La balada del anciano marinero” es un poema fundacional de la literatura romántica en lengua inglesa, escrito por Samuel Taylor Coleridge y publicado por primera ocasión en el libro Baladas líricas, en 1798.

ARGUMENTO

Cómo una nave que habiendo cruzado la Línea fue arrastrada por las Tormentas al País helado que está hacia el Polo Sur; y cómo desde ese lugar siguió rumbo hacia las Latitudes tropicales del Gran Océano Pacífico; y de las cosas extrañas que ocurrieron; y de qué forma el Antiguo Marinero regresó a su País.

 

I

 

Es un anciano Marinero,

y detuvo a uno de los tres:

«Por tu barba gris y tus ojos que relucen,

dime, ¿por qué causa me detienes?

Las puertas del Novio están de par en par abiertas

y yo soy pariente suyo;

los Invitados ya se han reunido, la Fiesta está lista,—

oír puedes la alegría del estruendo.»

Mas aún retiene al invitado a la boda—

«Había una Nave,» le dice aquél—

«No, si contarme quieres alguna historia divertida,

¡Marinero! ven conmigo.»

Le retiene con su mano descarnada,

dice aquél: «había una Nave…»

«¡Márchate ya de aquí tú pelmazo de la barba gris!

Que en otro caso habrás de tropezar con mi Cayado.»

Le contempla con sus ojos brillantes—

el invitado a la boda hubo de quedarse quieto

y escucha como un niño de tres años;

el Marinero consiguió lo que quería.

El invitado a la boda se sentó sobre una piedra,

salvo oír nada podía:

y así siguió hablando aquel anciano,

aquel Marinero de ojos relucientes.

 

«A la Nave se le puso el aparejo, dejamos el Puerto—

con cuánta alegría pasamos

bajo la Iglesia, bajo el Monte,

bajo el promontorio del Faro.

«El Sol surgió del lado izquierdo,

del mismo Mar surgió:

y brilló con fuerza, y por la derecha

se sumergió en el Mar.

«Más y más alto cada día,

hasta que sobre el mástil, a mediodía—»

el invitado a la boda en este punto se dio un golpe en el pecho,

porque había oído el estruendo del fagot.

La Novia entrado había en el Pórtico,

roja va como una rosa;

inclinando las cabezas avanzan ante ella

los Músicos alegres.

El invitado a la boda se dio un golpe en el pecho,

mas salvo oír nada podía:

y así siguió hablando aquel Anciano,

el Marinero de ojos relucientes.

«¡Escucha, Desconocido! Tempestad y Viento,

¡Un fuerte Viento y una Tempestad!

Durante días y semanas sometiéndonos a su capricho

como Paja íbamos arrastrados.

«¡Escucha, Desconocido! Bruma y Nieve,

Un frío asombroso nos envolvía:

Hielo de la altura del mástil llegaba flotando

verde como Esmeralda.

«Y a través de las corrientes las cumbres nevadas

enviaban sus lúgubres brillos;

ni formas humanas ni de bestias conocimos—

por todas partes estaba el Hielo.

«Hielo a un lado, Hielo al otro,

Hielo por todas partes:

crujía y gruñía, y rugía y aullaba—

como en los sonidos de un desmayo.—

«Al cabo por allí cruzó un Albatros,

a través de la Niebla vino;

y como si fuera el Alma de un Cristiano,

le saludamos invocando el nombre de Dios.

 

«Los Marineros le dieron galleta llena de gusanos,

y volaba dando vueltas y vueltas:

el Hielo se quebraba con el ruido de un Trueno;

el Timonel nos guió a través de aquellas aguas.

«Y un buen viento del sur comenzó a soplar de popa,

el Albatros nos seguía;

y cada día, fuera por querer comida, fuera por juego,

¡acudía al oír la llamada del Marino!

«Entre la bruma y las nubes, sobre el mástil o los lienzos

se posó durante nueve vísperas,

mientras durante toda la noche a través de la blancura de la niebla

relucía la blancura de la luz de la luna.»

«¡Qué Dios te guarde, anciano Marinero!

De los demonios que de ese modo te atormentan—

¿Por qué tienes ese aspecto?» …«con mi ballesta

maté al Albatros.»

 

II

 

«El Sol surgió del lado izquierdo,

del mismo Mar surgió;

y ancho como un gallardete en las jarcias a babor

se sumergió en el Mar.

«Y el buen viento del sur seguía soplando de popa,

más no había Pájaro tranquilo que siguiese

¡ningún día en pos de alimento o bien por juego

acudía al oír la llamada del Marino!

«Y yo había cometido una acción demoníaca

que no habría de traer sino desdichas:

pues para decirlo todo, había dado muerte al Ave

que hacía que la Brisa soplara.

«Ni tenue, ni rojo, como la cabeza misma de Dios,

el Sol glorioso se elevó:

entonces todos declararon que yo había matado al Ave

que había traído a la niebla y a la bruma.

Que bien estaba, dijeron, a tales pájaros matar

que traen niebla y bruma.

«Soplaron las brisas, se agitaba la blanca espuma,

libre seguía el surco:

éramos los primeros que por vez primera irrumpíamos

en aquel Mar silencioso.

 

Al cabo se detuvo la brisa, las Velas se destensaron,

fue cosa tan triste como triste pueda ser

y hablábamos por romper tan sólo

el silencio del Mar.

«Rotundo en un cielo caluroso y cobrizo

el sol sangriento al mediodía

se alzaba justo sobre el mástil,

sin ser más grande que la luna.

«Día tras día, un día tras otro,

nos quedamos quietos, ni soplo ni movimiento,

tan quietos como un Barco en un dibujo

en un Océano dibujado.

«Agua, agua, por todos lados,

y todas nuestras planchas encogían;

agua, agua, por todos lados

y ni una sola gota que beber.

«Hasta las mismas profundidades se pudrían: ¡Ay Cristo!

¡Que todo esto llegase a acontecer!

Pues sí, cosas viscosas con patas se arrastraban

por el Mar viscoso.

«Alrededor, alrededor, con empeño y desorden

los fuegos de la Muerte danzaban por la noche;

el agua, semejante a los ungüentos de una bruja,

ardía de verde y de azul y de blanco.

«Y algunos en sueños fueron advertidos

acerca del Espíritu que así nos atormentaba:

a nueve brazas de profundidad nos había seguido

desde la Tierra de la Bruma y la Nieve.

«Y cada lengua por la total falta de agua

se había agostado desde la raíz;

no podíamos hablar mejor que si

estuviésemos atragantados con hollín.

«¡Ay, qué gran desdicha! qué miradas malignas

recibí de viejos y de jóvenes;

en lugar de la Cruz al Albatros

colgaron de mi cuello.»

 

III

 

«Vi algo en el Cielo

que no era mayor que mi puño;

al principio parecía una mota pequeña

y luego se fue convirtiendo en una figura nebulosa:

se movía y se movía, y al fin tomó

una forma concreta, bien la conocía.

«¡Una mota, una figura nebulosa, una forma, bien conocida!

y seguía acercándose,

y acercándose; y, si acaso anunciaba algún cúmulo de aguas,

se sumergió, y viró, y cambió de rumbo.

«Con la garganta reseca, con los labios negros y abrasados

no podíamos reírnos, ni quejarnos:

entonces, mientras por sed todos mudos permanecían

me mordí el brazo y me chupé la sangre

y di la voz: ¡Vela a la vista! ¡Vela a la vista!

«Con la garganta reseca, con los labios negros y abrasados

con la boca abierta me oyeron gritar:

¡A Dios gracias! de júbilo pudieron sonreír

y todos a un tiempo el aliento contuvieron

mientras todos aplacaban su sed.

«No se bamboleaba de un lado a otro—

para hacernos allí trabajar tranquilamente

sin viento, sin corrientes,

se queda con la quilla bien derecha.

«Las olas de poniente estaban en llamas por completo,

¡el día ya casi había acabado!

Casi en lo alto del oleaje de poniente

se detenía el Sol ancho y luminoso

cuando de pronto aquella forma extraña se interpuso

entre nosotros y el Sol.

«Y de pronto el Sol se empañó detrás de unos barrotes

(Que la madre celestial se apiade de nosotros)

como si tras las rejas de un calabozo nos mirase

con un rostro ancho y ardiente.

«¡Ay! (pensé yo, y mi corazón latió con fuerza)

¡Cuán deprisa se acerca y se aproxima!

¡Son esas sus Velas, las que miran hacia el Sol

como telarañas incansables?

«¡Son estas sus costillas desnudas, que empañaron

al sol que tras ellas nos miraba?

¿Y son estos dos toda, toda su tripulación,

esa mujer y su descarnado Compañero?

«Sus huesos eran negros, llenos de grietas,

todos desnudos y negros, de tal opinión era;

de azabache y mondos, salvo allí donde carcomidos

por los mohos de la humedad, y la costra del osario

se cubrían de parches de púrpura y de verde.

«Sus labios son rojos, despejada su mirada,

sus bucles amarillos como el oro:

su piel blanca como la lepra,

y mucho más se parece a la Muerte que su acompañante;

helado al aire calmo vuelven sus carnes.

El desnudo Casco se acercó a nuestro costado

y la Pareja aquella jugaba a los dados;

«¡El Juego ha terminado! ¡He ganado, he ganado!»

dice ella, dando tres silbidos.

«Un soplo de viento se levanta a popa

y silba entre sus huesos;

por los huecos de sus ojos y por el hueco de su boca

silba a medias y a medias gime.

«Sin un solo susurro del Mar

Allá se aleja deprisa la espectral Nave;

mientras surgen por encima de las rejas del Oriente

los cuernos de la Luna, con una Estrella reluciente

casi entre sus puntas.

«Uno tras otro bajo los cuernos de la Luna

(¡Escúchame, oh desconocido!)

todos volvieron sus caras con una mueca de dolor agudo

y me maldijeron con su mirada.

«Cuatro veces cincuenta hombres con vida,

sin un solo suspiro, sin una sola queja,

dando un gran golpe, como una masa sin vida

fueron cayendo uno tras otro.

«Sus almas se escaparon de sus cuerpos,—

volaron hacia la bienaventuranza o la perdición

y cada una de las almas pasó a mi lado,

como el zumbido de mi Ballesta.»

 

IV

 

«¡Te tengo miedo, anciano Marinero!

Me da miedo tu mano descarnada;

Y además eres larguirucho, y flaco, y muy tostado

como lo es la ondulada arena del Mar.

«Te temo a ti y a tus ojos relucientes

y a tu mano descarnada tan oscura—»

 

«¡No temas, no temas, invitado de la boda!

Que no cayó sin vida este cuerpo.

«Solo, solo, en verdad completamente solo

solo en la ancha inmensidad del Mar;

y Cristo no habría de tener compasión

de mi alma en agonía.

«¡Tantos hombres tan hermosos,

y todos ellos yacían muertos!

Y un millón de millones de cosas repugnantes

seguían vivas—como yo.

«Miré hacia el Mar putrefacto,

y al instante retiré los ojos;

miré hacia la cubierta fantasma,

y allí yacían los muertos.

«Miré al Cielo, e intenté rezar;

mas en cuanto había terminado una oración,

un susurro maligno me alcanzaba y me volvía

el corazón tan seco como el polvo.

«Cerré los párpados y los mantuve bien cerrados,

hasta que los globos de los ojos me latían intensamente;

porque el cielo y el mar, y el mar y el cielo

sobre mis ojos cansados pesaban como una carga insoportable,

y los muertos estaban a mis pies.

«El sudor frío se fundía en sus cuerpos:

ni se descomponían, ni apestaban;

la mirada con la que me contemplaban,

nunca jamás se me ha olvidado.

«La maldición de un huérfano al Infierno arrastraría

a un espíritu de lo alto:

Mas, ¡ah!, ¡más terrible es que todo eso

la maldición de los ojos de un muerto!

Durante siete días y siete noches contemplé aquella maldición,

y a pesar de ello morir no pude.

«La Luna inquieta caminaba por el cielo

y en ningún lugar se detenía:

con calma iba ascendiendo

con una estrella o dos al lado.

«Sus rayos imitaban el sofoco de las aguas,

como escarcha matutina se extendían;

mas allí donde se extendían la sombra enorme del barco,

las aguas encantadas siempre ardían

con un rojo tranquilo y terrible.

«Más allá de la sombra del navío

contemplaba las serpientes de las aguas:

se movían dejando estelas de blanco resplandor;

y cuando se erguían, la luz encantada

se convertía en copos canos.

«Dentro de la sombra del navío

contemplaba su atavío tan suntuoso:

azules, de un verde brillante, y de negro terciopelo

se enroscaban y nadaban, y cada estela

era un relámpago de fuego dorado.

«¡Ah felices criaturas vivientes! no hay lengua

que declarar pueda su belleza:

¡un torrente de amor brotó de mi corazón,

y las bendije sin haberme dado cuenta!

De seguro que mi santo patrón se apiadó de mí,

y las bendije sin haberme dado cuenta.

«En aquel preciso instante fui capaz de rezar;

y de mi cuello entonces liberado

se desplomó el Albatros, y se hundió

como plomo en el mar.»

 

V

 

«¡Oh sueño, en verdad eres bendita cosa,

amado del uno al otro polo!

A la Virgen María gracias sean dadas

que del cielo envió el amable sueño

que se deslizó en mi alma.

«Los tristes cubos en cubierta

tanto tiempo habían permanecido,

soñé que estaban llenos de rocío

y cuando me desperté estaba lloviendo.

«Tenía los labios mojados, tenía fría la garganta,

toda la ropa empapada tenía;

de seguro que había bebido en sueños

y que mi cuerpo aún seguía bebiendo.

«Me moví y no fui capaz de sentir mis miembros,

me sentía tan ligero, que casi

pensé que me había muerto en sueños,

y me había convertido en un Espíritu bienaventurado.

«¡El rugir del viento! rugía allá a lo lejos,

y a acercarse no llegaba;

mas con su ruido las velas se agitaron

aunque estaban tan raídas y resecas.

«En lo más alto el aire estalla en vida,

Y un centenar de lustrosos gallardetes

de un lado a otro se agitan con premura;

Y de un lado a otro, y yendo y viniendo

entre ellos bailan las estrellas.

«El viento que se acerca ruge con mayor fiereza;

suspiran las velas, como juncos en el agua:

la lluvia a mares se derrama desde una nube negra

y tan solo se ve un borde de la Luna.

«¡Escucha!, ¡escucha!, se ha rasgado la densa nube negra,

y la Luna se encuentra en su costado:

como las aguas que desde un alto risco se desploman,

el relámpago cae sin dar un sólo quiebro,

un río ancho y escarpado.

«El viento fuerte alcanzó la nave: ¡rugió

y cesó, cayó como una piedra!

Bajo los relámpagos y la luna

los muertos lanzaron un gemido.

«Gimieron, se alborotaron, se levantaron todos,

no hablaban, ni movían los ojos:

habría sido extraño, hasta en un sueño

haber visto a aquellos muertos levantarse.

«El timonel mantuvo el curso, la nave seguía en movimiento;

mas no soplaba brisa alguna;

los Marineros, todos se pusieron a atender las jarcias,

allí donde estaban sus puestos:

alzaban sus miembros como herramientas sin vida—

éramos una espectral tripulación.

«El cuerpo del hijo de mi hermano

se alzaba codo con codo junto a mí:

el cadáver y yo halábamos de la misma jarcia,

mas nada me decía—

¡y yo me estremecía al pensar que mi propia voz

habría de ser temible!

 

«Con la aurora llegó la luz del día—dejaron caer los brazos,

y se apiñaron en derredor del mástil:

dulces sonidos brotaron lentamente de sus bocas

y fueron saliendo de sus cuerpos.

«Dando vueltas, dando vueltas, volaba cada dulce sonido,

y entonces se afanaba hacia el sol a toda prisa:

lentamente los sonidos regresaban

ya mezclados, ya uno a uno.

«A veces como si fuera cayéndose del cielo

a la Alondra oí cantar;

A veces todos cuantos pajarillos hay

parecían llenar el mar y el aire

con su dulce parloteo.

«Y entonces fue como si tocaran todos los instrumentos,

ahora como una flauta solitaria;

y luego como la canción de un ángel

que hace enmudecer los cielos.

«Cesó: mas aún las velas siguieron produciendo

un ruido agradable hasta que llegó el mediodía,

un ruido como el de un arrollo oculto

en el boscoso mes de junio,

que a los dormidos bosques cada noche

canta una canción que arrulla su reposo.

«¡Escucha, ah, escucha, Invitado de la boda!»

«¡Marinero! se ha realizado tu deseo:

porque eso que brota de tus ojos, provoca

que a mi cuerpo y mi alma quietos se queden.»

«Nunca se contó cuento más triste

a un hombre nacido de mujer:

¡más triste y más sabio serás tú, invitado de la boda!

Habrás de levantarte para ver el alba del mañana.

«Nunca se escuchó cuento más triste

por un hombre nacido de mujer:

todos los Marineros volvieron a sus labores

tan silenciosos como antes.

«Los Marineros se pusieron a tensar las jarcias,

mas ninguno a mí quería mirarme;

pensé yo: soy delgado como el aire—

y no pueden contemplarme.

«Hasta mediodía en silencio seguimos navegando

mas ni un atisbo de brisa soplaba:

lenta y suavemente se movía el barco

avanzaba hacia delante impulsado por abajo.

«Bajo la quilla a la profundidad de nueve brazas

desde la tierra de bruma y de la nieve

aquel espíritu se deslizaba: y era Él

el que hacía avanzar la Nave

Las velas a mediodía abandonaron sus compases

y el Buque del mismo modo se detuvo.

«El sol justo sobre el mástil

lo había anclado en el océano:

mas al cabo de un minuto comenzó a agitarse

con un súbito e intranquilo movimiento—

atrás y adelante en la mitad de su eslora

con un súbito e intranquilo movimiento.

«Luego, como al soltar las riendas de un caballo que piafa nervioso,

dio un salto repentino:

se me subió toda la sangre a la cabeza,

y caí en un desmayo.

«Cuanto tiempo permanecí en aquel estado,

es cosa que no es preciso contaros;

mas antes de que regresase la fuerza de la vida,

oí y en mi espíritu discernir pude

dos voces en el aire.

«’¿Es este aquél?’ decía una, ‘¿Es este ese hombre?’

‘Por aquel que murió en la cruz,

que con su cruel ballesta hizo que para siempre tendido quedase

el inofensivo Albatros.’

«’El espíritu que mora solitario

en la tierra de la bruma y de la nieve,

amaba al ave que amaba al hombre

que con su ballesta le dio muerte.’

«La otra era una voz más dulce,

tan dulce como un rocío de mieles:

dijo que aquel hombre había hecho penitencia,

y que más penitencia aún de hacer habría.»

 

VI

PRIMERA VOZ

 

‘Más cuéntame, cuéntame! vuelve a hablar,

renueva tu tranquila respuesta—

¿Qué es lo que hace que el buque avance tan deprisa?

¿Qué es lo que el Océano hace?’

 

SEGUNDA VOZ

 

‘Inmóvil como un Esclavo ante su Amo,

el Océano no mostraba fuerza alguna:

su gran ojo reluciente en el mayor de los silencios

hacia la luna ha dirigido—

‘Si poder supiera qué rumbo tomar,

pues le guía con suavidad o con rudeza.

Mira, hermano, mira! con cuánta gracia

le contempla allí debajo.’

 

PRIMERA VOZ

 

‘¿Mas qué es lo que impulsa al buque tan de prisa

sin que haya olas ni viento?’

 

SEGUNDA VOZ

 

‘El aire queda cortado allá delante,

y se cierra a sus espaldas.

‘¡Vuela, hermano, vuela! más alto, más alto,

que si no nos veremos retrasados:

porque más y más despacio habrá de navegar el buque,

cuando el trance del Marino amaine.’

«Desperté, y seguíamos navegando

como en tiempo de bonanza:

era de noche, una noche en calma, la luna estaba en lo alto;

los muertos se pusieron en pie todos juntos.

«Todos juntos en pie sobre cubierta,

que mejor hubiera sido osario y calabozo:

y en mí clavaron sus petrificados ojos

que a la luz de la luna relucían.

«El dolor, la maldición con que murieron,

jamás cesó completamente:

y no podía apartar mis ojos de los suyos

ni rezar levantándolos al cielo.

«Y en aquel instante se rompió el encantamiento

y pude mover los ojos:

dirigí la vista adelante hacia lo lejos, mas vi poco

de aquello que podría haberse contemplado.

«Como aquel, que en un camino solitario

anda lleno de miedos y temores,

y habiéndose una vez dado la vuelta sigue andando

y nunca más habrá de volver la vista atrás:

porque sabe que un demonio espantoso

con paso firme se aproxima a sus espaldas.

«Mas pronto sopló el viento sobre mí,

sin hacer sonido ni movimiento alguno:

no se sentía sobre el mar su paso

ni en las olas, ni en las sombras.

«Me levantó el cabello, me abanicó en la mejilla,

como una brisa del prado en primavera—

se entremezcló de forma extraña con mis miedos

y como una bienvenida se sentía sin embargo.

«Deprisa, deprisa empezó a volar el barco,

y no obstante navegaba suavemente:

dulcemente soplaba la brisa dulcemente—

solo sobre mí soplaba.

«¡Ah sueño lleno de alegría! ¿En verdad es este

que veo el promontorio del faro?

¿Es éste el Monte? ¿Es esta la Iglesia?

¿Es éste mi país de nacimiento?

«Hicimos deriva por la barra del Puerto,

y yo rezaba entre sollozos—

¡Oh Dios mío, ojalá que esté despierto!

¡O permíteme que duerma para siempre!

«La bahía del puerto estaba clara como el cristal,

¡Con tanta tranquilidad en aquel punto se extendía!

Y en la bahía iluminada por la luz de la luna,

la sombra de la luna se acostaba.

«La claridad de la luna iluminaba toda la bahía

hasta que levantándose de ella,

una multitud de formas, que no eran más que sombras,

como saliendo de antorchas se acercaron.

«A poca distancia de la proa

aquellas sombras se tornaron rojo oscuro;

mas al poco observé que mi propia carne

estaba encendida en un rojo resplandor.

 

«Volví la cabeza lleno de miedo y de temores,

y por la santa cruz,

los cadáveres habían avanzado y entonces

en pie se alzaban ante el mástil.

«Levantaron sus rígidos brazos derechos,

los mantuvieron extendidos, rígidos;

y cada brazo derecho ardía como una antorcha,

una antorcha que se sostiene en alto.

Sus ojos petrificados seguían reluciendo

bajo la luz rojiza tamizada por el humo.

«Recé y volví la cabeza hacia otro lado

mirando al frente como antes.

No había brisa en la bahía,

no rompían las olas en la orilla.

«Brillaba el resplandor del acantilado, y no menos la iglesia

que se alza sobre el acantilado:

la luz de la luna en el silencio destacaba

a la veleta inmóvil.

«Y blanca estaba la bahía bajo la luz silenciosa,

hasta que alzándose de ella

una multitud de formas, que sombras eran,

se acercaron con sus colores carmesíes.

«A escasa distancia de la proa

estaban aquellas sombras encarnadas:

volví los ojos hacia la cubierta—

¡Ay, Cristo! ¿Qué es lo que vi yo en aquel sitio?

«Todos los cadáveres estaban tendidos,

sin vida y tendidos; y por la santa Cruz

un hombre que era todo luz, un serafín humano

de pie estaba junto a cada cadáver.

«Esa reunión de serafines, todos agitando los brazos,

era una visión celestial:

se alzaban como haciéndole señales a la tierra,

cada uno era una luz maravillosa.

«Esa reunión de serafines, todos agitando los brazos,

ninguna voz dejaba escuchar—

ninguna voz; mas ¡Ah! el silencio penetraba

como música en mi corazón.

«Al poco escuché el ruido quedo de los remos,

oí el saludo del piloto:

mi cabeza por fuerza se volvió

y vi como aparecía un bote.

«Entonces todas aquellas luces maravillosas se desvanecieron;

los cadáveres a alzarse se volvieron:

con pasos silenciosos, cada cual a su puesto,

fue volviendo la fantasmal tripulación.

El viento, que no hacía visos ni hacía movimiento,

sobre mí solo soplaba.

«Al piloto y al muchacho del piloto

escuché acercarse a toda prisa:

¡Señor del Cielo! que alegría,

que los muertos no pudieron hacer eco.

«Vi a un tercero—oí su voz:

¡Era el buen Ermitaño!

Canta con voz potente sus himnos llenos de bondad

que compone en el bosque.

Otorgará el perdón a mi alma, lavará para siempre

la sangre del Albatros.»

 

VII

 

«Ese buen Ermitaño vive en aquel bosque

cuyas laderas bajan hasta el mar.

¡Con cuánta fuerza eleva su voz dulce!

Le gusta hablar con los Marinos

que vienen de un País lejano.

«Se arrodilla al alba, al mediodía, y por la tarde—

tiene un hermoso cojín:

el musgo, que esconde por completo

el viejo tocón del Roble carcomido.

«Se acercó el Esquife: les oí hablar,

‘¡Vaya, qué extraño, me parece!

¿Dónde están aquellas luces, tantas y tan bellas

que ha poco hacían señales?’

‘¡A fe mía que es extraño!’ dijo el Ermitaño—

‘Y no han dado respuesta a nuestros gritos.

Las tablas están torcidas, y mirad esas velas

¡cómo están de raídas y resecas!

jamás vi nada a ellas parecido

sino acaso quizá.

‘Los esqueletos de las hojas rezagadas

a lo largo del arroyo de mi bosque:

cuando la hiedra está cargada de nieve,

y ulula el Búho al lobo que debajo

devora los lobeznos de la loba.’

‘¡Señor del Cielo! tiene una diabólica apariencia—

(respondió así el Piloto)

‘Estoy amedrentado.’—¡Adelante, adelante!’

dijo el Ermitaño alegremente.

«La Barca se acercó a la Nave,

¡Mas yo no me moví ni dije una palabra!

La Barca llegó a estar bajo la sombra de la Nave,

¡Y un sonido apagado se escuchó entonces!

«Bajo las aguas atronaba,

cada vez con mayor fuerza y mayor miedo:

llegó a la Nave, le quebró la crujía;

la Nave se hundió como si de plomo fuese.

«Aturdido por aquel ruido temible y poderoso,

que afligió al cielo y al océano:

como aquel que ya hace siete días que se ha ahogado

mi cuerpo quedó a flote:

mas, con la rapidez de un sueño, me encontré de pronto

en la barca del Piloto.

«En el remolino, donde la Nave se había hundido,

la barca daba vueltas

y más vueltas: y todo estaba en silencio, salvo el monte

que se hacía eco del sonido.

«Moví los labios: el Piloto se estremeció

y cayó al suelo en un desmayo

El santo Ermitaño alzó los ojos

y se puso a rezar desde su asiento.

«Cogí los remos: el muchacho del Piloto,

que en aquel punto se había vuelto loco,

se rió a voces durante un largo rato, y mientras tanto

sus ojos iban de una lado para otro,

‘¡Ja! ¡ja!—nos dijo—’ahora veo a las claras,

que sabe remar este demonio.’

«Y entonces en mi País de origen,

¡pisé al fin la tierra firme!

El Ermitaño salió entonces de la barca,

y a duras penas en pie podía mantenerse.

«¡Ah, confesión, confesión, Hombre bendito!

El Ermitaño frunció el ceño—

 

‘Dime al punto,’ me dice, ‘te exijo que me digas

qué clase de hombre eres tú.’

«Al instante todo mi cuerpo se contrajo

en una agonía dolorosa,

que me obligó a comenzar mi relato

y solo entonces quedé yo liberado.

«Desde entonces en hora incierta,

unas veces con frecuencia, otras veces se demora

esa angustia me alcanza y a contar me obliga

mi aventura espeluznante.

«Voy, como la noche, de un lugar a otro;

tengo un extraño don de la elocuencia;

y en el instante en que veo su rostro

sé cuál es el hombre que habrá de escucharme;

a ése le cuento mi relato.

«¡Qué gran estrépito estalla en esa puerta!

Allí están los Invitados de la boda;

mas en la enramada del Jardín la Novia

y las Damas de la novia están cantando;

y escucha: la campanilla de las Vísperas

que me pide recogerme en oración.

«¡Ah, Invitado de la boda! este alma ha estado

sola en un mar ancho, muy ancho:

tan solitaria estuvo, que el mismo Dios

apenas parecía estar en aquel sitio.

«Ah, más dulce que la fiesta de la Boda,

mucho más dulce me resulta

ir caminando hacia la Iglesia

con una buena compañía.

«Ir caminando hacia la Iglesia

y rezar todos juntos,

mientras cada cual ante su padre celestial se inclina,

viejos, y niños, y amigos que se quieren,

y Jóvenes, y Doncellas alegres.

«¡Adiós, adiós! ¡mas todo esto te cuento

a ti, invitado de la boda!

Bien reza quien bien ama

tanto a los hombres como a las aves y a las bestias.

«Mejor reza quien mejor ama,

todas las cosas grandes y pequeñas:

pues el Dios al que amo, que nos ama a nosotros,

creó y ama todo cuanto existe.»

El Marino, que tiene los ojos relucientes,

que tiene la barba cana por la edad,

se ha marchado; y entonces el invitado de la boda

se volvió de la puerta del novio.

Se fue, como aquel que queda aturdido

y ha perdido el sentido todo:

convertido en un hombre más triste y más sabio

se levantó a la mañana siguiente.

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