En nosotros cohabitan un millón de mares surgidos desde todos los tiempos en la región del mundo. De ellos somos nosotros: habitantes de los océanos. Entre cada época y cada ola se han enseñado moral y valores, tradición e historia rígida que, a pesar de su dureza y exclusión, algo dice de todo aquello que nos conforma. Hemos sido partícipes de las hazañas más increíbles en todos los aspectos: se han hecho guerras devastadoras, aniquilamientos masivos, conquistas de todo tipo, torturas, sacrificios, colaboraciones inmensurables con fines de procurar bienes a necesitados, etcétera. Y entre todos esos aconteceres necesarios para el hombre vacilante, a causa de la falta de sentido, se han creado otras millones de ilusiones que nos han permitido mantenernos a flote.

No es que en sí mismo el hombre no pudiera prosperar en el vaivén de las olas, sino que ese ir sin dirección por carencia de norte le hizo pensar en las estrellas como orientadoras. Queríamos tierra y no sólo mar, queríamos balsas y gigantescos barcos para navegar, no nuestros cuerpos deslizándose entre las aguas. Y de ese querer, de ese pensar en tierra nos inventamos una, porque esa sensación de errancia, ese malestar nos producía un sufrimiento insoportable, duda ante la vida de mar ¿quién soy yo?, ¿de dónde he venido?, ¿a dónde iré cuando muera? y ¿qué sentido tiene mi constante movimiento en este azul inmenso? Ninguno; del azar; aún no se sabe… no hay sentido. Esas fueron las respuestas dadas y volvimos a preguntar ¿por qué? Porque esto es vida, nada en ella es necesario; es movimiento constante, fluir, sentir, simplemente… vivir.

Pero ¿cómo he de vivir solo, sin necesidades, sin sentido? Has de haber nacido sin conciencia o habrás de perderla poco a poco, tener mala memoria o aprender a vivir nada más ¡No! Exclamamos todos. Yo sé que me mientes voz engañosa, genio maligno, ser de oscuridad. Debe haber algo por lo que yo esté aquí, pues mi existencia es más valiosa que el azar y debo tener algún fin ¿Qué caso tendría entonces que yo viviera, voz insensata? Soy mejor que todo eso que me dices y puedo más que “nada”. Con recelo a las respuestas y con una vanidad anhelante de valor, nació en nosotros un optimismo decadente. La vida perdió su ritmo, las sensaciones debieron restringirse a los sentidos y el sufrimiento se condenó a ser aniquilado en los mayores sitios posibles y en la menor cantidad de tiempo.

¿Será que el optimismo es lo único que queda en la tristeza, en la soledad, en el vacío?, ¿qué es el remedio a la nostalgia, la venda perfecta para la herida, la droga más eficiente para mitigar el sufrimiento? Sufrimiento causado por una excesiva valoración del yo; sufrimiento maldecido y malpensado que odiamos sin escrúpulo ni consideración. Los hombres cansados se empeñan y gastan toda la fuerza que les queda en la inútil esperanza, pues no hay más remedio ante el miedo que acudir a esa expresión tremendamente necesaria de ser apolíneo. Pero ¿qué es la vida, sino sufrimiento? Y no deba mal interpretárseme al respecto, pues no pretendo el victimismo ni la autocompasión. No deseo tampoco retornar a la tragedia, a la melancolía o a un estado nihilista. Más bien quisiera el simple gozo del eterno juego que es la vida.

Hay en el hombre una excesiva dependencia de las formas y conceptos. Todo en el mundo debe justificarse y provenir de la razón, ser comprensible y objetivable para que permanezcamos firmes en la tierra de las ilusiones. Nuestros temores nos han orillado al centro de la tierra como límite entre la razón y la pérdida de la razón; a los bordes está prohibido acercarse y aquél osado que llegase a asomarse a los abismos, se perderá en ellos sin capacidad de regreso, sin posibilidad de retorno. Porque en ellos se advierte una oscuridad inmensa, un espacio o un vacío inalcanzable para cualquier entendimiento. Tenemos miedo a lo desconocido y no porque en aquella zona inexplorada seamos más vulnerables a la muerte, sometidos a las peores torturas o violentados de horribles maneras; pues todas las crueldades son bien conocidas por los hombres. De lo que tenemos miedo es de pensar que cualquier cosa que se encuentre en lo profundo, en lo lejano es absolutamente inexplicable, inaccesible a nuestras categorías lógicas y siempre estará un paso adelante de nuestro entendimiento, eternamente apartado de nuestra conciencia. Nos da miedo no lo peor, sino lo indeterminable, lo aconceptual, todo aquello que no se puede decir de ninguna forma. Y ante el horror de quedarnos callados, de privarnos de representaciones, nos llenamos de esperanza en el futuro y en los descubrimientos que éste nos traiga. Queremos confiar en las ciencias, en nuestras capacidades; deseamos inventar el alumbrado correcto para un día iluminar el abismo. Con la luz queremos encontrarnos con formas descriptibles, halos de significados, por lo menos vestigios de algún sentido que justifique aquel inhóspito lugar y que de paso contribuya al sostén de nuestro propio mundo. Deseamos esto con tal anhelo que hemos llegado a pensar, ilusa y optimistamente, que somos creadores en vez de transformadores.

No queremos vivir sin sentido. No podemos creer, debido a que no hay prueba científica, que los hombres pueden vivir sin que un piso les soporte primero el cuerpo, como flotando sobre la nada, vagando errantes y yéndonos siempre a ninguna parte. Queremos sentido y finales felices o queremos consuelo. Buscamos, entonces, desesperadamente en el mar tierra firme para adoptarla como escenario donde vivir a manera teatral, una obra extraña que no llegará nunca a ser más que una representación de la vida.

Cuando algo no se comprende y la distancia impide el apropiamiento, entonces surge en nuestro pecho la esperanza en el llegar del tiempo, en el acaecer de las horas y con ellas algo que nos traslade a lo que hoy nos resulta inaccesible; pero ¿algún día llegará ese tiempo de luz total? Esperemos que no y que el sufrimiento no se oculte tras las máscaras de tantas ilusiones de hombres cobardes que no se atreven ya a sentir. Y si bien son necesarias las ilusiones, debemos tener cuidado de no perdernos en el reino de la luz absoluta donde todo se vuelve oculto, donde los ojos se ciegan totalmente en el blanco y nuevo abismo.

Las sombras nos advierten que siempre hay algo que no está iluminado: bajo nuestros pies, junto al monstruo oculto bajo la cama o dentro del closet. Es imposible para el hombre alcanzar un saber absoluto porque somos un pequeño fragmento de todo lo que es, una diminuta parte que busca. Quizá algún día encuentre amor en cada una de sus formas de sentir, alegría y no miedo a la libertad; ojalá un día deje de buscar y comience a encontrar que la vida no necesita fines ni sentidos que la justifiquen; esperemos que deje de necesitar de optimismos y oraciones para que por fin comience a vivir.

Bibliografía.

Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia, Trad. Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 2009.

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