Esta mañana, al despertar, me sentí diferente. Desde el primer momento en que noté que ya estaba de vuelta, que ya no soñaba, que mi conciencia no era sólo mía. Estaba consiente porque quería saber qué tenía de raro, intenté estirarme… y no lo logré. Quería parpadear para despejarme, pero tampoco pude hacerlo. Le ordenaba a mi cuerpo que estirase los brazos y la punta de los dedos, las piernas y el cuello, que se moviera, y nada sucedía.

Entonces, sin quererlo, me levante y suspiré. Entonces vi mis manos, que no eran mías. Mis muslos, que no eran míos tampoco, y el cabello oscuro, que tampoco me pertenecía. Resumí que lo estaba soñando, pero no podía ser, porque no se sentía como un sueño. Era real. Estaba viviendo una pesadilla.

Ese cuerpo extraño que me contenía, se dispuso a desvestirse y meterse en la regadera. Rutina mañanera, supuse. Mientras estaba en su interior, decidí intentar averiguar exactamente dónde me encontraba. Podía ver, sentir, oler, percibir todo lo que ella percibía, pero no lo experimentaba de la misma manera. Sentía como si fuera una actriz y esas sensaciones no sucedieran en mi propia piel. Sentía su conciencia envolviéndome, reprimiéndome. Me atrapaba y una parte de su mente se mantenía enfocada en la tarea de que me quedara así. Dentro.

Recordaba quién era yo, que tenía cosas que hacer: trabajo, familia, amigos, reuniones, deudas, diligencias, asuntos pendientes, viajes… una vida que vivir. ¿Cómo sería capaz de vivir esa vida si no podía controlar este cuerpo siquiera?

¿Y dónde estaba mi cuerpo?

¿Cómo llegué al interior de esa mujer? Era más alta que yo, más delgada, y le iba mejor con lo que sea que hiciera para vivir. El departamento donde nos encontrábamos era enorme. Salimos de la ducha hacia la habitación, y yo quería mirar su rostro en el espejo, pero ella mantenía obstinadamente los ojos en el suelo, evitándolo. Ella sabía qué quería, y disfrutaba impidiéndomelo. La sentí sonreír.

Me agité en contra de las paredes oscuras que me oprimían, intenté embestirlas, empujarlas, rasgarlas, pero nada tenía sentido. Ni siquiera tenía manos, ni siquiera podía hablar ni gritar, ni respirar por mí misma. Ella rió bajito por mi esfuerzo, pero no me dijo nada. Me esforcé por intentar hablar con ella, preguntarle cómo había llegado aquí; sólo quería entender, sólo saber qué hacía allí. Ella siguió vistiéndose y se peinó la melena oscura sin mirarse al espejo.

Nos fuimos de allí y salimos a la calle. Caminamos por lugares que me resultaban conocidos, pero no familiares. Se puso unos lentes de sol y apresuró el paso. Yo pensaba a toda máquina, buscaba pistas, indicios. Quizá sí era un sueño, pero no podía serlo. No lo era, era algo más. Todo era tan inverosímil que mi sentido común se aferraba a la posibilidad fantasiosa de que lo fuera y la esperanza me indicaba que despertaría al final.

Pero yo sabía bien que no era así.

Ella mantenía sus pensamientos apartados de mí, sentía que me rozaban y daban un respingo cuando me descubrían. Se alejaban a toda prisa con miedo, ignorando la curiosidad. No podía ver mucho; ella se miraba las piernas, porque la calle estaba a abarrotada de vitrinas y carros, superficies reflejantes donde podría mirarle la cara. Así que me propuse empujar las barreras que me oprimían, para liberarme y al menos vagar en su conciencia. Comencé a revolverme furiosamente, a girar en círculos, a golpear lo que me rodeaba. Sentí cómo ella fruncía el ceño y hacía muecas de dolor. Entonces se tocó la sien: le dolía la cabeza.

Continué moviéndome durante otra media hora, hasta que me quedé exhausta. Las paredes que me oprimían mutaron y se llenaron de púas y me pincharon. Ya no podía moverme. Ella levantó la vista y me encontré con una puerta familiar frente a nosotras. Tocó el timbre mientras sonreía y apretaba mi conciencia contra la suya con más fuerza.

Alguien abrió y le reconocí.

Ella me había atrapado en su cuerpo para obligarme a mirarle desde su perspectiva. Todo cambió en su conciencia, hacía calor y frío a la vez, me resbalaba y me quedaba inmóvil, me oprimía y me raspaba contra las púas; estaba torturándome. Bastaba ya con mirar lo que miré, con saber lo que supe, con experimentar lo que ella sintió para torturarme una eternidad…

Él la invitó a pasar y la besó en los labios. La llamó por mi nombre, pero ésa no era yo. ¿No se daba cuenta de que era otra mujer? Sentía un hormigueo en su estómago de nerviosismo y excitación que yo quería apagar. Se acostaron, y yo estuve presente todo el rato. Escuché todo, fui obligada a mirar lo que no quería imaginar siquiera y sentí lo que ella ya no podía concentrarse en sentir. Todas sus emociones pasaban volando en el cielo de su mente y yo sólo podía verlas, impotente, sin poder perturbarlas. Me mantenía en esa burbuja, mirándolo todo, sufriendo. Me sentí de pronto muy pequeña, envuelta en todo ese placer y alegría enfermiza que le producía el causarme dolor. El pánico de desaparecer nubló lo que sea que quedara de mí, y ya no pude sentir.

Ella lo miró a él. El rostro, tranquilo y relajado. La mirada perdida en el techo mientras sonreía, un puño en su frente y el otro brazo bajo el cuello de ella, abrazándola. Ella estaba perdiendo la conciencia, al mismo tiempo que mi prisión se hacía más delgada y cómoda, y todo se veía más nítido. Ella terminó cerrando los ojos y todo se obscureció. El silencio fue aplastante y aterrador. Sin las paredes de la prisión entre su conciencia y la mía, me di cuenta de la vastedad de ambas, y de que sólo una podía mantenerse mientras la otra no estaba. Aproveché entonces la oportunidad.

Abrí sus ojos, ahora míos, moví sus manos, que ahora eran mías… Me apoderé de ese cuerpo extraño en el que estaba atrapada. El esfuerzo me hizo sentir desvanecer, morir. Su conciencia era dueña de ese cuerpo, y yo era una invasora que tenía que combatir y enterrar. No cabíamos las dos en ese cerebro, ahora demasiado pequeño. Utilicé las fuerzas que quedaban para mirarlo a los ojos, mirarlo como sólo yo lo hacía. Antes de que desapareciera, miró a aquella mujer con renovada atención, luego una duda asaltó sus ojos y finalmente, horror.

Él me reconoció.

 

Feminine-Body

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