Hay algo permanente en mi cabeza, algo perpetuo, algo eterno… siempre toca una orquesta.

Cada día de esta existencia sale el sol que no me toca, más bien es la noche pasajera que baña mis pulmones, la que oxigena y nutre.

Un mundo gira ante mis ojos, composiciones de colores, cantos, sentidos, y sin embargo, todo un mismo color. Llenan luces las retinas, deslumbran, ¿dónde está la noche? aquí en el corazón, ¿dónde está la brisa? en los ojos húmedos ¿y la voz enloquecida?

Me he dado cuenta de la perfección del mundo, cada nota en su instrumento, cada orquesta y su maestro, y miles de sonidos impregnados en el aire, flotando, agrupados y libres, componiendo melodías.

A veces en sueños, lagrimas en los ojos, cuando miro lo bello, lo puro, perfecto; a veces en realidad. Y suspiros nocturnos escapan mientras callo, mientras enloquezco. Es entonces cuando el aire de adentro se calma y en la nada total, en el secreto del alma, oigo sonar en mi cabeza el más grande concierto: escucho la orquesta del silencio.

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