Trago monedas. El auricular ha sido levantado.

Una boca cálida se acerca a mi boca. La voz es tierna, suave, casi melancólica. La mano es algo áspera, llena de callosidades pequeñas que inmediatamente relaciono con trabajo: maquiladora, tal vez alguna fábrica de telas.

A veces quisiera ser yo el que entabla la conversación. La conversación es todo un arte, implica más que simples palabras brotando de labios burdos. Algunas personas escupen amor un par de veces, otras escupen sexo. En algunos casos hay tráfico de palabras reservadas; unos dicen lo que otros quieren, otros pagan por una buena información. En verdad es una red criminal bastante remunerada. Si fuera por mí denunciaría tal operación, pero los teléfonos no establecen las leyes.

Me pregunto si las personas que hablan dicen exactamente lo que quieren decir. Es muy común escuchar un preludio de silencio, o en algunos casos hasta un tartamudeo, cuando alguien realiza una pregunta inapropiada, o cuando están por realizar una confesión de esas que bien podría excomulgar hasta el Papa.

Hoy día ya no es lo mismo, realmente pocos se acercan. La tecnología nos ha vuelto obsoletos. Mucha gente pasa pretenciosamente mostrando el modelo de moda, como si esos pequeños aparatos fueran capaces de realizar una tarea tan importante. ¡Vaya verdadera mierda! El oficio más antiguo del mundo y se creen la gran cosa. Eso de comunicar ya es cosa de cualquiera.

He oído hablar a muchos: curas, ingenieros, vendedores ambulantes, enfermeras, y hasta algún maestro de filosofía de esos que siempre andan buscando trabajo. En alguna ocasión recuerdo haber escuchado acerca de la comunicación digital, ¿comunicación digital? Me imagino a dos robots torpes tratando de entablar una conversación a partir de algoritmos, concepto que, por cierto, aprendí de un matemático que venía todos los días para platicar con su novia. Pero supongo que es más complicado de lo que parece; todo es más complicado de lo que realmente parece.

¡Si tan sólo pudiera desprender los pies del asfalto! Seguramente caminaría sin detenerme. Daría un paseo por el parque, me sentaría en una banquita y tendría una buena charla con algún viejo; o tal vez caminaría por Calzada de Tlalpan para conversar con una puta, seguro tendría qué decir; o en último de los casos me iría de vacaciones, realmente es cansado esto de escuchar.

Pero no, estoy atado, o más bien dicho, atrapado en el mismo lugar de siempre y, lo peor de todo, con mucho qué decir y sin nadie que quiera escuchar. Trago, trago, ¡trago! Todo me lo trago y a veces siento que me ahogo. Tal vez debería renunciar, tomar el cable que cuelga y enroscarlo por mi cuello rápidamente, antes de que alguien se dé cuenta; pero soy cobarde, eso de colgarse me parece cosa de valientes.

Un momento, creo que ya terminó (silencio). ¿Pero entonces por qué se queda ahí parada? (llanto). Está llorando, de nuevo llorando. Tranquila, niña, que ya pronto se secarán tus lágrimas entre lamentos y berridos. Cuando menos te des cuenta tu respiración se reincorporará, tomarás una gran bocanada de aire fresco y de nueva cuenta, como cada noche, volverás a llamar. Entonces tragaré de nuevo monedas, el maldito auricular será nuevamente levantado, y mientras llueve en las pálidas calles de la ciudad, mi existencia tendrá sentido otra vez.

–¿Bueno?, ¿Rubén?

Y volvemos a empezar.

Sobre El Autor

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.