Sin nada que hacer o lugar a donde ir, Apolo, aburrido, fue a orillas del Urano a practicar con su cítara. Analizaba cada nota desde la más aguda hasta la más grave; obsesionado con el perfecto sonido armónico de su instrumento, empezó a ordenar los sonidos dándoles nombre de acuerdo a sus vibraciones. Y así, entre nombre, sonido y vibración sin darse cuenta creó un mundo. Inmediatamente los dioses se enteraron del acontecimiento, mas ninguno de ellos se atrevió a cruzar hacia aquel mundo apolíneo.

Sin embargo, algunas veces, por breves instantes, entre los espacios en los que se olvida el tiempo y se pierde el mundo, aparecía en aquellos valles uno de ellos en forma de macho cabrío: muerto de risa, cantando canciones, danzando como torbellino, ebrio, perdido, inconciente y fulminante. Iba casi ya sin vida porque se le iba desbordando entre los poros, asomándose en cada gota de sudor. Apolo, molesto por tales acciones de tan impertinente dios, se decidió a herirlo con sus mortales flechas; sin embargo, aquel fauno nunca habría de morir, por lo menos no para siempre. Dioniso se desangraba mal herido, pero aún así brincaba contento y sin sentido, ensuciando el mundo del arquero; alegremente se deslizaba por todos lados, penetrando siempre hasta el fondo, a lo más oculto. Nada hay que le preocupe o que le espante, nada hay que no sea él mismo, siempre afirmándose; la flecha fue para él un deleite que había de sufrirse. Por eso continuó cantando.

Apolo, enardecido y sin saber qué hacer, le detestaba porque con su movimiento intempestivo y azaroso le revolvía todo, le destruía el orden. Así que furioso y violento le pidió alejarse. Dioniso, agitado a causa de tal brusquedad, cayó y fue a dar hasta los abismos, en los que ya sin darle importancia a lo pasado continuó sus danzas y juegos. Luego, en algún momento, inevitablemente se desbordó de sí; incontrolable e inaprensible y subiendo como espuma, sobrepasó el abismo y lo cubrió todo, alcanzando el cielo para perderse en los brazos de Apolo: su otra parte, su amante y mejor amigo… su sentenciador “límite”.

Esto ha venido ocurriendo con frecuencia desde entonces y, en el fondo, ambos disfrutan de su vaivén amoroso, de su acenso y descenso, de su paso por la tierra en la que juegan a no quererse, a irse siempre lejos. Juegan a la vida. Vida que ya no es más que devenir, derramamiento entre las partes, unidad desbordante. Son miembros derretidos, líquido y fluido en todas partes. Así acontecen repugnándose los dos artistas que se vuelven uno y múltiple. Se viven uno al otro en cada movimiento, en cada impulso, aunque nunca se les ve juntos, pues uno duerme cuando el otro apenas va a despertar; el primero es ciego y el segundo insensible. Así es la vida de ambos que no son más que Uno que juega eternamente disfrazado, tras una máscara iluminada desde arriba para verse en el oscuro abismo, en la noche más horrenda y sombría.

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