Yo, el más ateo de los ateos, soy devoto de tus ojos y seguidor de tu palabra.

Mi escepticismo se trunca ante tus manos. Tu suave tacto me adoctrina y me vuelvo un pecador: blasfemo contra tu ausencia, contra la carencia de tu abrazo. El infierno de Dante es mi morada, soy torrente de magma incandescente ante la falta de tus muslos, ante la inexistencia repentina de tu palpitante sexo.

No hay religión, no hay misticismo más poderoso que el manjar de tu boca. Beber del néctar de tus labios me transfigura, me vuelve un hombre nuevo. Tu lengua es una religión en la que me he instruido; soy un docto en las artes de tu cuerpo.

Afirmo en tu pecho cada albor de la mañana, cada gota de lluvia. Cada milímetro de tu piel es vestigio de existencia, la afirmación más pura de la vida. ¡Cómo no ser creyente de tus ojos, si en tus ojos mi alma crece como abedul! Cómo no ser creyente de tu boca. Jamás pensé que la oración más simple, el vocablo menos complejo, pudiera convertirse en la más entrañable y perenne realidad.

Yo, el menos crédulo de los crédulos, el más nihilista de los nihilistas, he develado la más irrefutable de las verdades terrenas: toda sintaxis, toda genealogía, es borrada de inmediato ante los ojos del amor.

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