“…se despertó temblando… supo que era de madrugada. Cerró los ojos otra vez, pero aunque tenía los párpados febriles y pesados, su mente no descansaba. Más allá de los límites de su memoria, acechaba el sueño que le había despertado; se removió inquieto”.

Ramsey Campbell, Cold Print.

Sabía que tarde o temprano tendría que lidiar con los horrores difuminados del pasado que ahora se tornaban patentes. −El tiempo sólo nos jugaba crueles bromas de olvido y un sentido de lo remoto que era sólo eso, una apariencia− pensó. Eduardo Montero se levantó de la cama y miró las fosforescentes manecillas del reloj; las 4 de la madrugada con 4 minutos, qué coincidencia. Hacía tanto que dormía de manera regular, normal. Un desasosiego lo consumió en el acto, una incertidumbre, un críptico deseo de desaparecer, de fugarse hacia una realidad que fuera más aburrida, más anodina, fútil.

El señor Eduardo Montero había viajado a Nueva York por última vez, lo tenía previsto desde que aquella mañana, quince días antes, cuando recibió la llamada telefónica de la “Hermandad del signo amarillo”, aquella sociedad de conocedores de lo arcano que había ido formándose a través de los años. –Murió el Maestro–. Fue lo único que dijo la voz. Después de comunicarse con otros de los miembros (Carlos C., aquél buscador incansable e insaciable de libros prohibidos y terribles, los hermanos M, exploradores trashumantes y aventureros de remotas regiones, y Fidel G., que, decían las malas lenguas, había estado algunos años perdido en mundos oníricos), fue que por fin decidió acudir al llamado.

El Maestro había sido una pieza invaluable en ese viaje de conocimiento profano, en donde los trémulos alcances de la ciencia no se habían atrevido a llegar. Él era el factótum total de una empresa irreal que desde hacia tiempo había tomado forma, pero no era él la razón de su viaje, sino las repercusiones de su muerte. Se habían desclasificado varios documentos destinados a los otros miembros del grupo, entre ellos, el manuscrito de uno de los hermanos M, aquél que había muerto de forma misteriosa unos años atrás. También se enviaron una serie de libros antiguos en donde se mencionaban toda clase de sugerencias demenciales, el informe completo del ejército norteamericano sobre el suceso de 1942 en las costas de California, y las instrucciones de un infame experimento que les abriría las puertas a una sabiduría de magnitudes ingentes; les abriría la puerta para obtener al menos un destello de lo “otro”, esa era la razón de tal viaje, su último, como él ya lo sabía.

El evento tomaría lugar en un viejo edificio de mampostería grosera, a las afueras de la ciudad, cerca de los antiguos muelles. Aún no podía borrar de su mente ese olor fétido que circundaba la cámara en que se estaba preparando el impío experimento. Los acólitos de la orden estaban ya preparados, los miembros de la hermandad habían contratado matones que se encargarían de la seguridad y el control, todo estaba listo para comenzar aquél sacrilegio a la realidad. Al ver el artefacto que los enlazaría con la totalidad, sintió vértigo, asco.

La forma en que esa máquina espantosa funcionaba le recordó lo peor de su vida, aquella época de terror sin fin en esa casa, la erosión de su familia, el hundimiento de sus seres queridos ante eso que no podía ser explicado. Sólo unos cuantos años atrás su hermano menor le había enviado una copia del famoso estudio que hicieran esos científicos de California sobre la casa; hasta el momento el oneroso volumen permanecía cerrado, no se había atrevido ni siquiera a hojearlo, tal era el miedo paralizante que tenía a revivir aún el más mínimo recuerdo.

“Experimento”, ¡vaya eufemismo! La persona era desnudada y recostada −o sentada− en el taburete de madera, después se le amarraba al mueble con unas correas de cuero. Acto seguido, el taburete era elevado a una altura de metro y medio a través de palancas hidráulicas. Unos cables eran aferrados al cuerpo de la persona por nodos como en los hospitales, y por último, una máquina extraña, que se conectaba a la persona por medio de unos auriculares, los cuales tenían pedazos del Maestro pegados a ellos; sí, estos dementes habían cercenado el cuerpo, esparciendo sus órganos y fijándolos a la demoniaca estructura de cables, circuitos y chips. Las paredes habían sido manchadas de manera frenética con su sangre, la cual estaba ya seca.

−Al encender la máquina, −explicaba de manera afable el Dr. González−, la persona comenzará a recibir una serie de “recuerdos”, impresiones y sentimientos directamente del cuerpo mutilado del Maestro; de esa manera la persona podrá explicitar, sacar a flote esos recuerdos que tiene sumidos en el inconsciente y que tanto nos interesan. Es decir, al compartir un poco de los horrores que el Maestro escondía en su cuerpo, en su alma, la persona podrá dejar salir todo aquello que su cuerpo y mente ocultan sobre lo que nos interesa, sobre lo oscuro. La inmundicia que el Maestro atesoraba en su ser, será la llave maestra para abrir las puertas del infierno personal de cada uno de estos pobres diablos. Nosotros podremos ver esas imágenes a través de este monitor.

Era locura pura, sintió ganas de vomitar.

Las personas lloraban al principio, adivinando su suerte. Después, su cara comenzaba a transformarse con un rictus de terror que los dejaba paralizados; aún así, los miembros de la hermandad no habían podido obtener los ominosos resultados esperados. Las imágenes que una a una se iban reflejando en el monitor eran nítidas, pero repetitivas, básicas, por así decirlo. Nada fuera de los horrores normales que la mayoría de la gente suele guardar en su mente: homicidios, violaciones, incesto y depravación, maldad terrenal. Al fin supusieron que era tiempo para que el señor Montero les “compartiera” su conocimiento.

Me desnudaron poco a poco, me porté con docilidad, estoico, no vale la pena resistirse a la ignominia cuando se sabe ineluctable. Las amarras agredieron mis trémulas muñecas, mis tobillos. Olisqueé mi miedo paralizante mientras la plataforma de hierro y madera se alzaba por sobre las cabezas de los miembros de la hermandad, que mostraban en sus rostros una faceta nunca antes conocida, la de seres que se saben a punto de alcanzar la muerte, pero sin tener que sufrirla, sin tener que ser tocados por ella; pobres ilusos, nunca se está libre de las consecuencias, cuando se ha vislumbrado la eternidad ya nunca nada es lo mismo. Me colocaron los auriculares en ambos extremos, mi sudor impedía que los nodos pudieran fijarse a mi piel, tuvieron que recurrir a la cinta adhesiva. Sudaba y, sin embargo, mi semblante tomaba un matiz cerúleo. El miedo se percibe a la distancia. Los restos del Maestro me provocaron asco, sentí cómo mi estómago era víctima de espasmos incontrolables, pero un culetazo de agua helada me hizo salir de esta dinámica y por fin pude sosegarme lentamente, me recosté contra la pared y esperé lo peor. Pensé que por fin todo se acabaría, estaba cansado de tener miedo, ahora todo terminaría.

La máquina había sido activada, un túnel negro surgió enfrente mío. El horror no se hizo esperar, imágenes de un terror milenario comenzaron a aglutinarse en mis pupilas, en mis sentidos, cuerpos mutilados en posiciones inverosímiles desfilaban cubiertos en sangre y vísceras, sufrían; los sayones se confundían con las víctimas, a mí, sólo me quedaba sufrir. ¿Era esto el infierno? Muy dentro de mí sentí tristeza, una tristeza profunda que me invadió a la par del miedo y el terror, del pánico. Supe entonces algo que siempre había querido negar: mi destino. Yo estaba destinado a perecer de esa forma, siendo testigo de lo que jamás debe ser visto, de lo que jamás debe ser percibido, de lo que al fin y al cabo nos engulle sin que nada podamos hacer al respecto.

Desde aquella tarde, hace ya 45 años, mi destino quedó decidido de manera fortuita, unilateral, arbitraria; desde entonces conocí lo que es el verdadero terror, un sentimiento tan hostil a mi humanidad, tan avasallante, que muchos años después, cuando vivía a cientos de miles de kilómetros del origen, mi cuerpo todavía reaccionaba aún antes que mi mente, al miedo.

Las cosas que vi antes de morir −si es que se le puede llamar muerte al eterno sufrimiento−, son cosas que no pueden ser descritas con los primitivos lenguajes humanos, eventos que no pueden ser comprendidos por la mente rústica del hombre moderno. Mientras mi corazón se detenía a causa del pánico y mi cerebro reventaba, fui espectador de un destello, un destello que me reveló una ínfima parte de la creación, de lo que fue, de lo que será, de lo que está más allá. Yo termino aquí mi viaje, ¿o apenas comienza?, siento una lástima infinita por aquellos de mis compañeros que siguen en este mundo, que tuvieron que presenciar algo que es incompatible con toda realidad. No hubo forma de exhortarlos a negar el conocimiento, ese es el punto débil del hombre, su curiosidad, su insaciable necesidad de “conocer”, de “saber”.

Al Dr. Eduardo Montero, antropólogo e historiador, se le vio por última vez en un vuelo con destino a la ciudad de Nueva York. Su desaparición misteriosa causó que 3 años después su testamento fuera abierto y sus colecciones donadas a la reconocida Asociación de coleccionistas de arte arcano de la Ciudad de México. Nadie reclamó su propiedad en California, la ciudad de Los Ángeles la expropió y fue demolida hace unos años, se construyó un parque en el lugar.

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