En La ciudad de la furia, Gustavo observa a la entraña abierta del cielo y siente que el pavimento es su piel. Los edificios se levantan como rangos irresueltos y un movimiento avasallante le murmura con fiebre: «Pronto vamos a verle».

Las señales se oscurecen ante el paso de una sombra suicida, sexual, asesina, que avanza y crece contra la calma –de terraza en terraza, calle en calle, temor en temor–, acariciando a los colores de la tarde hasta disolverlos con un viento salvaje, que es la noche y que es Ícaro, cayendo como una furia y buscando prendas de luz para desgarrar, igual a un ave de presa.

Una mujer se descubre entonces azul y desnuda, lo mismo que Buenos Aires, mientras la piel de unos y otros se va descubriendo sensible, a su vez, a un destino que les pasa por encima y les murmura sobre el rostro: «es la furia lo que vuelve».

Con el alba comienza la muerte: comienza el declive de una noche que de pronto se ve atravesada por luces que le rasgan en la altura y que le traen hacia el suelo, “como a una flecha salvaje”, entre fuegos que penetran a sus alas y a las calles, dibujando mapas móviles de sombras remanentes, entre las cuales Gustavo reencuentra a la mujer azul, ya casi desapareciendo tras la niebla y ocultando entre las piernas a una última morada de la noche, como si fuese la tierra para un hombre alado que extraña dormir al amanecer en ella: en esa sombra final que le trae de vuelta a la ciudad de la furia, antes que todos despierten…

 

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