Hubo, alguna vez, una bruja que encantó al mundo con sus versos, mágicos conjuros que evocaban los misterios del Ser. Conjuraba hechizos en silencio y con gran discreción, pues en esos tiempos la hoguera era el destino de las brujas. Portaba siempre un vestido negro de elegantes encajes, amuletos brillantes y largas uñas. Tenía ojos como la noche, manos de seda y boca de musa. Era tan bella como la luna, tanto que bastaba que un hombre la mirara a los ojos para quedar perdidamente enamorado.

Vagaba por las noches de luna llena. Se le veía caminar sin rumbo fijo por el bosque, entre la densa neblina. La gente le temía. Se decía que era una enviada del diablo, un demonio que robaba almas inocentes y arrebataba vidas sin remordimiento alguno, pero que, sobre todo, devoraba hombres.

Una noche, el hijo del rey despertó sobresaltado al escuchar un murmullo, una canción incomprensible, pero inmensamente bella. El príncipe, un joven rebelde y curioso, no pudo soportar más, así que tomó su caballo y salió del castillo en busca de aquella melodía que alteraba todos sus sentidos. Después de un largo recorrido, entre espesa niebla y creaturas nocturnas, logró encontrar el origen de aquel misterioso sonido: una hermosa mujer desnuda recostada a la orilla del lago, cantando aquella hermosa canción.

La luz de la luna le acariciaba los labios, las estrellas rozaban sus senos, el aire jugaba con su negro y sensual cabello largo. El príncipe enloqueció de inmediato. Jamás había mirado algo tan bello, algo tan sublime. Su corazón se inflamó como un globo al mirar sus ojos, sus venas ardieron al mirar su cuerpo. Entonces la tomó entre sus brazos y la amó apasionadamente bajo la bóveda celeste; le hizo el amor en la penumbra, entre sueños y destellos fugaces, en el cenit de la noche.

Desde ese momento, cada noche de luna llena abandonaba la frialdad de su castillo en busca de su musa, esperando amarla bajo el cielo estrellado, sin temor, sin pudor alguno, pues en sus brazos encontraba todas las respuestas. Amarla lo hacía cada vez más libre. Era como si con cada beso, con cada caricia se abrieran más sus sentidos, como si el mundo se llenara de nítidos colores.

Pero los padres conocen a sus hijos, y el príncipe había cambiado. Mientras que antes era malhumorado, solitario e infeliz, ahora todo el tiempo estaba contento. Se la pasaba contemplando todo, mirando las cosas con detenimiento, aún las más simples. Se volvió distraído y callado, tanto que descuidaba sus deberes; y tenía una extraña mirada, como si estuviera hechizado. Así que el Rey decidió vigilarlo más de cerca.

Llegó la luna llena y junto con ella la huida del príncipe. Pero esta vez no estaba solo, el rey seguía sus pasos; fue así que se dio cuenta. Lo miró entregándose a esa mujer, a aquel monstruo perverso. No dudó un instante. Tomó su espada y la blandió sobre la bruja con terrible fuerza, pero misteriosamente la espada no pudo tocarla. Enfurecido blasfemó mientras forcejeaba con su hijo, y por más que trató, no logro hacerlo entender, así que juró venganza.

Al día siguiente ya no era un secreto, todos sabían del hechizo de la bruja sobre el príncipe, y de la misma manera que el rey, el pueblo enfureció siendo fiel a su líder. Al caer la noche se ordenó una cruel persecución. Después de que el rey encerró en el calabozo al príncipe, se emprendió la cacería. El pueblo entero siguió fervientemente a su rey con antorchas en las manos y furia en el alma: caballos veloces, gritos iracundos, sed de sangre y venganza. Al llegar al hermoso lago su sorpresa fue grande al descubrir que no había demonio alguno. Todos quedaron por un momento consternados. Unos y otros se miraban sin entender cuando, de pronto, una luz comenzó a brillar desde las profundidades del lago; era tan brillante como la luna. La bruja emergió del agua flotando como la niebla, con su larga y oscura cabellera. La gente enmudeció. Y de la boca de la bruja brotaron las palabras:

-¿Es que acaso no lo entienden? Yo soy la aurora de la mañana y la brisa de la noche, la fuerza del mar y la fertilidad de la tierra, la primavera y el invierno, el resplandor de los ojos enamorados, la calidez de los corazones, el murmullo en sus almas. ¡Yo soy la belleza de las cosas!

Y el silencio se hizo todavía más profundo.

– Pero aún así han osado molestarme, me han culpado de atroces crímenes, juzgado con la ira de sus corazones, y no he de perdonarlos, ¡he de lanzar un terrible hechizo!

De la bruja brotó un nuevo destello, esta vez con tal intensidad que cegó por un instante los ojos de todos. Y entonces ocurrió. Todos cayeron rendidos ante sus ojos. Hombres y mujeres por igual, sucumbieron ante su inmensa belleza en un amor profundo y eterno. El viento sopló con fuerza y las nubes cubrieron el cielo. De pronto la bruja se convirtió en polvo y cenizas, entrando por sus poros hacia sus corazones, por sus ojos hasta sus almas, fundiéndose en los más profundo de su ser. Y fue en ese momento que todo tuvo sentido. La noche se tiñó de magia, la luna se eternizó en sus ojos, el mundo embelleció. Todos bailaron, cantaron, crearon y soñaron, haciendo del mundo un bello suspiro. Y desde ese momento los hombres y las mujeres contemplaron el mundo en su más íntima esencia, escuchando en silencio los misterios del tiempo y del espacio.

Esos hombres y mujeres tuvieron hijos que heredaron las mismas almas y los mismos corazones, la misma forma de mirar el mundo. Y esos hijos a su vez tuvieron hijos, y esos otros hijos, de manera consecuente hasta nuestros días. Es por eso que a veces, mientras miramos la luna, se escucha un murmullo desde lo más profundo de nosotros mismos, arrebatándonos un suspiro; un murmullo que matiza el mundo de infinitos colores, de infinita belleza, colocando cada pieza en su lugar. Ese es el legado que dejó aquella hermosa bruja. Ésta es su leyenda, la leyenda de la bruja más bella que el mundo haya podido conocer. Su nombre aún es recordado: es llamada Poesía.

Sobre El Autor

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.