Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén ¿Para qué se mete en problemas? Mejor deje esa fantasía ahora mismo, aunque falte a la admiración de sus arabescos en incrustados mármoles, y a las esencias florales de jazmín perfumándole las narices.

Olvídese de las pretensiones y de esos exacerbados lujos, quítese de problemas futuros, porque usted no sabe lo que es cuidar un harén.

Primeramente necesitará mucho dinero, no un puñado de monedas cantarinas en su mano. ¿Que son de oro, me dice? No me haga reír, que con eso sólo alimentará a la mitad. Dándoles caprichos por una semana, derrochará su tesoro en substanciosos banquetes faltando al supremo Alá.

¿Y luego qué hará? Usted no sabe lo que es cuidar un harén, no sabe lo que es mantener mimadas a todas sus concubinas, le digo, hacerlas felices con un sinfín de probaditas del mundo exterior, probaditas solamente. Porque será mejor que no las saque, no vaya ser que vean el hermoso exterior y lo abandonen a usted por ser tan viejo y amargado, con esas islámicas barbas que le aumentan a uno entre los diez y doce inviernos.

No querrá quedarse solo, lejos de todas sus mimadas niñas de aceitosas piernas y pálidas pieles untadas en los humos del sándalo. Esas niñas que gozan de fumar inciensos en sus largas pipas de agua, las que enviciadas ríen en su quehacer cotidiano contando el sinfín de intrigas que se traen, pues aquélla es por siempre su naturaleza grata.

Ya escuchará las risitas agudas, las miradas lechuguinas, con sus manitas apretadas palpando sus labios carmesí intentando en vano contener su despierta hilaridad.

Y le digo cuidado, amigo, usted no sabe lo que es cuidar un harén, no sabe cuándo conspirarán contra su persona. No se fie de su cándida alegría, de sus metálicas sonrisas y la exhibición carnal de sus exquisitos cuellos.

En el momento que menos lo espere podrán apuñalarlo, su sangré será regada en las baldosas de arenisca que mandó colocar en el sitio. Ellas, con sutileza, perfumarán todo su delito con liviana agua de rosas, vertiéndola de finas botellas tomadas por la punta de sus delicados y pulcros dedos.

Nadie sospechará de su muerte, pues lo despojarán de todas sus prendas como deslizadizas bandidas del desierto, y abandonado el terco cuerpo a su suerte, no tendrán piedad alguna con usted.

Será echado como indeseable recuerdo, sin ningún miramiento, por los acantilados, esperando que los buitres se den un festín grande, ignorando si usted figuró como dueño alguna vez de lo que fue un excelso harén.

Caminarán descalzas sintiéndose dueñas de su local universo, posando sus delicadas plantas en las baldosas de arenisca. Al llegar muy seguras acariciando los pelillos del camello en la alfombra, y al tañer de los rayos de oro solares, se sabrán puras y cada una mejor que la otra.

Un harén se debe conservar con buen tiempo, dedicarse a cada una, saber brindarle un buen pedazo de su reloj de oro. Y no le digo que lo parta en pedazos usted, mi amigo, mas tendrá que partirse en trozos.

Pues no siempre podrá ser el mismo con cada una. Para cada niña mimada tan distinta como lo será una de la otra, necesitará un distinto hombre, y usted podrá ser cada uno de ellos.

No se desaliente, le digo, por especulaciones falsas sobre el metro cuadrado de azulejo y el costo de cada columna labrada, usted construirá su harén, pero sólo si lo quiere. De fuertes paredes por las que ningún truhán podrá escalar, con muros sólidos que ni el acero de cien de sus sables podrán rasgar.

Y ante el canto de doscientas avecillas diseminadas en los frondosos arbustos del terreno, se levantará en un vado su harén, de espigadas columnas torneadas con sus paredes en ornamentos de fino azulejo. Ya las avecillas retozarán en los terruños de las niñas y ellas juguetonas, más curiosas, los admirarán como otra más de sus joyas.

Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén, sus ninfas ya vendrán, no desespere, le digo. Ni le diga de principio a cada una que usted forma un harén.

Con cautela aproxímese a ellas, sea cálido, amable. Use las llaves de oro, tampoco en exceso, porque al igual que las palomitas revolotean curiosas a nuestro alrededor en la plaza, el más leve sobresalto las hará volar finalmente.

Usted deberá encerrar cada uno de sus corazones en finas jaulas de oro incrustadas en pedrería fina y sabrá cubrirlos con velos de seda cuando la noche se adose.

Más no se asuste, pues si no tiene oro, podrá construir sus jaulas de finas promesas y así éstas colgarán meciéndose con el viento morosamente, relumbrando como si de oro puro fuesen.

Si le han dicho que de promesas no durarán tanto las jaulas como del sólido metal, se equivocan, pues al igual que una promesa se desvanece, el amarillo precioso se esfuma en nuestras manos más rápido de lo que podamos pensar.

No elija a sus ninfas, mejor rodéese de las más lindas y deje inocentemente que ellas lo elijan a usted. Siendo taciturno en el ocaso despertará sus charlas, debiendo ser ameno de principio, pero por encima de todo incitando cada vez más a su deseo natural.

Haga que su ninfa construya imágenes eróticas en su cabeza, no las arroje al viento como un bombardeo de flechas de guerra de Abd-el-Aziz, pues de la rosa simplemente palpará las espinas sin certeramente llegar a los pétalos, y del aroma sacro que de sus emanaciones percibe, tan sólo le llegará uno común a yerba.

Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén. Ya encontrará cada mujer que trate, le digo, y halle un “no se qué”, y muy posiblemente “un desconozco” en su llavero, lo que le hará saber que usted posee un harén, pues las llaves de uno difieren gravemente a las de la cerradura común.

Pero entre el cómplice juego, la intuición lisonjera de la dama hará de cuenta que son llaves comunes y un guiño o sonrisa de contubernio sellará la deliciosa mentira mutua.

La recreativa convivencia de sus zagalas pretextando el aseo indispensable tendrá lugar en sus terruños clandestinos. Pues de lejías y perfumes impregnarán sus pieles en brillosas vistas y, risueñas, en el calor mutuo, se conferirán entrañables secretos de su ser. Expuestas sin pudor, recalcando su natural carácter, sabrán jugar con sus estímulos amenos despertando aún más su deseo.

Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén. No se fie de esa cálida hermandad, le digo. Podrán ellas juguetear con viscosa miel entre sus yemas, endulzando los labios de la cófrade de batallas como una inocente diablura tras el campo de acción. Pero nunca descuide que alguna en perfumero fino de contrabando, entre sus pechos oculte un letal veneno.

No teniendo práctica podrá no creer que exista una favorita, mas en las danzas del vientre sus inmolados ojos se posarán en la más ágil y talentosa, probando los rocíos de su piel brotados, adulándole como al más delicioso de los brebajes.

La ninfa, del perfumero de sus pechos verterá una gota mortal de amargo veneno, y sin quedar por entero satisfecha se irá contra otras, buscando ser la favorita en la danza del vientre.

Su favorita, sofocada a las turbaciones del narcótico, despedirá sus velos dejando este orbe para siempre.

Y la certera dueña del veneno, con un trance sofocante ante la vista, se frotará fuerte como la niña más exaltada del edén. Tomando el control de su razón y ser, hará que actué contra las otras, alegando por su propia ternura y fingida fragilidad.

En las noches de luna, mientras mire de todas ellas las sombras proyectadas de sus torneados cuerpos al salir de sus aseos, la certera dueña del veneno en telar de cintura fingirá la hechura de una cinta, para atar aquél en sus traslucidas prendas.

Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén, en esa cinta al que enredará es a usted mismo, le digo, y de su harén el inadvertido ocaso tendrá lugar.

Pues en los ecos solitarios sus risas corpóreas muy lejanas escuchará, deambulando por pasillos de otras épocas, carcomidos de abandono. Y a pesar de esos recuerdos ambiguos no dejará de estar a ella atado, sin virar ya la danza del vientre.

Mas en sus vehemencias de ese veneno amargo, gota a gota, seguirá probando, y por siempre el engaño padeciendo; hasta de sabor dulce creerá que es.

“Y es que usted, mi amigo, no sabe lo que es cuidar un harén”.

 

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