Vampiresa que has bebido de la sangre de mis venas, dulces labios escarlata que arrebatan mis suspiros, bella musa que diste noches eternas, a ti te escribo estas letras.

Si muy bien sabes cuánto he sufrido por lo sombría de esta existencia, entenderás, vida mía, mis afanes. No hay más castigo que el no estar vivo y vivir, ser prisionero de la vida y de la muerte; no estar muerto y, sin embargo, morir. Porque eso es lo que hago cada instante. Muero cada que bebo de la vida tibia entre umbrales, lúgubres calles que me conocen como monstruo desalmado, que vive de lo ajeno.

Nada me hace sentir más muerto que no recordar como es el alba, ni el horizonte pintado de luces, ni lo bello iluminado; diminutas y desmedidas cosas recordándome cada momento que no estoy vivo. He aquí de donde nacen mis penas: que no florecen flores ya, que se marchitan si las toco, que doy veneno a bocas nuevas. No siento aire en mis pulmones, sólo desvelo y noche. ¿Acaso es esto vivir? Estoy atrapado en los círculos de Dante sin poder salir. ¡Ten piedad, muerte! ¡Ten piedad de mí y tócame con tus manos, déjame ser libre entre vástagos y humanos, tócame y dame fin!

Si muy bien sabes cuánto he sufrido por lo sombría de esta existencia, entenderás, amada mía, mis afanes. Nunca olvides que siempre te he amado, que siempre lo haré; no olvides estas manos que te tocaron con la luna y con fuego helado en las yemas; nunca olvides que aun antes de las tinieblas, en los albores del hombre, nuestras bocas se enlazaron en un amor eterno e impasible; no me olvides, amada, porque hoy te digo adiós, a ti, a este oscuro mundo y a la ensombrecida vida.

Adiós, mi musa, que el alba se hace presente y quema mis alas mientras escribo; adiós, amor, que el sol ya está tendido…

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