Se le agradece este estupendo relato a la autora, Laura García Cancino, quien es Docente del CBTIS 233 de Tuxtla Gutiérrez, Certificada en Competencias Docentes, Licenciada en Derecho, M.C. de la Educación, Doctora en Educación, y cuyas pasiones son leer, viajar, ver películas, cantar, platicar con sus hermanos y hermanas. Edad 52 años.

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La cultura etrusca es antiquísima, floreció en la zona norte de Italia. Su gente, distinta a griegos y romanos, adoraba otros dioses, y no sometía a las mujeres bajo el mando total de los hombres, dejándolas desarrollarse libremente.

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Tal permisión resultaba necesaria, por la falta de varones en las tareas cotidianas, en virtud de las pérdidas bélicas; aunque las etruscas eran mal vistas por los vecinos de sus tierras, quienes las consideraban promiscuas o libertinas, a lo menos impúdicas, por la naturalidad con que conversaban, en lenguaje directo, ofendiendo las costumbres relativas a encubrir hechos con palabras regionalistas o eufemismos.

Los etruscos fundaron muchas ciudades, una de ellas fue Cortona, que a lo largo de cientos de años produjo huertos abundantes en olivos, vides, ciruelos, naranjos e higueras. En su contrastante tierra, suave, húmeda y verde por un lado, y por el otro áspera, árida y ocre, igual había colmenas de rica miel, que cabras monteses cuya leche facilitaba dulces, cremas, quesos, requesones, mantequillas, y en el que se desplegaba todo tipo de trabajos, haciendo girar el gigantesco engrane de la vida.

La mujer era relevante entre los aristócratas. En caso de enviudar, debía asegurarse de conservar las riquezas y la continuidad familiar, justificando el oficio al que se dedicara (en caso de no poder ejercer las tareas del esposo muerto), pudiendo incluso dejar herencia.

Una de las residencias de esta ciudad, se destacaba en lo alto de la colina norte, aunque se hallaba en la periferia, estaba a la vista de todo visitante, conocida principalmente por los hombres, que desde tierras lejanas llegaban a confirmar la fama de sus deliciosas viandas, ambiente festivo y total falta de moralidad.

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Era una casa extraña, casi toda había sido construida con piedras de baja calidad, excepto decorados del primer patio, mayormente hecha de madera, ladrillo y tapial, como era tradición. Se conformaba en la falta de genialidad arquitectónica de los griegos, ni siquiera la parte del baño era de materiales nobles como el mármol, aunque tenía decorados valiosos en muros y pisos.

Nortia contó el dinero, separando los tipos, valores y orígenes, es decir, las cantidades que representaban y las naciones de procedencia. Verificó dos canastos repletos de monedas, sin que la ambición centelleara sus ojos, ni le corriera lujuriosa y burlona por las venas, como ocurriría a quien sea que obtuviera tantas ganancias.

Lo hacía con tal calma y frialdad que, de todas formas, cualquiera la interpretaría como la parsimonia de quien se nutre en la ambición desmedida que sólo puede tener quien dirige un lupanar; aunque ella, en realidad, hacía cuentas por inercia, porque era lo correspondiente al momento del día. Siempre consciente de que bajo su responsabilidad estaban diecisiete bocas, incluyendo la suya.

Usil brillaba en lo alto, los rayos caían directos iluminando desde los frisos y columnas, de las dos plantas con doble patio interior, hasta el enorme portón de madera con aldaba sofisticada extranjera, una máscara teatral romana, en cuya sonrisa se introducía la mano para tocar.

Como siempre, Lot le colocó una mesa justo en medio del primer patio, rodeado por pasillos y pilares etruscos, frente al espejo de agua que lujosamente alimentaba la sed infinita de lirios y papiros.

Todos los criados, simulando ocuparse en sus quehaceres, disfrutaban viendo por el rabillo del ojo, cómo cada moneda era registrada en el libro de cuentas. A mayor ganancia, mejor comida, mejor trato, mejores propinas, mejores limosnas en los templos.

Cada uno creía engañar a la dueña, procurando, bajo los manerismos de su propia personalidad, aparentar indiferencia; pero ella, hábil para desvelar con cualquier simple gesto hasta el más discreto asunto, sabía que mientras a uno le brillaban los ojos, aun dirigiéndolos al muro, a otro, los dedos nerviosos le delataban, al compás vibrante de sus fosas nasales. Dos, ralentizaban sus tareas, empezaban a trabajar lento, fascinados por el tintineo del dinero. Las mujeres sonreían golosamente, elevando felices las mejillas, porque la despensa estaría llena, repleta de manjares y bebidas.

Pero cuando descubría a un sirviente endureciendo la frente, alisando los labios, apretando la mandíbula o limpiándose frenético los dientes con la lengua, no tenía duda de que era un ladrón, lo despedía inmediatamente, sin consideraciones ni retrasos, sorprendiendo a todos por el talento extraño para descubrir delincuentes.

Únicamente Lot rompía la intuición de Nortia, mujer extraña que un año antes llegó pidiendo trabajo, después de ser abandonada por los mercaderes que, tras seducirla melosamente en Judea, la hicieron laborar muy duro en el camino: a toda hora alimentos, costuras, cargas, curaciones, vigilias y sexo, obligándola a abortar dos veces. La dejaron sin decir adiós en Cortona, en la ruta comercial, próximos a llegar a sus hogares, donde los esperaban limpias y amorosas esposas.

Cuando Lot llegó, era la viva imagen de un perro sarnoso apaleado: extranjera, de facciones en riña con la sensualidad, como hechas por un dios beodo, que no tenía tiempo para refinamientos, trazada en cinceladas asimétricas. Mujer baja de estatura, maciza, de edad indefinida, ni veinte ni treinta, con manos callosas y toscas, completamente sucia, sus cabellos parecían entrecanos por el polvo contenido.

Eso sí, sus ojos, sólo sus ojos harían llorar a cualquiera. Estaban secos, indiferentes, estáticos, esperando el palo siguiente, delatando una soledad infinita, dispuestos a soportar las vilezas que la vida le aplicara, hasta morir.

Ahora, aseada, musculosa y determinada, era la única que no registraba cambios en su persona cuando las ganancias se contaban, y como cualidad incomparable, era el perfecto perro guardián de su única debilidad, la niña.

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Apilaba Nortia las monedas hechas con el más puro metal que los acuñadores decían era digno de ofrendarse a la tríada Uni, Tinia y Menrva, oro brillante y seductor.

Nortia cerró cuentas poniendo sendos platones de terracota en la boca de los canastos. Observó la casa, otrora de un importante cobrador de impuestos y hoy suya, por la serie de eventos desafortunados que, sin permitirle decidir, orientaron su vida cada día.

El ritual de medio día consistía en dejar limpia la casa: la cocinera y tres mozos aseaban a conciencia hasta el último rincón del lugar, en el que se preparaban las viandas de la noche, dedicadas a exigentes comensales a quienes muy bien se servían manjares y néctares, acallando las más voraces papilas gustativas.

El enorme comedor se lavaba con abundantes cubetones de agua y escobas que refregaban todos los adoquines, hasta la visión clara de sus geométricos decorados.

Cuatro criadas afanosas dejaban sillas, sillones y camastros, como si fueran a utilizarse por primera ocasión en una fiesta, bajo las órdenes enérgicas de una mujer madura, a quien faltaba la mano izquierda.

La encargada de telas seleccionaba cortinas, manteles, caminos de mesa, tapetes, fundas, primorosas toallas de mano, de cocina y de baño.

Ella, con sólo un ayudante, que corría displicente a la voz del ama, descubría rollos, telares perfectamente doblados, tapices sacudidos con esmero para armar el conjunto; una visión celestial afín a la época del año, dispuesta a seducir los ojos y la piel de la clientela cosmopolita, filósofos, poetas, viajeros indomables, o tradicionales citadinos.

Los baños eran un espacio aparte, allí se usaban trapos, estropajos, arenas y perfumes, que hacían desear vivir en sus piscinas, reposar en sus catres, soportar en las bancas los vapores ardientes y exquisitos, dormitar los masajes, por la pulcritud con que se les trataba.

Baños suntuosos, responsabilidad de dos ancianos, tan viejos como inconformes, aunque el par de criados puliera aún las juntas de las cenefas importadas.

Esta última sección se abría al mediodía, y se cerraba al caer la tarde. Lugar perfecto para socializar, con sus espacios para la lectura y el juego, tableros lúdicos con apuestas. Desde esta hora, se podía elegir con quien pasar la orgía nocturna.

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Todos llegaban al caer el sol, hombres y mujeres elegantes, perfumados, con modales exquisitos y suaves gestos de amistad, miradas amables y sonrisas francas.

Presumían su condescendencia, su calidad humana al permitirse descender, en la misma mesa, los ricos y poderosos con los menos benditos por sus dioses, o éstos últimos demostraban que tal aceptación la merecían, por ser tan ingeniosos, tan fuertes, tan hermosos; codéandose los políticos con los artistas, mercaderes con bailarinas, terratenientes con viajeros, guerreros con marineros, pero nunca con esclavos, ni con la plebe libre.

Algunos de pie, conversando con discreción, otros, recostados en camastros que facilitaban comer y beber, unos más, sentados en taburetes que permitían mostrar las piernas, los brazos, las joyas. Con vestuarios ligeros y sedosos, o pesados algodones, finísimos linos, bordadas mantas, terciopelos brocados.

Todos revueltos entre los danzantes y los músicos, sonrientes brindando, chocando indiferentes, tolerantes sus cuerpos al pasar de un área a otra, rozando las telas, los cabellos, las pieles, coqueteando el fuerte al débil, la bella a la grotesca.

A media noche el ambiente se inundaba de perfumes, sudores, fermentos, especias; ebrios por el ruido, las voces, la música y los licores. Trocaba de una fiesta en la que inicialmente se competían poderes, simpatías y riquezas, a la igualitaria celebración de bromas vulgares respecto de personajes clave, o grotescas anécdotas viajeras. Pasaban de la risa cautelosa, a la carcajada sórnica.

Nortia caminó al segundo patio, de estructura idéntica, con la diferencia de encontrarse sin la exuberante vegetación del primero, ni su lujosa decoración. Recorrió el pasillo derecho, con diez puertas por checar. Debían estar abiertas en lúnula, señal de haber sido desocupadas.

Ella no estaba para discretos toques a la puerta, ni sobreavisos hipócritas, empujó las batientes de la primera habitación, se hallaba una cama desordenada, el aire encerrado y pestilente la recibió, descubriendo un pendiente de marfil en el piso sucio.

Avanzó por los demás cuartos, en el siguiente había una enorme gaveta de madera incrustada en la pared, que al jalón de Nortia se abrió fácilmente, el interior tenía un colchón sudoroso, con restos de ropas olvidadas.

La siguiente puerta reveló otra gaveta en el muro, cuyo colchón se dividía en secciones, por dos tablas que separaban espacios, para ocuparse por tres clientes simultáneamente, vinculados por orificios estratégicos. Aún estaban dos mujerzuelas, con un rico vendedor de cerámicas, dormidos.

Una babeaba los alcoholes, la otra, tenía restos de fluidos secos en la entrepierna, él, flaco, con la clásica pequeña barriga del avaro que eventualmente excede postres.

No sintió asco, ni compasión, ni ira, acostumbrada a las degradaciones de la clientela, le molestó su presencia a plena luz de Usil, cuando el vecindario los vería salir. Les habló enérgica, los tres, sobresaltados por el tono de Nortia, apuraron su salida, recogieron sus túnicas, las sandalias en la mano, encogidos, más por miedo a no ser recibidos en otra ocasión, que por vergüenza de su condición.

Siempre era lo mismo, había tantas ropas olvidadas, lujosas y coloridas o albas con líneas sencillas, que bien podría Nortia vestir con elegancia a los sirvientes si quisiera, o regalarla a los pobres del mercado. Pero ella no se permitía tal osadía, si dedujeran el origen de las túnicas brocadas, blancas o multicolores, si reconocieran una de las piezas, habiéndola portado algún personaje, sería un insulto a la clientela; así que, se limitaba a ordenar que se lavaran, guardándolas en un canasto marrón traído del Nilo, colocado al fondo de los baños.

El olvido más extremo había sido el de unos mercaderes que, borrachos, partieron en dos de sus carruajes, llenos de productos obtenidos a lo largo del viaje, quienes hartos de jalar un tercer carromato, con ollas y ropa sucia, en una decisión imprudente, indicaron que uno de los mozos lo condujera, sin recordar que éste iba dormido en el primero.

Esa vez Nortia abrió el portón de la calle posterior, jalaron el carro hasta la parte techada del patio y guardó el vehículo, tal vez, algún día, alguien vendría por él.

Terminaba la revisión del lado izquierdo, ya al final del pasillo, comprobando que toda la clientela se había retirado y se aseaba cada cuarto, cuando escuchó gritos de hombres en la calle, parecían los cobradores que cada cierto tiempo atemorizaban los negocios más prósperos, hasta obtener un porcentaje de las ganancias, jugoso convenio que se disfrazaba de asepsia social.

Y entonces vio a su niña, la dulce Moth, de apenas once años, larguirucha, con las piernas blanquísimas, bien torneadas y elegantes, que curiosa por el griterío, inocente, se asomaba desde el balcón del primer patio.

El terror le apretó la garganta, la respiración se volvió imposible, una losa pesadísima comprimió sus pulmones, su pequeña, su mariposita colorida, su jarroncito de miel silvestre, su joya incomparable, expuesta a la lujuria de cualquier mercader o funcionario que la viera.

Los hombres empujaron el portón que, preparado para todo tipo de embates, apenas tembló. Una segunda embestida se detuvo al grito iracundo de Lot, avisando que se les atendería.

Destrabó con fuerza la enorme viga y abrió la puerta pequeña, las voces incrementaron el volumen, las casas de los alrededores se cerraron. El funcionario que encabezaba la queja, en fingida pose de dignidad, pidió silencio y exigió hablar con Nortia.

Ella, para entonces, había cubierto a la niña con una túnica hebrea, le colocó un manto en la cabeza, transmitiendo el pavor a la pequeña, lo ató con el cordel de la tinaja de miel y la abrazó con fuerza. Los dos corazones se desbocaban. Llegó la cocinera con las sandalias que acababa de quitarle a un hijo, se las puso apurada.

Nortia salió decidida a que los funcionarios revisaran todo, se robaran lo que pudieran, abusaran de quien quisieran, y exigieran un pago periódico por dejarlos sin ser castigados, asegurándose una renta para muchos años.

Pero Lot, con la rabia de quien ha sido ultrajada, les habló a cada hombre por su nombre, y les contó cómo, de todos, tenía pruebas totales, que verificaban su presencia en la casa como clientes.

De uno, cabellos inconfundibles, de otro, sandalias, de alguno el pulso familiar, listones, anillos, trozos de tela, todo tipo de objetos innegables, bien escondidos, aunque quemaran el lugar y la despellejaran. Ella podía demostrar a todo Cortona y sus alrededores, la hipocresía de los acusadores.

Sus ojos y su voz dejaron claro el peso de las pruebas, Lot, la extranjera, la que nada valía en estas tierras, los hundiría sin pensarlo ni tenerles miedo.

Ellos voltearon a la calle, cada ventana estaba bien cerrada, cada puerta sellada, no había gente, ni perros, nadie. Agradecieron entonces que las familias se hubieran ocultado en sus hogares, y caminaron lento, rogando porque sus sandalias no chasquearan el empedrado del camino. Se fueron todos.

Cuando Lot cerró todo, ya era otra. Miró a la niña, vestida como los muchachitos de su tierra, los músculos de su cuerpo suavizaron, por fin sus ojos liberaron dos lágrimas limpísimas, y la niña corrió a verla. De frente, se miraron felices, un auténtico amor las impulsó y, con calma, acercaron sus rostros y se dieron un beso.

Nortia ya no sintió las piernas, se desvaneció ante todos, agradecía que Lot la librara de los hombres, pero le ardía en el alma observar cuánto la amaba su niña, a ella, a esa mujer que no era su madre.

Entonces tuvo una idea, corrió a ver las condiciones del carromato, reunió a todos en el gigantesco comedor de fiestas y mandó por el canasto egipcio, escucharon atentos y ayudaron, porque era un gran plan perfecto.

Noches antes, habían estado entre los comensales varios filósofos, quienes dirigiendo las conversaciones previas a la ebriedad, contaron que en tierras lejanas, cercanas a Jerusalén, un hombre, que adquiría fama en todos los confines de la tierra, hablaba de otros principios.

Disertaba sobre dioses paganos y la existencia indubitable de un solo Dios Yahvé, que perdona, que se compadece, que ama.

Decían los sabios que a lo largo de grandes distancias se narraban sus hazañas, había muchas, extrañas, increíbles, impensables.

Se contaba que ese hombre asombroso, acompañando a su propia madre a unas bodas celebradas en Caná de Galilea, en presencia del grupo de discípulos que habían dejado todo por seguirlo, hizo un milagro rarísimo.

De las seis tinajas de piedra, utilizadas según la costumbre de purificación judía, ordenó se tomaran jarrones de agua, mismos que convirtió en vino de primera, deleitando a todos los que probaron la mejor bebida en un momento que no era el considerado para compartir esa calidad.

Detallaron cómo los vendedores fueron corridos de un templo, un ciego que volvió a ver, una mujer con hemorragia recién curada, un paralítico que volvió a andar, una ramera transformada, leprosos sanados, endemoniados libertados ¡un muerto resucitado!.

Se contaba que era tanto y tan grande el poder del Dios Yahvé, que únicamente por creer en él, en su representante en la tierra, el tal Jesucristo, producía un brillo en su entorno, que podía verse en los campos, que cuando él estaba presente, vibraban de emoción los cuerpos, la felicidad de quienes escuchaban llegaba a todos los rincones, como un leve temblor inexplicable.

Esa noche hubo varios clientes que aportaron anécdotas, otros interrogaron, se produjeron dudas, curiosidades, confianza, certezas, y Nortia creyó.

En el comedor planearon todo, la ruta, el carruaje, la comida, los depósitos de agua, las ropas, los supuestos productos en venta, los ayudantes, el lugar para esconder las monedas, los disfraces.

Así que, antes de amanecer, ya había un carruaje frente a la casa, por primera vez en mucho tiempo, se abrió el enorme portón y salieron los ricos mercaderes, ebrios, ruidosos y vulgares, contentos por la fiesta vivida, partiendo en ruta comercial rumbo a Judea.

Todo el mundo podría ver, el patrón, el señor, de riquísima túnica y turbante, bajo de estatura, de facciones poco agradables, les regañaba con esmero, parecía ser el que tendría que conducir el carro, se puso al frente, colocó al pequeño mozo hebreo a su derecha y partió.

Ignoraban, a ciencia cierta, cuántos días habían transcurrido, pero a lo lejos se observaban sus tierras, las casitas hebreas de su gente, la rivera verdosa del rio, las partes áridas.

Más allá, en la falda de la montaña cercana, había un brillo en el aire, como el que producen los metales por el reflejo del sol, y ambas lo supieron, juntaron amorosas sus mejillas, pequeña Moth y su protectora, la valiente Lot, casi llegaban.

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