El presente texto de Elena Mendoza Sánchez es uno de los seleccionados como ganador dentro de nuestra convocatoria de literatura. ¡Qué lo disfruten!

Había perdido velocidad y sabía que sería difícil seguir. Reparó en el esfuerzo que hacían sus piernas por continuar el camino, y en que la resistencia que ponían no le sería suficiente para superar el cansancio. Había dejado de correr hace apenas unos instantes, parecía exhausto. Sus pulmones se contraían obstaculizando la entrada libre del aire frío que se estrellaba contra su pecho. El poco aire que quedaba dentro le resultaba insuficiente. Apoyó sus manos sobre sus rodillas en una posición de descanso. Hizo un esfuerzo enorme por tranquilizar su pulso y no pensar más en aquél incidente. Los latidos comenzaron a desacelerarse gradualmente, el aire comenzó a entrar más cómodamente a sus fosas nasales. Exhaló profundamente… tan profundamente que parecía haber dejado la vida en ello.

No entendía lo que había pasado y no le interesaba entender. Lo único verdaderamente importante es que al fin estaba lejos. En qué momento su vida se convirtió en una pesadilla. En qué momento el amor lo volvió loco, lo convirtió en odio. La amaba, la amaba tanto y tan profundamente que no podía dejar de odiar ese momento.

Eran las dos de la mañana. Le avisaron a su jefe que uno de los corresponsales novatos estaba en el lugar de los hechos por casualidad, así que decidió, a última hora, que era mejor dejar que éste cubriera el bomberazo para que se “curtiera”. Pero ya estaba fuera de la cama y había dejado a su esposa en casa sola por cuestiones de trabajo, como tantas noches. Así que decidió que era un buen momento para sorprenderla. Compró tulipanes, como solía hacer cada mes, pero esta vez se sorprendería. Se quedaría en casa y harían el amor toda la noche. De regreso notó la luz prendida. Multitud de ideas recorrieron su mente. Pensó lo peor. Se asustó. Temió que ella corriera algún peligro. Abrió la puerta presurosamente, dio unos cuantos pasos hacia la sala de estar.

Parecía que hubieran tatuado en su mente la imagen de ella, la imagen de él, besándose, arrancándose la carne, deseándose con tanta furia. Eran como dos animales. Recordó haberlo visto antes. Parecía un buen tipo. Cruzó palabra con él un sinfín de ocasiones. Lucía tan amable tras el aparador. Debió burlarse a sus espaldas, debió parecer un pelele ante los vecinos. Y ahí estaba él: el pelele llevándole flores a su amada cada mes, sin falta. Y ella… no tenía corazón, no tenía perdón. Cómo pudo ser capaz de engañarle. El recuerdo lo destrozaba.

Cómo pudo ser capaz. Él, que tanto la adoraba. Él, que habría dado su vida por ella. Él que no hacía más que complacerla. Ahora todo eso parecía increíblemente estúpido. Qué había estado haciendo todo ese tiempo sino amarla a cada momento. Deseó pensar en otra cosa, deseó vomitar su recuerdo, su vida con ella. Deseó que hubiera ocurrido diferente. Deseó, por primera vez, que nada hubiera sido una farsa de matrimonio perfecto. Se esforzó en recordar los momentos en los que fueron felices, en todos esos momentos lucían muy jóvenes.

Hacía tantos años que no eran verdaderamente felices. Hacía tanto tiempo en que él no la deseaba verdaderamente. Y ahora estaba ahí, odiando el engaño, odiando la mentira, odiándola a ella y sin quererla de vuelta, pero no se imaginaba en algún otro lugar. Después de todo no conocía otra forma de estar. En todos sus recuerdos aparecía ella, como una sobra, como la compañía eterna. Y pensó que en ese momento no había nada que hacer. No quedaba nada más que regresar a casa. Mañana, tal vez, diría adiós.

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