Autor: Antonio Hurtado

Antonio Hurtado (1824 – 1878) fue un escritor y político nacido en Cáceres, creador de una abundante obra, que pasa por prácticamente todos los géneros de su época, entre los que destaca su prosa, la cual fue premiada por la Real Academia Española.

I

¡Soñé anoche que había muerto!

¿Quién dormido no lo está?

Libre el alma de pasiones

se lanzó a la inmensidad.

¡La inmensidad! ¿Qué es lo inmenso?

Lo que no acaba jamás.

Lo que límites no tiene

y se extiende sin cesar;

Lo que es abismos sin fondo,

o abismo que al cielo va;

Lo que establece una suma

que no se puede sumar;

pues incógnita escondida

más allá de lo ideal,

en abstracción poderosa

por solución llega a dar

una cantidad sin nombre

que no tiene cantidad.

Vagó por lo inmenso el alma

como el águila caudal:

traspasó nubes y nubes

cargadas de oscuridad;

Cruzó vastas soledades,

tristes, densas, sin igual;

y al fin, rompiendo el silencio

que puebla la oscuridad,

preguntaba a cada paso:

¿Dónde está Dios?.. ¿Dónde está?

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

en lúgubre son le dijo:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá! –

 

II

Y subió el alma más alto,

subió rápida y fugaz,

con más presteza que el aire,

¡Más que la luz!, ¡mucho más!

Miró a la tierra, y la tierra

bajaba rodando al par,

perdiéndose en un abismo

de insondable densidad.

Bajaba… y bajaba siempre

por una llanura erial,

muda, silenciosa, opaca,

como cuando el sol se va

y desciende poco a poco

a su tumba de cristal.

Bajó muy hondo… y perdióse;

Dejó el alma de mirar

y siguió rasgando nieblas

y subiendo con afán.,

¿Qué miraba?, ¿qué veía?

Nada: delante y detrás,

el silencio, el caos, la sombra,

lo vago, lo inmaterial.

¡Qué noche!.. ¡qué densa noche!

¡Qué silencio más tenaz!…

¡Qué espacios más imponentes!

¡Qué imponente soledad!

Temblaba el alma de miedo;

volaba sin respirar;

pero subiendo y subiendo

siempre más… cada vez más,

murmuraba tristemente:

– ¿Dónde está Dios? ¿Dónde está?

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

en lento son repetía:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá!

 

III

– ¡Yo creía  (murmuraba 

el alma en ruda ansiedad),

que era el cielo de la tierra

la ancha puerta de cristal

de esa gloria que nos brinda 

la terrena humanidad!…

Pero ¡no es cierto!… ¡La gloria 

no se ve! – ¿Dónde estará? –

¿Cuánto he subido?… Lo ignoro;

¡Y aún tengo que subir más!…

¡Ay!… el reino de las sombras,

¿en dónde terminará?

Y el alma se remontaba

por la escala sideral,

hollando sombras y sombras

que no acababan jamás.

De pronto, una luz confusa

vio a lo lejos clarear:

Subió más; y a más altura

se ensanchó la claridad;

Vio un cielo lleno de estrellas

y vio una luna cruzar

por una extensa llanura

de solemne majestad.

¡Qué resplandor!… ¡Qué grandeza!

¡Qué mundo más colosal! –

Suspiró el alma de gozo

ansiosa de descansar,

y preguntó alegremente:

¿Dónde está Dios? – ¿Dónde está?

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

en son doliente le dijo:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá!

 

IV

Y pasó el alma a otros cielos,

y vio a su paso girar

mil mundos en torno suyo,

mezclas de luz y de gas;

mundos informes, perdidos

en la vasta inmensidad

de esos cielos que a otros cielos

les sirven de pedestal.

Y fue subiendo más alto;

¡Más alto! Pasó el volcán

del sol, centro planetario

cuya atracción singular

arrebata en su carrera

deslumbradora y triunfal,

a otros mil astros gigantes,

que girando sin cesar,

navegan por el espacio

sin saber adónde van.

– ¿Quién los suspende en los aires? –

¿Qué ley suprema y fatal

por los ámbitos del cielo

los hace siempre rodar? –

¿Quién sabe?… El alma absorbida,

extática al contemplar

mundos y mundos y mundos

moviéndose aquí y allá,

sin rozarse en sus esferas,

sin tropezarse jamás,

iba en su ascensión diciendo

con vehementísimo afán:

– pero Dios ¿dónde se encuentra?

¿Dónde está Dios? – ¿Dónde está?

Y el eco sordo ondulante

como las olas del mar,

de mundo en mundo decía:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá!

V

Y el alma subiendo absorta,

absorta cada vez más,

iba pensando y diciendo:

– ¿Esos mundos qué serán? –

¿Serán mundos habitados?

¿Quién en ellos vivirá? –

¿Serán ángeles exentos

de la envoltura carnal? –

¿Vivirán como vivimos?

¿Cual nosotros morirán?

¿Irán de un mundo a otro mundo,

en progresión celestial

teniendo goces más puros

y mayor felicidad?

¿Sabrán que existe la tierra?

¿Habrán venido de allá?

¿Qué es la tierra a estas alturas?

Arista leve y fugaz,

que va por el hondo abismo

como por los aires va

un globo despedazado

a impulsos del huracán.

¡Y necio el hombre presume

que el creador universal

forjó esos mundos sin vida,

para dejarlos vagar

sin objeto, en estos campos

de eterna elasticidad!

¡Necios!, ¡piensan que esos astros

son lámparas nada más;

lámparas fijas y eternas,

destinadas a alumbrar

la lobreguez de las noches

exentas de claridad!

¡Loca vanidad del hombre! –

 ¡Soberbia descomunal! –

– ¡Oh, Dios mío! ¡Tú eres grande!

Me asombra tu majestad;

Tú existes: yo no te veo;

mas ¿qué importa? ¿Donde estás?

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

tronó en los aires diciendo:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá!

 

VI

Y subió más alto el alma,

sin descanso ni solaz;

surcó piélagos de mundos

formados y por formar;

holló campos de cometas,

trozos de soles que van

rasgando el éther violentos, 

de los aires a compás,

como caminan las nubes

al son de la tempestad.

Y subió más todavía,

y halló el vivo manantial

de luz, fuente ignorada,

que no se agota jamás;

de esa luz que baja y baja

sin acabar de bajar,

que es lumbre de toda lumbre,

claridad de claridad;

Luz ignorada y eterna

que sube y sube a la par,

siempre más alto, más alto,

en deslumbrante espiral:

espiral que se dilata

con viva celeridad,

por otros cielos excelsos

y otros más altos y más. –

Y gritó el alma abrumada,

de magnificencia tal:

– ¡Señor! ¡Y aún hay quien te niegue,

de tu grandeza a pesar!

¡Y hay quien dice que tus obras

son pura casualidad!

¡Casualidad! – ¿Qué edificio

puede el acaso inventar

que se parezca a esos cielos

que encubren tu majestad?

¿Dónde tiene sus cimientos,

tu creación universal,

tanto cielo y cielo tanto,

tanto y tanto luminar,

tanto mundo y tanta esfera,

sin principio ni final? –

¡Ah, Señor!, ¡yo te presiento!

¡Te presiento! ¿Dónde estás?

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

tronó en los cielos diciendo:

¡Sube!… ¡Sube!… ¡Más allá!

 

VII

Y al cabo, el alma cansada

de subir más, ¡siempre más!

gritó en la altura: ¡Dios mío!

¡Me canso de navegar!

¿Por qué camino pudiera

llegar a ti? ¿Dónde estás? –

Y un eco sordo, ondulante

como las olas del mar,

dijo: “Esfuérzate alma débil,

¡Sube y sube! ¡Siempre más!”

No temas, que a mí se llega

con suma facilidad,

Por el amor, que es la vida,

por la fe, que ahuyenta el mal,

por el dolor, que depura,

y en fin, por la caridad.

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