Los plebeyos de los reinos y los imperios se adaptaron a la dominación y a los sueños de opio; en las colonias, las vírgenes blancas como el mármol y los querubines rosáceos poblaron el imaginario del negro y el indio.

Los magníficos corceles jineteados por imponentes capitanes bordaron las leyendas y los mitos que compartieron colonizador y colonizado; dominador y dominado; y se configuró la imponente figura del héroe, el ser legendario, el magnánimo forjador del escudo emblemático del reino.

El ícono del poder benevolente se hizo utopía; ya entonces, la raíz del proceso sincrético había penetrado a tal profundidad que la devoción obnubiló la razón; el negro y el indio confundieron a sus madres con las vírgenes blancas y a los querubines rubios con sus guardas presentes de noche y de día; se imaginaban un linaje proveniente de su apellido, no sabían todavía que ellos no tenían padre y que sus apellidos eran falsos.

Pero la utopía siguió su camino en el mundo etéreo, inaprensible, lejano; la utopía formó y reformó los mundos a su imagen y semejanza; más tarde, en las latitudes donde habitaban los subyugados, las construcciones donde pendían los viejos escudos empezaron a crujir; el tiempo y las lluvias torrenciales reblandecieron los amarres de las vigas.

En esa época, se formaron grupos para abrir caminos en la búsqueda de otro guerrero que los viejos vieron pasar; había salido una mañana lluviosa con su piel cobriza; él cortó la madera monte adentro; arrastró los grandes troncos con sus mulas hasta el centro de la población donde sólo había chozas de palma y calles de terracería. Ya labrada la madera, ésta se utilizó para la construcción de las primeras casas de ladrillo cocido y, en otros lugares, para la edificación de los palacios coloniales.

Hasta ahora se desconoce el paradero del guerrero de piel cobriza; algunos lo vieron en la fiesta del santo patrón en la noche de víspera; otros lo escucharon derribar los árboles que sirvieron de dique en la crecida del río; las curanderas lo invocaban para la sanación de los desquiciados.

Luego, eran tantas las vistas que la comunidad lo abarcó por completo; los pobladores formaban su efigie de barro crudo y, en el verano, las lluvias lo deshacían; pero no había problema para hacer la representación cada año, todos lo pobladores eran iguales a él.

La vieja utopía murió en el olvido; el ser legendario, el héroe que se hizo un anciano desdentado, reencarnó en el nuevo guerrero que los pobladores de la aldea todavía rastrean macheteando la maleza, haciendo caminos en su búsqueda.

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