No hacen falta las palabras. No hay que estar cerca del cielo para poder pintar corazonadas. No necesito los dedos, escribo con mis sueños, no con las manos. ¿Por qué es todo tan pleno? Cambio.

Vivo las embriagadas apariencias que me acogen, las siento, las percibo; embriagadas consecuencias. Cuando cambio mi destino en los rincones, cuando escribo, todo crece, mis ojos se hacen grandes y miran constelaciones de colores, aromas, pasiones cambiando. Cambio.

No son nada ya los versos, sólo entrometidos pasajeros. Me persiguen, los acepto, y así me la llevo, colocando, moviendo, andando. Cambio.

Eso eso lo que quiero, lo que hago, deslizarme lentamente por el espacio, transgredirme, caminar entre aires distintos y extraños, perderme entre colores, entre calles, entre años. Vago cuando cambio, cuando percibo, cuando duermo adentro desnudo. Cambio.

Soy un indigente precavido, dejo migajas para no olvidar mis pasos. La gente me mira, yo sólo los miro cantando. Ya no sé como es el ocre, color de colores del destino, después de soñar azul turquesa. A veces sólo duermo y sueño con los bosques de la inexistencia, con la no creación. Pero qué imaginación tan insistente, si cuando miro el mundo ya se mueve de otro modo, si cambia como cambio. Cambio.

No hay por qué precipitarse, las uvas no son vino en instantes, ni las flores nacen de repente. ¿Cuándo cambio? Cuando el cambio es cambiado y el transitar transitado. Cambio.

Y heme aquí otra vez, jugando con el tiempo y el espacio, con las luces, con los pasos. Y de nuevo no hacen falta las palabras ni sirven de nada las manos, mientras estoy otra vez lejos del cielo. ¿Y ahora qué hago?, ¿ya termino?, ¿cómo terminar si apenas se está comenzando? Y así se me va la vida, de aquí para allá, revoloteando en el bello remolino de la incertidumbre, hasta el día en que finalmente ocurre el cambio, y para ese entonces ya cambié.

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