El odio al «mundo», la maldición de los afectos, el miedo a la belleza y a la sensualidad, un más allá inventado para calumniar mejor el más acá, en el fondo un anhelo de hundirse en la nada, en el final, en el reposo, hasta llegar al «sábado de los sábados» –todo esto, así como la incondicional voluntad del cristianismo de admitir valores sólo morales me pareció siempre la forma más peligrosa y siniestra de todas las formas posibles de una «voluntad de ocaso»; al menos, un signo de enfermedad, fatiga, desaliento, agotamiento, empobrecimiento hondísimos de la vida, –pues ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya que la vida es algo esencialmente amoral, –la vida, finalmente, oprimida bajo el peso del desprecio y del eterno «no», tiene que ser sentida como indigna de ser apetecida, como lo no-válido en sí.

Nietzsche, Friedrich. El nacimiento de la tragedia.

Cuando el pensamiento helénico avanzaba con potencia de huracán y suavidad de cincel sobre el mármol; cuando la violencia animal se desataba en lucha por la sobrevivencia; cuando el hombre se incorporaba del barro y cortaba la cantera… Entonces, el territorio neural poseía inacabables parcelas; la libertad era aire y agua, sol o lluvia, uno u otro dios. El camino natural del hombre estaba trazado con mucha claridad, era cualquier punto de lontananza; era su riesgo recorrerlo. El erotismo poseía la delicadeza animal, como la de las aves u otras especies; la sexualidad, plenitud; goce y naturaleza.

Ya había superado el humano obstáculos genéticos; sabía cómo procrear hijos robustos, cómo reproducirse; las diferencias de género no eran por la anatomía de los genitales; la sexualidad era resultado de las diferencias naturales expresadas en diversidad de relaciones libres. Los hombres eran adoradores de dioses o semidioses en la dimensión de un tiempo que ya no existe; los animales, las plantas y el humano, nacían y morían de la misma forma; sólo había que vivir, la muerte no tenía cabida en el plan de acción de las divinidades, no había más tiempo que el de la vida.

Sin embargo, la mala semilla germinó; el orden invasivo se extendió como lirio acuático en el lago y, asfixió toda forma de vida; todo fue suplantado por las reflejantes hojas y la destellante belleza de la flor morbosa. La pervertida pitonisa del oráculo de Delfos, en su deseo de posesión de “la verdad”, hizo beber a los cretinos gobernantes de la savia maldita, de la planta que fue mala semilla. Con el veneno de la extraña planta, la pitonisa contó otros mitos, acerca de otro dios con descendencia humana, y el rey cambió su ascendencia genética. Él asumió que era hijo de ese dios extraño; ya no más, descendiente de padre y madre terrenales con extravío lunático.

La pitonisa parió hijos y los alimentó con su leche contaminada; su descendencia nació con marcas en la masa encefálica. Como las tortugas, que cuando rompen el cascarón buscan la mar, los hijos de la pitonisa al nacer caminaban hacia los templos del rey para servirle en la mediación sacerdotal. Convocaron ellos, pues, un día, en el frontispicio del magnífico palacio de mármol, a todas las naciones del imperio, para proclamar por siempre y para siempre: ¡Todo el poder temporal y terrenal para el rey y, “la verdad eterna”, para el sacerdote supremo!

Los hombres despertaron de la embriaguez vital y se encontraron frente a caminos que antes no existían; los bosques ya no eran transitables y el tiempo se extendió hasta el apocalipsis, profecía del fin terrenal en libros extranjeros. También el territorio neural fue mancillado por el exilio de los dioses y la imposición de otro, depredador y ávido de sangre humana. El cerebro involucionó degenerando las células nerviosas para agruparlas en regiones, reduciendo su potencial infinito; el orden del mundo erosionó las redes eléctricas neuronales dejando surcos que apagaron la luz que emanaba de la cabeza de los hombres.

La savia venenosa penetró en lo más profundo del pensamiento; cada vez más, encallecía la sustancia neuronal; cada vez, se apagaban luces del portento; la planta maligna cubrió todo de soledad y páramo; ya no había salida.

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