Poema de Antonin Artaud (4 de septiembre de 1896 – 4 de marzo de 1948), traducido por Aldo Pellegrini.

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Los mostradores del cinc pasan por las cloacas,

la lluvia vuelve a ascender hasta la luna;

en la avenida una ventana

nos revela una mujer desnuda.

 

En los odres de las sábanas hinchadas

en los que respira la noche entera

el poeta siente que sus cabellos

crecen y se multiplican.

 

El rostro obtuso de los techos

contempla los cuerpos extendidos.

Entre el suelo y los pavimentos

la vida es una pitanza profunda.

 

Poeta, lo que te preocupa

nada tiene que ver con la luna;

la lluvia es fresca,

el vientre está bien.

 

Mira cómo se llenan los vasos

en los mostradores de la tierra

la vida está vacía,

la cabeza está lejos.

 

En alguna parte un poeta piensa.

No tenemos necesidad de la luna,

la cabeza es grande,

el mundo está atestado.

 

En cada aposento

el mundo tiembla,

la vida engendra algo

que asciende hacia los techos.

 

Un mazo de cartas flota en el aire

alrededor de los vasos;

humo de vinos, humo de vasos

y de las pipas de la tarde.

 

En el ángulo oblicuo de los techos

de todos los aposentos que tiemblan

se acumulan los humos marinos

de los sueños mal construidos.

 

Porque aquí se cuestiona la Vida

y el vientre del pensamiento;

las botellas chocan los cráneos

de la asamblea aérea.

 

El Verbo brota del sueño

como una flor o como un vaso

lleno de formas y de humos.

 

El vaso y el vientre chocan:

la vida es clara

en los cráneos vitrificados.

 

El areópago ardiente de los poetas

se congrega alrededor del tapete verde,

el vacío gira.

 

La vida pasa por el pensamiento

del poeta melenudo.

 

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