Cuando atravieso la avenida repleta de hombres mecánicos,

escarabajos de hojalata y tardos camiones con cabellos de esmog;

con la mirada fija en nada, monólogo en boca, solo,

los dedos se alzan como saetas a mi alrededor

y entonces alguien grita – ¡El loco!

 

Mi cabeza, como he dicho antes, es una roca sumergida en tiniebla,

el guijarro lanzado a un pozo de sombra

produciendo leves ondas que apenas alguien percibe.

Mis ojos son almendrados como los del venado y otros animales

que entes suprainteligentes de otras dimensiones

usan para, trasfigurados, andar desapercibidos por este mundo.

Mis brazos son igual a los del niño que apenas come pan.

Mi pecho es un sótano a donde se han ido a vivir

los ocasos marchitos, los pájaros muertos, las rosas secas.

Mi vientre es abultado como el de un embarazo psicológico,

en él escondo chíncharos para alimentar mis sueños mórbidos.

Mis piernas son dos espaguetis bajo el diluvio.

Mi pie es un roedor obstinado en el mismo obstáculo.

 

Acepto que no soy un ser normal:

mis mecanismos de defensa y supervivencia están atrofiados,

tal vez porque nunca los usé.

Aun así, mi tacto sensual o pudoroso,

mi gusto de serpiente haciendo la señal del infinito,

mi olfato agudizado por los vicios,

mi vista cientos de veces recreada en el más allá,

mi oído que capta el pensamiento,

y mi memoria fotográfica me confieren

útiles poderes.

 

Pero voy la vida haciendo no sé qué cosas:

recorriendo la misma frontera que no puedo cruzar,

puliendo minúsculos ataúdes para inhumar mis esporádicas dichas,

llorando a los pies de las estatuas, cuestionando al silencio,

arrojando mis días a las aspas todos los molinos,

contando los fragmentos de mi niñez arrebatada hacia delante,

que llevo como únicos tesoros, pegados a mí con cinta adhesiva,

 

golpeado por ideas disparatadas que se enmascaran tras plumas

y elegantes antifaces monocromáticos

o se visten con harapos de indigente

y se adornan con incrustaciones de jade:

ideas, al fin, de cosas que no existen,

que los soñadores compulsivos llamamos Poesía.

 

Y hablando, hablando, hablando

cosas que no tienen más sentido

que los despojos de un otoño que se incendia,

que una nube con la forma idéntica de un ideograma chino

que se desvanece

o se va.

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