Un rastrero me recorre el cuerpo; sube y baja entre costillas, sube y baja entre huesos.

Entre lánguidas paredes de espinas he embalsamado estas manos, las he sangrado y de sangrar, nada más. Por mucho tallar con esencias y jabones, culpas y rencores no se quitan: la misma sangre imborrable y las manos dolidas.

¿Cuántos arrebatos se necesitan para ver ojos un mar? ¿y cuántos para la locura…? ¿tanto así? Teniendo sed bebiendo y el loco enloqueciendo, tanto así. Y es que en tal desesperanza ni las aves anidan, sólo vuelan al abismo, caen; y es entonces cuando, al llegar al fondo, ante los ojos no hay destino, sólo fobias, sólo aberraciones, sólo bichos caminando sobre el cuerpo muerto y en dados casos, aún estando vivo.

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