Lo recuerdo. El sol pintaba las calles de un anaranjado casi caricaturesco. A pesar de la evidente presencia del verano, el viento recorría mi piel erizando los poros como carne de gallina.

Vivir en la costa es un poco más complicado de lo que la gente piensa. El sol es un demonio que chamusca la mollera, y si eres de esas personas que no soportan ni tantito el ruido nocturno, el vaivén del mar no es el mejor aliado.

Los sueños son la forma más pura del alma; un breve interludio en donde la fibra más fina, y la espada más dura, ablandan el corazón. Esa tarde soñé con Ramón. En mi sueño vi clarito cómo se le despanzurraban las tripas tras el accidente.

No lo había soñado desde entonces. Sólo pensar en ello me provocaba cierta náusea, sobre todo al recordar aquel encabezado: “Hombre muere a causa de la inflación”. Pero lo peor de todo era la imagen del globo volando a lo lejos, como sacada de una película chafa. Sólo a Ramón se le ocurre cruzar la calle viendo un globo, endiosado por la poética belleza de lo ordinario.

En la playa había más gente de lo normal, tomando en consideración que no eran días de asueto ni ninguna de esas fechas ridículas ─infortunio de los que somos empleados─ que a veces los mexicanos tomamos como pretexto para vacaciones.

Tanto barullo me sacudió la cabeza. Después de una trayectoria de siete años lidiando con gringos borrachos jamás pensé que el Spring break me resultara tan molesto. Compré un coco, me alejé lo más que pude y me senté en la arena.

Las gaviotas son como nosotros, volamos alto aun sabiendo que tarde o temprano tendremos que bajar a pescar para comer. A mí mejor me gusta pensar que soy un águila real o algo así, y que surco el cielo con mis enormes alas hasta la montaña más alta.

Cuando lo noté (debo señalar que mi déficit de atención me impide a veces dar cuenta de lo que ocurre a mi alrededor) la ola humana ya me había alcanzado. Estaba rodeado de personas que platicaban en un inglés aventado y poco elegante. Había también personas jugando con pelotas de playa e incluso un grupo de chavos tocando la guitarra:

But I’m a creep, I’m a weirdo.

What the hell am I doing here?

De pronto, como ráfaga de aire que agita la marea, alguien me preguntó:

─¿No eres de aquí, verdad?

Lo desconcertante no fue la pregunta, sino el ronquete tono de voz.

─Do you speak Spanish? ─disparó de nuevo la voz, como una AK-47 ansiosa por acribillar su objetivo.

─¿Qué? ─dije de manera desconcertada.

─Sabía que no eras gringo, pero más vale preguntar. ¿De dónde eres? Tampoco pareces de la costa.

Cuando había notado lo que ocurría, era demasiado tarde; una chica de piel quemada, ojos verdes y dientes blancos ─la verdad no eran tan blancos─ me hacía la plática, cosa que no pasaba a menudo.

─Soy del DF. ─respondí.

─Ya decía yo. Soy de Puebla, somos vecinos.

Cuando lo dijo sonriendo, supe que no podía dar marcha atrás; estaba atrapado, como los cangrejos en la arena, entre sus ojos y el tono ronco de su voz, el cual, por cierto, en ese momento ya era sensual. Y justo cuando estaba dispuesto a hacer funcionar de manera más eficiente mis cuerdas bucales, ese momento, ese bello y cuasi-perfecto instante bajo la luz de la estrella más cercana a nuestro planeta, fue interrumpido por otra voz femenina.

─Mira lo que compré, Sofía.

Se trataba de una chica chaparrita que portaba un traje de lunares blancos y unas gafas de sol, además de un par de globos de helio con la cara de Hello Kitty.

─¡Globos! ─exclamó encantada la chica que ya se había convertido en más que un rostro, dejando atrás el anonimato.

Entonces la compañera de jerga tomó uno de los globos, lo acercó con premura a Sofía y súbitamente, a causa de un mal cálculo del espacio, la cuerda rozó la mano de la chica y se deslizó hasta perderse en el aire. El globo se elevó tan rápido que no tardaron en soltar la carcajada.

─¡Mensa! ─expresó la chica de los lunares blancos.

Y como comprometida a rendir explicación a tal suceso frente a un extraño, Sofía dijo mientras me miraba, con una sonrisa coqueta:

─¡Qué más da! Todos merecemos ser libres, al menos una vez, antes de morir.

Y en ese momento los ojos verdes se clavaron profundo en mis ojos, y nunca más dejé de verlos; y las olas tocaron mis talones con el agua del Pacífico como buscando refugio; y el sol se escondió por un momento entre las nubes, amoroso y apenado; y el globo se perdió en la inabarcable brevedad de las palabras, igual que mi amigo Ramón, todo en un mismo momento.

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