Noche de luz grisácea. La oscuridad se apoderó de cada rincón de aquella habitación tallada en roble y cuero negro. Una luz tenue daba tono a la ausencia; estábamos en el Chicago de los sesenta. El whisky bailaba en mi vaso al ritmo de un saxofón que se hacía cargo del ambiente, mientras yo jugueteaba en mi otra mano con un habano Romeo y Julieta edición especial. El tabaco estaba impregnado en mis labios expectantes. Rechinaba la silla y mi corazón se inquietaba.

Los vicios se consumen en el tiempo, en la espera más larga. El reloj y sus manecillas marcaban las 8:30 p.m. y se lo tomaban con más calma, con la tranquilidad de quien no trabaja al día siguiente. Mis ojos en guardia recorrían cada espacio de la habitación, que por la oscuridad parecía vacía. Un estante de antiguos libros me recordaba las viejas historias que me apasionaban. Por la ventana pude observar cómo dormía desde temprano la ciudad que de día vivía enfurecida. El silencio en mí ya no era calma. Repetí el ciclo de los vicios. Tomé un sorbo de whisky, saboreé el habano y vigilé que el tiempo no se me hubiera escapado de las manos.

Volví a mi habitación oscura para revivir historias de lujuria en el sofá que estaba al cruzar la estancia. El amor se reinventó en él durante muchas noches, y parecía ser tan ordinario. Me recordó que la pasión vive libre, al igual que el sexo; pero crea dependencia. Mi reflexiva mente me recordaba una vez más todas las cosas que atentan contra mi independencia: la música, la letra, el sexo, los vicios, tú. Sonó la puerta de madera, rompiendo mi frió mental rápidamente. Sin eco, se paralizó mi reflexión.

Lentamente, como si no hubiese esperado aquel momento, recorrí la habitación. Arreglé mi camisa arrugada y me peiné en vano con la mano hasta llegar a la puerta. La abrí con seguridad para poder verte frente a mí, cara a cara. Olvidé tu nombre (a conveniencia), y rápidamente recorrí tu silueta con mi mirada. Ninguna espera había sido tan grata.

Te invité a pasar cordialmente, con actitud política y respetuosa, mientras tu cuerpo me seducía con expectativa. Me guiaste directamente al sofá de las fantasías. Sin necesidad de pronunciar una palabra, te serví del vino blanco que te gustaba, un Chardonnay que se volvía loco por estar en tus labios (al igual que yo). Te ofrecí un cigarro, pero lo rechazaste, supongo que tantos vicios juntos podían terminar matándonos.

Finalmente llegué a tu lado, solo para contemplarte mientras te relajabas y me buscabas con la mirada. Ni la oscuridad impedía que me encontraras. Hasta ese momento, nuestro encuentro era tan silencioso que parecía elaborado. Con aquel saxofón imparable, cualquier cosa podía ser posible.

Observé tu cuerpo sujeto a aquel vestido floreado. Tus piernas perfectamente cruzadas eran un puente a mi imaginación, que subía lentamente por tu cintura y llegaba a tu escote, en donde me había ahogado un millón de veces, aquellos senos que siendo un par en el promedio me habían adoptado en más de una noche larga. En tu cuello empecé siempre. Y en tus labios quería terminar siempre. Mirándote a los ojos quedaba desnudo, en evidencia. No podía ocultar la verdad.

En aquella grisácea noche, lo único que nos separaba era una frase, y tú la encendiste con estas palabras: “Déjame en evidencia, como lo hizo contigo tu mirada”. Las pasiones alimentadas por vicios terminan en el éxtasis. Dos cuerpos con cargas opuestas no pueden resistirse a la atracción. Aquel sofá, el de las fantasías, encontró un nuevo relato para contar. Por una noche más reinventamos el amor.

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