Licenciado en Ciencias de la Comunicación, Sebastián Laguna (seudónimo de Daniel Enrique Silva Suárez) nació en Ecatepec de Morelos, Estado de México. Fue ganador en 2012 del Premio James McGuire al Emprendimiento (Laureate Universities), Sebastián fue seleccionado a nivel internacional en 2014 para ser publicado en dos antologías: 1er, Concurso de Relatos cortos de Ciencia Ficción, fue finalista nacional del Concurso de Cuento “Escucharte Aún Más” 2013 por la Asociación Phonak y finalista nacional del 21° Concurso “Carta a mis Padres” 2013 por el Instituto Mexicano de la Juventud.

 

PRIMERA PARTE[1]

CAPÍTULO 1

Me había levantado una hora más tarde de lo habitual, eran las nueve de la mañana.

Se hacía tarde para llegar al ensayo con la banda de música de la Universidad, en la cual estudiaba Periodismo.

Llevaba mi increíble violín tres cuartos, con infinidad de aditamentos como el arco, la resina e incluso una funda de terciopelo azul para cubrir el hermoso instrumento. Desde pequeño siempre me gustó la música. Me quedaba horas escuchando a Vivaldi o a Mozart en la sala de mi casa, mientras los demás niños gritaban y corrían por la calle. Yo los miraba desde la ventana con las manos cruzadas por detrás y como fondo musical, “Invierno”.

Mis padres se preocupaban porque no parecía de mi edad, era más “maduro” pero muchas veces sombrío y solitario. La música se convirtió en mi mundo entero; cuando escuchaba cualquier patrón musical, de inmediato lo imitaba agitando los dedos y creaba un compás subiendo y bajando las rodillas.

—Cariño, ¿no crees que Sebastián pasa mucho tiempo escuchando música? No sale a jugar con los demás niños, está siempre solo.

—Calmada mujer —decía mi padre siempre tranquilo—, el niño es bueno y eso es lo importante.

Mi nube de recuerdos se esfumó de pronto. Sólo faltaban cinco minutos para que se me prohibiera la entrada al ensayo; aunque de antemano ya estaba consciente de que eso no pasaría, ya que desde que entré a la Universidad, hacía seis meses, nunca había llegado tarde y por eso era elogiado. No me gustaba llegar tarde a ningún lugar, odiaba profundamente que me dejaran esperando y por lo mismo, procuraba no repetir el mismo error. Como dice el dicho: “no hagas lo que no quieres que te hagan”.

Por fin entré; como era de esperarse, todo mundo estaba disperso en la sala de conciertos y por supuesto, nuestro sui géneris instructor no estaba. La sala de conciertos era un lugar enorme, con 1500 butacas perfectamente acomodadas; o al menos era lo que nos hacía pensar la Rectoría de la Universidad. El escenario, muy imponente y amplio, estaba hecho de madera de caoba que brillaba por la luz de los reflectores que se encontraban en las alturas. El telón, de un particular color negro hecho de satín, lograba contrastar más con el lugar. Todos los instrumentos musicales de la banda estaban resguardados justo detrás del  escenario.

—¡Gracias a Dios que llegas Sebastián!, pensamos que no vendrías —me dijo una voz desde el fondo del escenario.

Ahí estaban todos mis amigos. Cada uno tenía asignado un instrumento. No éramos una banda típica, ya que no nos enfocábamos en un género musical específico, y por eso teníamos tanta variedad.

Hugo tocaba la batería; lo conocí al entrar a la banda de música. Llevaba ropa del estilo gótico: una gabardina oscura de terciopelo, maquillaje blanco en todo el rostro y su cabello negro, el más brillante que jamás había visto. Era muy gracioso, le gustaba hacer reír a todos a costa de ridiculizarse sin vergüenza alguna.

En la guitarra estaba una de mis grandes amigas, Luz, que también tenía un buen papel como vocalista del grupo. Su piel era apiñonada, cabello castaño lacio; usaba vestidos hasta la rodilla casi todos los días. Era una soñadora inalcanzable, tal vez mucho más apasionada por el arte que yo.

Y por último Eric, mi entrañable y mejor amigo que tocaba el bajo eléctrico. Él se parecía mucho a mí y por eso escuchábamos afirmaciones de que éramos hermanos, usábamos lentes cuadrados, cabello cortado bien peinado hacia la izquierda y los zapatos, siempre impecables.

—Suerte para ti Sebastián, el profesor no ha llegado, ya sabes cómo se pone con todo esto de la puntualidad —las palabras de Hugo eran ciertas, nuestro profesor jamás llegaba tarde.

—Pero no hay problema, yo jamás llego tarde —contesté con aires de grandeza.

Como respuesta, hubo silbidos y alaridos. Mis amigos no me trataban mal, pero casi siempre me convertía en motivo de burla por mis excelentes modales, rectitud y sobre todo, buenas calificaciones. Sin embargo, sabía que era su forma de integrarme al grupo, sabía que me querían y apreciaban. Seguimos esperando pues el profesor no llegaba.

—¿Cómo van tus clases Luz?

—Muy bien Sebas, gracias. No estaba tan segura de comenzar a estudiar todo esto de Sistemas Computacionales, pero creo que seré una excelente ingeniera así que cuida tu contraseña del correo electrónico —me guiñó el ojo.

Todos se rieron ante la amenaza de mi amiga.

—Pues ya soy todo un experto en el ramo automotriz —interfirió Hugo—, realmente será muy fácil terminar la ingeniería.

—Eso es cierto, señálale cualquier automóvil que pase por la calle y te dirá el modelo, marca, tamaño de motor —dijo riéndose Eric—. En mi caso, la Química es simplemente espectacular, ya verán como en algunos años obtendré un Nobel y apareceré en la Wikipedia.

Todos seguíamos riendo. Me reí al observar que a pesar de considerarnos “adultos” por estar estudiando en la Universidad, no perdíamos esos toques de inocencia necesarios para una sana convivencia. Finalmente, todos teníamos sueños profesionales muy diferentes pero nos tomábamos el tiempo para conocer e interesarnos por los demás. Ahí es donde estaba la clave de nuestra amistad.

De pronto Luz interrumpió.

—Y tú Sebastián, ¿cómo vas en la carrera?

—Bien, muy bien gracias —mi forma de responder fue automática, no estaba tan seguro de que estuviera tan bien como decía—. La carrera de Periodismo es excelente, como todos saben, quiero ser locutor de programas de radio pero apenas estoy empezando, ni siquiera sé cómo prender un micrófono –todos entendieron mi chiste y compartieron carcajadas.

Cuando estudiaba en la preparatoria, había sufrido un gran dilema: debía decidir qué estudiar. La primera opción era, obviamente, estudiar Música, sin embargo, escribir, contar historias y hablar ante un micrófono también se habían convertido en una pasión que no podía ignorar. Tras muchos meses de buscar consejo, hablar con gente preparada y sí, también por influencia de mis padres, decidí estudiar Periodismo. Deseaba ser un locutor o un reportero, y también, tener otra vida, dejar que la música me acompañara sin ser necesariamente una profesión.

La espera de casi una hora y media terminó cuando nuestro instructor, el doctor en música y fanático del rock and roll, Felipe Manzeur, hizo su triunfal aparición en la ya ruidosa sala de conciertos. El profesor tenía la típica estampa de un amante de la música, cabello chino casi emblanquecido, delgado, usaba un par de lentes que bien me recordaban al gran John Lennon. Manzeur acostumbraba decir que cualquiera que se acercara a él para aprender música, le cambiaría la vida y creo que a muchos nos pasó así.

Comenzamos nuestro ensayo como cada semana. Diez minutos para afinar todos los instrumentos y directamente repasar el repertorio de rock, música clásica y un poco de pop.

Había risas provocadas por los cómicos comentarios de Manzeur, que siempre tenía una sonrisa y un buen consejo para alentarnos no sólo en el ámbito musical, sino también en el personal.

—Recuerden que la esencia de la música, es amar lo que hacen, por sobre todas las cosas. No se trata de leer las partituras y reproducirlas en el instrumento. La magia de este noble arte es sentir, expresar con el corazón, a veces, desgarrarse el alma por lo que ustedes aman jóvenes. Nunca permitan la gente, incluso yo, les pongamos barreras y les insistamos en que no pueden lograr lo que desean. Si en algún momento lo llego a hacer, les ruego me corrijan.

Eran palabras realmente inspiradoras. Yo me encontraba absorto en todas las

posibilidades que tenía mi vida, cuando de pronto escuchamos la voz de uno de

nuestros amigos.

— ¡Ups! —era Hugo.

—¿Qué sucedió? —el profesor pregunto confundido.

Extrañamente, el bombo de la batería se había reventado y no podíamos hacer

mucho sin él. Hugo se desentendió.

—Yo lo estaba tocando suavecito, no estaba improvisando algo de metal si es lo que están pensando.

Con su comentario trató de aligerar el ambiente, pero nadie se rió. Además yo había visto claramente que Hugo le pegaba al bombo más fuerte de lo normal, pero no quise echar de cabeza a mi amigo.

Después de una larga discusión entre toda la banda y el doctor Manzeur, y de mucho esculcar en la cartera de cada uno, decidimos comprar uno nuevo ese mismo día, ya que teníamos nuestro primer evento formal como banda aquella noche, era la fiesta de la generación egresada de la Universidad, donde muchos alumnos ya habían escuchado que tocaría la banda de música oficial de la institución.

     Acordamos que Hugo y yo iríamos a comprar el nuevo bombo; así que de inmediato tomamos nuestras pertenencias y salimos corriendo al centro de la ciudad para encontrar un nuevo bombo para el evento nocturno.

Durante el camino, el transporte metropolitano fue muy lento como siempre. Hugo y yo repasábamos una y otra vez cómo había sido el fatal accidente de su bombo, y la desgracia provocada justamente antes del primer evento.

Después de varias estaciones recorridas, pudimos sentarnos y así aliviar el cansancio provocado por la angustia y desesperación. En ese preciso instante, percibí en Hugo un semblante triste y nostálgico, no dudé en preguntar qué era lo que le pasaba, aunque ya estaba consciente de cuál sería la respuesta que me daría.

—La extraño —me contestó.

Efectivamente, era justo lo que pensaba; se trataba del tema del que casi siempre hablábamos cuando estábamos a solas, es decir, su ex novia.

—La recuerdo a cada momento.

Me daba un poco de pena recordar su historia. Se llamaba Gabriela. Hugo la en la preparatoria, un año antes de entrar a la carrera de Ingeniería Automotriz. Ella era muy simpática, cabello castaño muy largo; su semblante era muy risueño, tierna y amable; de haberla conocido antes admito que a mí me hubiera gustado.

Recuerdo cuando los conocí a ellos y a todos mis amigos de la banda. Fue un evento increíble. Inició por la tarde; se colocaron mesas en los cuatro jardines de la Universidad, que coincidían con las cuatro áreas de la institución: al norte estaba la Facultad de Ciencias Sociales, donde yo estudiaría Periodismo; al sur estaba la Escuela de Negocios, al oeste estaba la Facultad de Humanidades y al este, estaba la Facultad de Ingenierías.

Lo más normal hubiera sido haber ido al jardín de la Facultad de Ciencias Sociales, para conocer a mis nuevos compañeros de carrera, pero decidí darme primero un paseo por los demás jardines. La Universidad estaba perfectamente trazada en enormes cuadrados conformados por edificios de cinco pisos de alto, imponentes, como si marcaran con justa intención, los puntos cardinales y así guiar a quien se posaba frente a ellos.

Me acerqué a la Facultad de Ingenierías, me senté en una mesa que tenía cuatro lugares vacíos. Me presenté con los dos desconocidos que ya ocupaban lugar, se llamaban Luz y Eric. Poco tiempo después llegó una pareja de chicos, Hugo y Gabriela.

Estuvimos platicando y tomando el desabrido ponche de frutas que la Universidad patrocinaba y nos dimos cuenta que algo nos unía a todos: éramos amantes de la música. Unos porque, al igual que yo, desde pequeños habían escuchado a Beethoven, a Tchaikovski o a Shostakovich, aunque ni siquiera pudieran pronunciar sus nombres.

Otros porque habían crecido entre boleros y trova, o simplemente porque se acostumbraron a escuchar música mientras realizaban sus tareas.

—Yo soy la que siempre toca la guitarra y canta en las fiestas de la familia. Creo que fue ahí donde se me quitó la pena, y al menos, heredé una buena voz —nos contó Luz.

—¿Y qué cantas? —le pregunté muy interesado.

—Pues casi de todo: rancheras, baladas, mariachi también. En realidad, toco y canto lo que me pidan —se echó a reír al igual que los demás.

—A mí me gusta muchísimo el metal, no hay nada que pueda compararse con el chillido de las guitarras eléctricas y el sonido de doble pedal en el bombo, ¡pum, pum! — intervino Hugo.

—En mi caso —comenzó Eric con cierta altivez—, soy todo un conocedor de la música clásica. ¿Qué acaso no han oído a Prokófiev o a Charpentier?, ¿no?…, ¿ni siquiera a Márquez?

La expresión del grupo fue perplejidad, no teníamos idea de qué nos hablaba el chico de lentes e intelectual, pero como se hizo costumbre, del silencio incómodo, brotaron las sinceras risas. En ese mismo momento, me prometí que escucharía a todos esos compositores de lo que hablaba Eric.

—Oye amigo, ¿tú no estudias alguna ingeniería, verdad? —me preguntó secamente Gabriela.

—No. En realidad debería estar con mis compañeros. Yo estudio Periodismo, pero tuve una extraña sensación de que debía venir aquí, fue como una especie de magnetismo.

—El magnetismo sólo se da entre metales… —interrumpió Eric.

— ¡Shh! Déjalo terminar —sentenció Luz. —Y entonces, ¿piensas quedarte aquí con nosotros?

—Sí… mientras no haya problema y no les incomode, claro que me encantaría pasar la noche con ustedes. ¿Quieren bailar? —les pregunté a todos en la mesa.

— ¡Sí! —respondieron al unísono.

Fuimos a la pista de baile, que era una improvisada duela que se encontraba rodeada por las mesas donde todos los estudiantes estábamos sentados. Había luces de colores que centelleaban en morado, rojo, azul, verde, amarillo y naranja.

Los cinco formamos un círculo mientras se escuchaba música de pop y rock.

—¡Saltemos! — todos siguieron mi orden.

Nos tomamos de los hombros sin deshacer el círculo y fuimos girando mientras

lanzábamos el pie izquierdo y luego el derecho al frente.

Había risas, Eric por poco y cae al suelo pues perdió el equilibrio mientras saltábamos.

Regresamos a la mesa, faltaba poco para que terminara la fiesta y no me había dado cuenta que sería insignificante ir al jardín norte con la Facultad de Ciencias Sociales.

—Chicos, realmente me he divertido mucho y ha sido un placer conocerlos —les dije a todos medio cansado y medio agitado.

—A mí también, ojalá nos podamos seguir viendo ¿no creen? —dijo Luz muy animada…

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[1] Copyright 2014 Sebastián Laguna

Sobre El Autor

Es escritor, empresario y conferencista. Ha publicado la novela “Arpegio de Amor y Muerte” y ha sido reconocido con cuatro galardones literarios. Ganador del Premio al Emprendimiento James McGuire 2012.

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