Pier Paolo Pasolini (1922-1975), conocido por dirigir películas como: Teorema, El Decamerón y Saló, entre otras, fue también un poeta, novelista y ensayista. Su trabajo fuera del cine es poco conocido, por ello decidimos compartir tres poemas de su autoría.

 

AL PRÍNCIPE

Si vuelve el sol, si desciende la tarde,

si la noche tiene un sabor de noches futuras,

si una tarde de lluvia parece volver

de tiempos tan amados y nunca del todo poseídos,

ya no soy feliz al gozarlos o sufrirlos:

no siento ya, frente a mí, toda la vida…

Para ser poetas se necesita mucho tiempo:

horas y horas de soledad son necesarias

para formar algo que es fuerza, abandono,

vicio, libertad, para darle forma al caos.

Poco tiempo me queda: por culpa de la muerte

que me viene al encuentro en mi marchita juventud.

Mas por culpa también de nuestro mundo humano

que le quita el pan a los hombres y a los poetas la paz.

:

CARNE Y CIELO

Oh, amor materno,

doliente, por los oros

de cuerpos invadidos

del secreto de regazos.

Amados movimientos

inconscientes del perfume

impúdico que ríe

en los miembros inocentes.

Pesados fulgores

de cabellos… crueles

negligencias de miradas…

atenciones infieles…

Enervado por llantos

tan suaves vuelvo a casa

con las carnes ardientes

de espléndidas sonrisas.

Y enloquezco en el corazón

nocturno de un día de trabajo

después de mil otras noches

con este impuro ardor.

:

FRAGMENTO EPISTOLAR, AL JOVEN CODIGNOLA

Querido joven: así sea, encontrémonos,

pero no te esperes nada de este encuentro.

Si acaso, una nueva decepción, un nuevo

vacío: de esos que le hacen bien

a la dignidad narcisista, como un dolor.

A mis cuarenta años soy como de diecisiete.

Frustrados, el cuarentón y el de diecisiete

por cierto se pueden encontrar, balbuciendo

ideas convergentes acerca de problemas

entre los cuales se abren dos decenios, toda una vida,

y que aparentemente son los mismos.

Hasta que una palabra dicha por gargantas inciertas,

aridecida de llanto y ganas de estar solos

les revela su incurable disparidad.

No obstante, asumiré el papel de poeta

padre, y me atrincheraré en la ironía

—que te incomodará: por ser el cuarentón

más alegre y joven que el de diecisiete,

el nuevo amo de la vida.

Además de esta apariencia, de esta semejanza,

no tengo nada más qué decirte.

Soy avaro, lo poco que poseo

me lo ciño al corazón diabólico.

Y los dos palmos de piel entre pómulo y mentón,

bajo la boca retorcida a fuerza de sonrisas,

de timidez, y la mirada que ha perdido

su dulzura, como un higo acedado,

te parecerían el retrato

justo de esa madurez que te daña,

madurez no fraterna. ¿De qué puede servirte

un contemporáneo —simplemente entristecido

en la flacura que le devora la carne?

Dio lo que tenía que dar, el resto

es árida piedad.

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