Como cada mañana, el señor Archundia salió de su casa y caminó por la acera, en dirección al trabajo. Cruzó la avenida 45 y saludó a la señora Luz, quien, al verle, detuvo la hechura de los panuchos recién encargados por un cliente y, simplemente se quedó con la boca abierta.

Más adelante, una pareja que se dirigía hacia el parque pasó grandes dificultades para controlar a sus tres perros (un mastín, un san bernardo y un chihuahua), los cuales se lanzaron a ladrar y olfatear, frenéticamente, al señor Archundia. Éste aceleró un poco el paso y, cuando todos los niños en un patio escolar comenzaron a señalarlo y a reír por causa de su aspecto, aceleró aún más, hasta llegar a las puertas del edificio 1000 de la calle Salvador, donde registró su entrada ante un sorprendido guardia de seguridad, al parecer indeciso entre ignorar o detener a aquél hombre.

Una vez en su oficina, habiendo atravesado un pasillo flanqueado por cubículos en los que todos se levantaron del asiento al verle pasar, el señor Archundia cerró la puerta detrás de sí y ocupó su cómodo sillón ergonómico. Ya más tranquilo, tiró de la típica palanca para inclinar el respaldo y, deslizó la mirada sobre el gran cuerno de rinoceronte que emergía de su rostro, hasta hacerla descansar en la espléndida punta en que terminaba.

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