Así que el alfiler cayó en la almohada, donde los sueños cobran vida y se extinguen. Tomé la lupa, encendí la luz y me puse a buscar, pero el alfiler desapareció entre las cobijas como si éstas fueran de paja. Sólo buscaba pincharme un dedo, sangrar de la puntita para saciar mi sed; la sangre siempre es buena compañía cuando se está solo. Entonces Mina apareció. Estaba bella y sonriente como siempre, asomando los ojos en una esquina de la ventana. Fingí no verla. Tomé una lámpara y me hice el tonto, buscando debajo de la cama. Tocó la ventana y fingí no escuchar. Gritó y tape mis oídos jugando, y con ese aire coqueto e impulsivo, sacó la lengua con un gesto infantil.

Todas las noches ocurría, éramos dos niños bobos jugando a escapar para dar tan sólo la vuelta a la manzana, esperando encontrar algo que ver: vagos, locos, prostitutas. Pero siempre terminábamos en el mismo lugar, una casucha vieja que hacía de castillo encantado. La casa era de doña Faustina, una solterona que había fallecido hace un par de años, dejando a dos gatos como herederos del palacio. Bastante deteriorada, era el escenario perfecto para jugar a que se trataba de la mansión de Drácula o que algún fantasma maldito trataba de poseer nuestros cuerpos diminutos.

Abrí la puerta deprisa y salí en silencio de mi casa. El truco no era quitarse los zapatos, sino hacerlo todo muy normal; cuando haces algo evidente es cuando menos se dan cuenta todos. Mina traía un jumper viejo y medio roto. En realidad, de no ser por esa cara tan linda y esos pechos apenas brotando, hubiera jurado que era un niño.

–Saca el papalote –dijo con sonrisa traviesa–. Está bueno el aire para volarlo.

Pero en esos tiempos a mí ya me aburrían esas cosas, prefería jugar con mi Super Nintendo. Pensar en el simple hecho de perder mi tiempo volando una porquería de papel, sin intensión alguna, me provocaba un terrible tedio.

–Mejor vamos a ver al “Tony”, seguro ahora sí le doy vuelta en los albures.

Para ese entonces me había vuelto todo un experto; eso de estudiar en escuela pública es todo un arte.

–¡Qué flojera! –dijo en tono enfadoso–. Ni tú ni yo, vamos a la casa encantada a atrapar renacuajos.

No pude rechazar la oferta. Aunque la hora de las caricaturas japonesas estaba por comenzar, eso de andar casando renacuajos en el jardín de la casucha aseguraba un buen rato de diversión. Además, mi papá solía decir que cazar renacuajos era lo único que hacía como los niños de antes.

–Métete por la lámpara. –dijo Mina en tono imperativo.

–Voy.

La noche, que era demasiado joven pues el cielo aún se pintaba con tonos rojizos y lilas, aguardaba la fugaz pero intensa emoción de ser atrapado, castigado y sancionado sin un buen rato de “domingos”. Por alguna razón nunca pude decir que no. Bastaba mirar sus ojos bellos para que esa cosquilla que brotaba desde mi pubis, para después subir despacio por mi vientre, llegara a mi cabeza al punto de explotar.

En el camino encontramos a Julián, el hermano mayor de Armando, con uno de sus amigos. Para mi desgracia, acababa de entrar a la secundaria y eso era algo difícil de superar; a las niñas siempre les gustan mayores.

–¿Qué onda Víctor, por qué tan tarde? Te va a pegar tu mamá –dijo Julián en tono burlón.

Los dos se cagaron de la risa. Mina se quedo seria, pero noté cómo le era inevitable dejar de ver a Julián. Sin saber qué decir caminé de largo.

–Tranquilo, no te pongas nena. –dijo con tono áspero mientras me alejaba, seguido detrás por Mina.

–No le hagas caso, es un inmaduro.

¿Inmaduro?, ¿qué sabe ella de madurez? La madurez sólo es una tontería –pensé.

Al llegar al jardín del palacio entró a mis pulmones el aroma del pasto mojado. Mis tenis se sumergieron en el lodo, y al notar mi preocupación al respecto, Mina se echó a reír, lo cual me puso más molesto.

Tomamos una varita cada quien y empezó la cacería. Los renacuajos no son nada torpes, hay que tomar la vara fuerte, poner el frasco en el momento adecuado y empujar. Cazamos unos siete, todos negros y regordetes. En verdad eran algo desagradables, pero Mina no se fijaba en esas cosas, por eso era mi mejor amiga.

–¿Sigues enojado? –preguntó con voz tierna.

–No estoy enojado. –respondí indiferente.

–¡Ya! No seas menso.

Y comenzó a jalar de mi camisa mientras sus botas hacían un aguacero en el piso. Los jalones no se hicieron esperar, era una lucha sin tregua. Entre risas nerviosas y miradas, giramos en el lodo una y otra vez. Entonces caímos. Mi cuerpo quedó justo encima del suyo y pude sentir sus pequeños senos tocar mi cuerpo; mi rodilla tocó su entrepierna, era cálida, llena de vida, casi podía sentirla palpitar en mí, tanto como mi corazón lo hacía. Nos miramos a los ojos instantáneamente, y justo en ese momento, cuando menos lo pensé, Mina me besó. Nunca olvidaré la mirada antes del beso, ni tampoco su lengua jugar con la mía de una manera traviesa e ingenua al mismo tiempo, como cuando no sabes cómo beber de la cerveza de tu padre, o cuando miras los primeros vellos nacer en tu cuerpo.

 El regreso a casa fue callado. Empapados en agua puerca caminamos bajo la luna de octubre.

–¿Te los llevas? Seguro darán ranitas. –comenté.

–Mejor llévatelos tú, siempre se te dan mejor.

Nos separamos en la avenida ocho; no quiso que la llevara a su casa. El camino nunca me había parecido tan vivo, tan repleto de colores. Miré hacia arriba, el cielo y las nubes arropaban a la luna, mientras alguna estrella entrometida se asomaba. Cuando llegué a casa eran más de las 10.

Al día siguiente lo primero que hice fue ver si los renacuajos seguían vivos, pues en esas fechas el frío comenzaba a hacerse notar. Los había dejado en una cubeta con agua justo antes de dormir, si por dormir entendemos dar de vueltas en la cama. No recuerdo haber permanecido despierto tanto tiempo otra noche. Como bien lo había dicho Mina, era un hecho que se me daban fácil, pero al mirar la cubeta descubrí que siempre hay excepciones. Ningún anfibio había sobrevivido. Extrañamente sentí una opresión en el pecho, como si con esos renacuajos se me fuera la vida. Traté de tranquilizarme, pensando que seguramente había hecho más frío de lo normal, pero no pude hacerlo. Lo único que deseaba era correr hacía Mina; por alguna extraña razón quería abrazarla, sentir que estaba vivo entre sus brazos y llorar en ellos.

Salí despavorido hacia su casa. Cuando llegué todo se encontraba en silencio. Vi a su hermana pequeña en la entrada de la puerta,  sentada en el quicio.

–¿Está Mina? –pregunté.

Pero no emitió sonido alguno.

Entré a la casa y noté que había más gente de lo normal. Parecía alguna especie de reunión familiar. Todos estaban serios y callados, salvo por un chillido que se escuchaba a lo lejos, un berrido desgarrador que erizó mi piel en un segundo. La madre de Mina estaba llorando sobre una caja situada al centro de la sala. Los vi a todos: su prima Mary, su abuela Adela, su tío del bigote alborotado. Me acerqué mecánicamente al artefacto. Mi corazón latía tan fuerte que podía sentirlo, mis manos temblaban; y entonces la vi. Parecía que estaba dormida, traía un hermoso vestido azul y tenía los labios pintados de un tenue rosa. La madre me miró y calló por un momento. Se acercó e hincándose se posó ante mí, como suplicando, para después pegar un largo alarido que desgarró todo mi ser.

–¡Mina…!

Me abrazó tan fuerte como pudo, pero la separaron de mí rápidamente al notar que estaba en shock, llorando pausadamente sin decir palabra alguna ni mostrar gestos. Sin saber cómo llegué a la puerta, salí a la calle y todo se nubló ante mis ojos; no supe nada más.

El doctor dijo que me dio una crisis nerviosa. Dormí por casi dos días. Al despertar recuerdo haber mirado por la ventana esperando encontrar a Mina sonriendo; pero Mina ya no estaba. La había atropellado un bocho del 62 al cruzar la calle, mientras miraba las estrellas que se asomaban entre las nubes.

Nunca más volví a cazar renacuajos; tampoco nunca más volé papalotes ni miré la luna igual. Y fue entonces que descubrí que amar es como pincharse un dedo con el filo de un alfiler, que hay alfileres que se pierden entre las cobijas como si fueran de paja, y que hay otros que nunca se vuelven encontrar. Hoy aún suelo pinchar mi dedo con una aguja para saciar mi sed; lo llevo a la boca lentamente, cierro los ojos, y bebo de la hermosa y melancólica gota de soledad que lleva el nombre de Mina.

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