximidad de la muerte. En el proceso del envejecimiento el hombre siente la angustia de la cercanía de la muerte.

El clímax del conflicto que constituye al hombre se localiza en el instante en cual el cuerpo inicia su retroceso hacia la muerte. Ese instante que escapa al tiempo vulgar conserva en la memoria del hombre su lugar especial: sólo un instante separa el apogeo de la fortaleza del cuerpo del inicio de su decadencia. En la enfermedad o en algún suceso en donde el cuerpo corra peligro surge ese instante que dura una eternidad, el pensamiento de la muerte acapara toda nuestra atención. En el caso del envejecimiento, ese instante se produce cuando por primera vez el hombre se percata de que ha comenzado a envejecer. Ocurre que un día el hombre se mira en el espejo y nota un rostro cansado, de pronto nota cierta torpeza en las acciones que antes realizaba el cuerpo sin la menor complicación. Quizás no sea por una acción directamente relacionada con él, sino con los otros -casi siempre el hombre suele darse cuenta de cuánto ha envejecido al mirar a los niños-, como ese instante llega a producirse. Cuando la fuerza vital de su cuerpo comienza a ceder la victoria a su fuerza antagónica, la de la aniquilación, y ya no soporta con la misma fuerza el ímpetu de la libertad; cuando hay un desajuste entre la intensa necesidad que el hombre siente de afirmar su voluntad particular y la fuerza física de que dispone para realizarla; en ese momento, el hombre ha envejecido. A partir de ese instante crucial se reproducen otros instantes en donde el hombre comienza a sentir la angustia de su futuro inminente.

En la muerte el hombre llega a su fin sin final: el fracaso absoluto de su realización. Pero, en su cercanía con la muerte, el viejo significa su vida desde el pensamiento de su propia muerte. El viejo está colmado de un sin fin de experiencias: las que le quedan por vivir son pocas en relación con las que ya ha vivido. Debido al cansancio de su cuerpo, la voluntad de afirmarse es disminuida y el anciano concede más valor a la memoria de lo pasado que a lo que pueda acontecer en el futuro. La juventud y la infancia se distinguen de la vejez por la capacidad de asombro que hay en ellas, en cambio, la vejez se alimenta de los recuerdos de su pasado para enfrentar su futuro. Lo único que puede despertar su ya desfallecida capacidad de asombro es la tan esperada experiencia de la muerte. Las demás experiencias que pueda tener son bien recibidas, pero el anciano sabe, son las últimas.

El viejo que sabe de su final, quiere su final sólo cuando la memoria de su pasado le es suficiente o cuando el sufrimiento por su cuerpo le es insoportable. El acontecimiento de la muerte viene a ser para él el cierre esperado con el que se concluye su obra. En cambio, el que está en proceso de envejecer se angustia al mirarse en el espejo y ver que su cuerpo está cediendo lugar a la muerte: al ver su rostro arrugado, su cabello encanecido, y al sentir su cuerpo cansado, el que está envejeciendo recrea su pasado y sopesa la posibilidad de seguir haciéndose en su futuro ante el futuro inminente. La cercanía de la muerte impone al que envejece la exigencia del aprovechamiento de su tiempo. La cercanía de la muerte que hace pensar en la vida, significa la vida de aquél que envejece. La significación de esta vida no se extiende, sin embargo, hasta después de la muerte de la vida propia. La muerte significa la existencia particular de cada hombre hasta el instante de su propia muerte.

Significar la vida a partir de la muerte es donar, entre los extremos del sin-sentido, no uno sino multiplicidad de sentidos. Pero la condición para la fundación del sentido es sentir la cercanía de la muerte. Por eso una auténtica reflexión sobre la muerte es para Janjélévitch una especie de intuición de la propia muerte [6] que pocas veces en la vida se nos regala. Nosotros no decidimos pensar la muerte, es la muerte la que, presintiéndola y sufriéndola en los casos límite que ponen en peligro nuestro cuerpo, nos obliga a pensar nuestra vida.

Bibliografía

  • Jankélévitch, Vladimir. La muerte. Valencia, Pre-Textos, 2002.
  • Levinas, Emmanuel. Dios, la muerte y el tiempo. Madrid, Cátedra, 2004.
  • Schelling F. W. J. Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados. Barcelona. Anthropos, 2004.
  • Platón. Diálogos. Madrid, Gredos, 1982.
  • Schopenhauer, Arthur. Metafísica del amor. Metafísica de la muerte. Barcelona, Folio, 2004.
[1] Levinas, Emmanuel. Dios, la muerte y el tiempo. p. 22 Schopenhauer, Arthur. Metafísica de la muerte. p. 59 Ibí­dem. p. 55 Schelling, F. W. J. Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados. p. 221 Jankélévitch, Vladimir. La muerte. pp. 99-108

Sobre El Autor

Lic. en Filosofía por el Claustro de Sor Juana y maestra en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es especialista en Schelling y Hegel; entre sus temas de interés se encuentran: la muerte y la libertad.

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