Bazar Calígula

Entra sin que se note que lo acompaña una perra. Detrás de un aparador viejo y grande, le da unas bofetadas más parecidas a palmadas, porque ella es de talla pequeña mientras él parece no tener problemas de altura.

Enseguida se recarga (magnífico y, de algún modo, soez) junto a la caja registradora.

El tendero, aún ignorando la presencia de la otra entre armatostes inútiles y muebles viejos, le mira inquisitivo y repara: –No compramos biombos–. –¡Imbécil!–, replica el cliente, tomando al otro por las solapas: –¡Quiero un equipo de tortura!–. Sin inmutarse, el tendero acierta –¿sexual o psicológica?–, –¡ambas!–, gruñe el comprador.

Entonces la perrita, saliendo detrás de un maniquí polvoriento, le ladra con frenesí a un gato disecado.

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Mundo sillón

Recientemente descubrí que un terciopelo verde está creciendo detrás del sillón azul. Temo que, de seguir así, la invasión de la tapicería dejará de consistir en una simple «mancha», para alcanzar rápidamente al suelo, a nuestros pies, a nuestros cuerpos… hasta cubrirnos y volvernos a todos una especie de paisaje campirano y proxeneta (verdoso, reluciente), en el cual se cosechen baterías de 1.5 voltios, llaveros, monedas… ¡habiendo sembrado quién sabe qué antes, para alimentar a quién sabe qué seres después!… Que seguro no han de parecerse al control remoto, al cerrojo de la casa o a los bolsillos del pantalón antes que a unas máquinas para follar como las de Bukowski (con tragamonedas, switch y espacio para baterías), que tras meterles diez pesos arrojen unos confortables almohadones verdes que le permitan a uno reclinarse con ellas, y mirar a las verdes nubes deshaciéndose lo mismo que despeluzándose, con una punta ya indisociable del cielo en su tono limón.

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La canica de acero

Después de mordisquear el contenido de cuarenta y cinco bolsas de algodón comenzó a pensar en morder madera. Pasaron dos semanas para que aquella ocurrencia se volviera demasiado recurrente y, de lo intolerable que comenzó a ponerse todo, vinieron a tomar lugar sucesivamente lo soportable, lo plausible y finalmente la solución.

No fue quisquillosa. Tras resolverse a lidiar con ello de una vez por todas, una tarde, sólo vaciló un instante entre la esquina de la mesa de centro y la estatuilla de madera tipo ‘Botero’ que adornaba el librero. Optó por la estatua.

Contempló el objeto del fin largos momentos; iba a la cocina y regresaba a observarle; merodeaba en los cuartos y volvía a ella, reconociendo en su insistencia a la inminencia del suceso culminándose…

Entonces mordió la circular barriga de la figurilla. Al hacerlo sus muelas se encajaron lentamente y en la mandíbula sintió una gozosa tensión que pareció ser la respuesta a no haber mordido un cuerpo de madera nunca antes –casi como un reproche–. Todos los ataques siguientes fueron de un placer rítmico y progresivo.

Tras andar la rutina tres semanas, más con la sensación de vagar sobre un presentimiento que con la otra de llevar a cabo el día a día y sus quehaceres, dio con el caso con que habría de celebrar su rendimiento máximo y su festín más tremendo: roer una canica metálica, hasta terminar con ella o consigo.

Chupar el tenedor, desde entonces, fue una experiencia semejante a narcóticos mezclados con afrodisíacos; las llaves le enloquecían con su tintineo de perras; el fierro del pasamanos le parecía asqueroso y excitante; se le antojaban la joyería, la plomería, la carrocería de los autos…

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