Sobre el autor: Ciudad de México, 1988. Entre el campo y la ciudad; viajero caminante. Desertor de la FFyL, lector obstinado. Escritor necio.

Desperté con un grillo en la mano.

Todo estaba igual. Tal vez las cortinas hayan cambiado su color o perdido su limpieza, pero me sería imposible recordar cómo eran antes de este momento. La cama y las sillas, los libros amarillentos, las horribles manchas que se aferran a las tejas húmedas: todo sigue igual. Mi aliento sabe a cobre, a humo. El sonido de la lluvia me provoca una sed intensa, insoportable. Prefiero dormir durante el día y permanecer despierto durante la noche, escuchando cómo el silencio de los hombres se hace allá afuera. Prefiero el canto envolvente de los insectos. Mantengo mi vista fija sobre el cielo de barro y madera que me cubre esperando que algo pase. No encuentro motivos para levantarme esta tarde. Estoy despierto, tengo sed y un grillo duerme sobre la palma de mi mano. No quiero voltear a verlo, pero sé que está ahí, con su cuerpo expectante de un movimiento que lo haga explotar en un chirrido insoportable. Abro la boca y suspiro con tranquilidad. Vuelvo a dormir. Cierro los ojos con decisión y comienza el sueño ¿Qué soy ahora, en qué me he convertido? No tengo respuesta.

No busco una respuesta. Busco el placer mortuorio de la humedad y el encierro. Si vivo dos días más, tal vez tenga sueños suficientes para recordar durante el largo olvido de mi muerte. Si vivo dos días más, sería feliz arropando este grillo que me acosa. Pero sé que mi vida será larga, que he de vivir durante muchos años en esta inmovilidad piadosa. Miro de reojo mis piernas y descubro una dureza especial que no reconozco de hace tiempo. ¿Serán mis piernas, tal vez, un trozo de madera que se aferra al calor apenas perceptible de mis sábanas y al frío atroz de la tierra que se ha acumulado poco a poco entre mi cuerpo, entre mi cama, entre mi piel? ¡Me alimento de la tierra!, pienso en un grito interior tan fuerte que resuena en mi pecho.

Extraño el ruido del grito y el murmullo de los pianos. Extraño el tacto ardiente de las manos…, pero no, no extraño nada. Miento. Recuerdo. Recuerdo el tacto tibio de las manos, el sudor y el sabor amargo del agua. Ahora mismo no sé si estoy despierto o sigo en ese sueño abrumador, dichoso. No distingo la realidad, no me interesa el tiempo. Puede haber dormido durante horas, o minutos, o puedo estar durmiendo ahora. Hay un grillo en mi mano y sé que en algún momento he de moverme para arrancármelo del cuerpo. Y si estoy despierto, ¿qué significa este endurecimiento de mis extremidades?

Ya no sé cómo tener miedo.

Puedo sentir una ansiedad perturbadora que elimino con la pausada respiración del que duerme durante horas. Tal vez soñé hace algunos meses, o años, que este mundo se acababa con un hachazo cruel, certero, que cortaba todo el sonido del mundo. Tal vez soñé que me gustaba el silencio y desperté feliz con un suspiro mudo. Quiero voltear la cabeza y mirar el grillo detenidamente; entender que él también me observa. No puedo. Quiero moverme, quiero despertar mis músculos y salir de esta cama. Me es imposible mover algo más que mis ojos. Y aquí llega la angustia y la ansiedad de no saber si estoy despierto. ¿Significa algo este sueño? No.

Quisiera tener un brazo más largo, larguísimo, que pudiera salir, apenas, por las fracturas del vidrio de la ventana y tomar el sol tibio del ocaso. Si yo tuviera un deseo, desearía olvidar mi infancia. Yo no tengo patria. No me quedan más recuerdos de árboles que fueron trepados por mis manos sucias y mis piernas inquietas; imágenes de la tierra que me alimentó los sueños y los murmullos que ahora me comen los ojos. Yo he muerto en mi niñez temprana, me repito mientras intento mover la cabeza para mirar la punta de mis pies. Pero si hubiera muerto, ¿no estaría ahora sumergido en esa tranquilidad del silencio absoluto de la muerte? ¡Qué deseos de olvidar la infancia!

Los días pasan sobre mi cuerpo con el poder del desprecio vegetal. Poco a poco voy cambiando mi color como las frutas benévolas que antes de la podredumbre nos regalan los colores más vivaces de esta tierra. Mi piel ahora tiene el tono rojo del otoño más cruel de la sequía. Un cobrizo horrible se apodera de mis piernas que han crecido en una caprichosa espiral desenfrenada. Y mi grillo ahí, sentado solemnemente, con la tranquilidad del que ha encontrado su hogar.

No deseo sumarme a la divinidad mineral de las enormes montañas que vigilan el paso de los grandes animales condenados a la muerte. No deseo ser devorado por los ríos que recorren su piel con maligna astucia. No quiero que los vientos feroces me arranquen el cuerpo a pedazos. No quiero quedarme sin la muerte redentora que se pudre en la miseria de su destino tan fértil. Quiero despertar, todos los días, cubierto por este silencio tramposo que provocan los insectos. Y si algún día tuve un destino, debió ser este que me busco ahora como planta. Quiero ser un árbol que se aferra hasta a la tierra que habita entre las piedras más afiladas de este monte. Quiero ser un árbol.

Mira mis pies, mis pies que ya no son de carne ni hueso, cómo se transforman lentamente en raíces. El peso de los brazos me recuerda mi destino. Habría que tener unas ramas tan largas como los años que hemos vivido, como los arrepentimientos que nos acosan en las noches fantasmales de tristeza. Un crujir en mi pecho, un latido. No reconozco el sonido más profundo de la vida. Una explosión será, un lento estiramiento de mi piel que se convierte en corteza. Y mi voz que arde en un tierno fluir de savia que escurre por mi pecho. Siento la tensión de los músculos que se extinguen en vetas y nudos. Siento cómo mis ojos se convierten en un par de hojas verdes que se estiran con el viento. ¡Y entonces lo veo todo! Veo el viento que me acaricia con unos dedos finísimos; el corazón del cielo abriéndose paso entre la multitud de nubes que se abrazan entre ellas; el llanto cruel de las hormigas que han perdido su camino y han decido, en cambio, formar una nueva familia; las patas de las aves que sufren el contacto con la tierra (cada segundo que no vuelan es un segundo al borde del suicidio); el musgo feliz que se aproxima con una sonrisa diabólica a mis brazos desprotegidos; la danza magnifica de las gotas que antes de estrellarse contra el suelo cantan su viaje por el cielo; la simetría alucinante de los campos de sembradío; las manos destrozadas de los hombres que han sembrado ésos campos y que han de asesinarlos, también, con alegría. Veo todo y todo me transforma. Crezco ahora con una velocidad que sólo la magia me había demostrado. Crezco y exploto en mil ramas que destrozan el cuarto en el que moría. Mi cabeza destroza el cielo artificial, contenedor de mi agonía. Volteo a todos lados, busco el sol. Busco al grillo que amaneció en mi mano y trato de sonreír. ¡Cómo no ser feliz ahora! Y mis astillas tiemblan de la emoción que el cambio nos arroja. Y busco todavía el cuerpo frágil de mi grillo. No encuentro nada. El viento sopla con fuerza y mis ramas casi tocan el suelo. A lo lejos el trueno me grita con violencia.

Esto que siento ahora es el tedio de mi nueva vida, el miedo.

Y busco entre mis ramas y mis hojas. Mis ojos como flores que apenas se despiertan se aferran a la visión que heredé de los hombres. Y busco nuevamente entre todo ese alboroto majestuoso del verde sofocante. Y busco entre los huecos más profundos de mi nueva constitución arbórea. Y busco, busco, busco…

En el horizonte el sol lucha a muerte contra las nubes que cargan toda la furia de los truenos. El atardecer se hace en un pequeño recoveco feliz que ilumina apenas las horas en que nazco. El viento sopla con fuerza de dios enfadado. Estoy solo.

Entre la hierba fresca mi grillo huye, busca su nuevo hogar.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.